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Mar, Nov

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

 

Nos han educado así. Están las partes pudendas y hay que taparlas. Los órganos sexuales. Mejor dicho los órganos a los que nuestra cultura les ha asignado esa función. A mí me parece que todo el cuerpo, desde la punta de los dedos de los pies hasta el interior del cerebro, es un órgano sexual o, mejor dicho, un órgano sensual.

Pensar en lo sensual y en lo sexual es pensar en el placer. Un placer tan íntimo como el de la lectura, pero más carnal seguramente.

En la danza y el teatro los cuerpos tienen un papel preponderante, aunque los vistamos y los caractericemos ficcionalmente y con ropas, maquillaje, etc.

Los cuerpos no son solo la carne, talla, peso, formas y determinaciones étnicas. Los cuerpos tienen una presencia que la acción teatral o dancística explora y explota.

En las modalidades posdramáticas, la afirmación de la realidad en escena nos abre al misterio de las personas que actúan y de sus propias máscaras, sin la intercesión de otras máscaras prefabricadas por una dramaturga o dramaturgo, como acontecería en la esfera del teatro dramático.

Las personas que actúan, actrices o actores profesionales u otras personas ajenas a la profesión teatral que intervienen en un espectáculo, activan sus presencias en relación a otras personas actuantes, dentro de una dramaturgia que lo destapa todo: no hay una escenografía que tape el escenario, el escenario se muestra desnudo, tal cual es; no hay una caracterización externa ni un personaje dramático que tape a la actriz o al actor, su persona se destapa y, en muchas ocasiones, incluso, se desnuda para borrar cualquier marca que contribuya a construir un retrato identitario. No olvidemos que el ser, ser alguien, la identidad, es un relato, pertenece a una construcción que se ordena según las leyes de la narratología. En ese relato la ropa es un signo que también nos sitúa en múltiples asignaciones, de género, época, cultura, estilo, poder adquisitivo… Desnudarse es, de alguna manera, desposeerse de todas esas marcas y poner en foco el propio cuerpo.

El propio cuerpo también tiene sus marcas, sus arrugas, sus lunares, su palidez, su tersura… El estilo de vida, la dieta, las creencias, la edad, los hábitos laborales y sociales, etc. van modelando los cuerpos. La vida se nos va imprimiendo sutilmente en la piel, en los músculos, en los contornos, hasta en los huesos y en la mirada. El cuerpo desnudo nos descubre la singularidad más íntima. Aquella que la ropa difumina y disimula. Cada cuerpo es único. La ropa difícilmente puede adquirir esta cualidad tan singularizada.

Por otra parte, la fisicalidad, afirmada en la danza y el movimiento ostensible de muchas piezas de teatro posdramático, tiende a difuminar los constructos (relatos) culturales de género, estatus, nacionalidad, etc. Esto nos permite irrumpir en zonas más abstractas y recónditas de lo humano.

No en vano ha surgido el tópico reduccionista de que el teatro contemporáneo, lo posdramático, es un grupo de gente desnuda bailando o contándonos cosas de su vida mientras realizan cualquier actividad.

Este curso, en la asignatura de Dramaturgia, un grupo de alumnado de la ESAD de Galicia, en el semestre dedicado a las dramaturgias colaborativas posdramáticas, realizó una pieza titulada FARTS. A fartura escrébese con arte (HARTAS/OS. La plenitud se escribe con arte). FARTS, escrito así en mayúsculas, como una especie de amalgama entre hartas y artes. Es curioso, un grupo de alumnas y un alumno de Galicia le ponen a su pieza un título en catalán, porque en gallego sería “Fartas” (Hartas) o “Fartos” (Hartos). Esto me gusta: ya que en muchas ocasiones nos encontramos con espectáculos, aquí o allá, con títulos en inglés, que siempre parece que queda más internacional y más a la última. Me encanta que un grupo de Galicia le ponga un título en catalán a su composición. A ver cuándo en Catalunya o en Andalucía una compañía le pone un título en gallego a uno de sus espectáculos.

Uxía Algarra, Yago Durán, Lydia L. Prada, Carlota Mosquera y Alba Pérez le han llamado al grupo Pornós Teatro, haciendo otro juego de palabras con picardía, pues la traducción literal es: “Por nosotras/os”, “Por nos”, y al juntarlo evoca la palabra “porno” en plural. 

En FARTS activan un juego que pone en jaque la historia del arte, a través de secuencias de acción en las que se abre un debate acerca de la apreciación subjetiva y la evaluación objetiva del arte. Por ejemplo, en una escuela superior de arte dramático. En la pieza hay secuencias de movimiento estilizado en las que se recrean figuras icónicas de la historia del arte, desde la Maja Desnuda de Goya hasta la Ofelia de John Everett Millais o El desayuno sobre la hierba de Edouard Manet. El equipo actoral despliega una fisicalidad que les lleva al desnudo integral, al mismo tiempo que ironizan sobre el egocentrismo de los artistas. Sobre los desnudos componiendo figuras icónicas de la historia del arte se suma al cuadro plástico una acción caligráfica con un texto voraz de Angélica Liddell sobre las patologías de la gente de teatro. Y por entre las secuencias de acción un objeto poderoso: un marco vacío con el que hacen mil y un equilibrios.

Al final un brindis proletario, con cerveza, desnudas y desnudo, comentando la jugada. Y el aplauso del público les coge en cueros. Y ahí, de repente, observamos como el cuerpo pierde la presencia que tenía durante la acción. Saludan, con una cierta incomodidad, intentando tapar sus partes pudendas. Como les resulta difícil saludar y taparse, aguantar esa exposición directa del cuerpo desnudo, corren a ocultarse detrás de un tresillo con el que habían jugado en escena y saludan agazapadas/o desde allí.

Voilà! Cuando el cuerpo desnudo se quita la dramaturgia aparece la vergüenza cotidiana. La acción empodera al cuerpo desnudo y lo viste. Lo viste de una transparencia en la que podemos entrar y flipar, perdernos y encontrarnos y, sobre todo, gozar.