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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Estoy escribiendo esta entrega en el momento en que se están proclamando los Premios otorgados por varios jurados de la XXV Fira de Titelles de Lleida. El mundo del teatro de objetos, de marionetas, de títeres anda siempre encorsetado con sus reminiscencias de infantilismo inveterado. Es un estigma que no se corresponde con lo que en verdad se crea, pero la realidad, es que en todos los aspectos el pragmatismo se enseñorea de todo el discurso y lo cierto es que cuesta encontrar alternativas estéticas, dramatúrgicas, de producción que escapen de lo tradicional y de lo que el mercado puede absorber.

Es el contexto social, económico, cultural en el que se nace y se desarrolla la actividad el que en demasiadas ocasiones marca el camino, enseña las tendencias, coarta las libertades. La situación económica de penuria no ayuda, probablemente, a la rebeldía experimental, a la búsqueda de nuevos lenguajes, al ejercicio del sentido creativo en sus más amplias posibilidades. Hay que amoldarse demasiado a un mercado controlado, ficticio, en el que solamente una parte de los vectores puede hacer variar el devenir del cada día. No existe una dialéctica auténtica, no hay posibilidad de experimentar o al menos de intentar ver alternativas programáticas. Todo está condicionado por los que contratan, o los que tienen los espacios para programar, por lo que son, en definitiva, ellos quienes crean el contexto, y quienes manipulan, aunque no lo sepan, el mercado.

Esto es una explicación primaria y subjetiva de lo que sucede. Es obvio que muchos productores, compañías, grupos y creadores se encuentran en un territorio excelente para mantener su status, para no soliviantar, par repetir su fórmula, para ofrecer a ese mercado cautivo, sus producciones posibles, las que pueden contribuir a mantener el sistema en funcionamiento, sin fisuras. Pero no es menos cierto que muchos deben rebajar sus pretensiones, sus ambiciones artísticas y acomodarse a ese mercado letal, donde no se admiten desvíos y en donde se encumbra la mediocridad con una ligereza que asusta.

No estoy hablando exclusivamente del mundo del teatro de objetos, de los títeres, pero en este campo específico, parece evidente que se mantiene un orden clásico, una manera reproductora de clichés, de estructuras, de narraciones no dramáticas, sino de cuentos, porque se han quedado estancados en los primeros años de la infancia, es casi imposible encontrarse con propuestas que lleguen a los jóvenes, y casi una excepción a los adultos. Los que así han elegido su proyecto de dirigirse a estos públicos, sufren de la desidia general del medio, pero con el añadido de la incomprensión de que el títere es un género como cualquier otro, que afecta a niños, jóvenes, adultos y ancianos, que este estancamiento actual, es fruto de las circunstancias y del maldito mercado, que solamente lo admite en el segmento infantil. Y así nos va.

No se puede pedir mucho más que lo que el contexto deja, pero sí podemos variar, precisamente el contexto. Esa es la pelea, cambiar los paradigmas actuales. Liberalizar las artes escénicas. Dejar espacios para los nuevos públicos que requieren de nuevos lenguajes, de nievas maneras de relacionarse. Hemos llegado hasta aquí, pero para seguir con mínimas garantías hay que cambiar, cuando menos, la actitud. Se deben abrir las ventanas para que entre aire. Y eso que en Lleida, hemos visto propuestas importantes, pero serán las que tengan vida o en festivales o en programaciones europeas. A nuestros escenarios no ha llegado el siglo veintiuno todavía. Y menso en teatro de objetos, en el títere no convencional.

O así me lo parece.

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