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Dom, Abr

Escritorios y escenarios | Manuela Vera

Son muy intensos los acontecimientos que han ocurrido en los dos decenios que llevamos del siglo XXI. Y con la llegada de mi vida adulta vino una inevitable y, a veces, dolorosa toma de conciencia sobre el funcionamiento del mundo. Y cuando digo mundo, me refiero al ámbito de lo social, lo cultural y lo económico. Y esta toma de conciencia ha sido generada por las experiencias en las que me he visto envuelta de forma directa o indirecta, por no subrayar que ser colombiana implica cargar en los hombros un peso catastrófico que ya parece innato. 

 

Hoy soy educadora teatral, trabajo en una universidad pública y en una privada. La diferencia entre las dos es enorme, pues cada una representa realidades diferentes. Pero en la pública, el año pasado, en plena pandemia, hubo un escrache hacia un profesor que fundó el programa de Artes Escénicas. Un profesor que, además, fue mi profesor cuando yo era estudiante. La verdad es que la situación me tomó por sorpresa, pero no me tomó por sorpresa que él fuera el antagonista. Más bien, por fin encajaron algunas piezas del puzle de mi memoria. 

Con el escrache se explicitaron las denuncias, muchas, muchísimas. Escandalosas. Los relatos fueron devastadores, y no solo se hicieron escuchar las estudiantes, sino los estudiantes. Las denuncias también procedían de otras carreras y programas. Incluso egresados empezaron a enviar sus testimonios. El dolor provocado por los actos impunes de este individuo, llevó a algunas de sus víctimas directo al psicólogo y, por supuesto, a alejarse por completo del mundo del arte y de la educación. 

He aquí una paradoja, y que no se nos olvide que la vida está plagada de ellas. Por eso a mí no me intenten convencer de que las cosas son blancas o negras. Eso sería muy fácil. La paradoja es que el arte y la educación, instancias que por sus características tienden a fomentar el surgimiento de visiones y relaciones alternativas, de transformaciones culturales, de mundos posibles, deberían evitar la reproducción de los abusos de poder, y sin embargo, ni la educación, ni el arte, ni el teatro, mi amado teatro, se salva. 

Varios de estos casos fueron llevados hasta la fiscalía, emprendieron un proceso judicial. No todos, pocos en realidad. Estas acciones detonaron una toma de conciencia impresionante en todas las personas vinculadas al programa de teatro. E incitaron a que las profesoras tomáramos una posición: acompañar y apoyar al estudiantado. 

Vivir esta situación desde el rol docente siendo mujer ha sido extraordinariamente complejo, así que no me imagino lo que será vivirla como hombre, o como estudiante, o como estudiante abusado. Por otro lado, ha desencadenado un aprendizaje existencial en mí, cuyo proceso está lejos de finalizar. Todavía no sé cómo asumir las acciones de mis colegas. Así que me siento asistiendo a la escuela inicial. Ni siquiera a la primaria. Y en esa escuela inicial, estoy comprobando el doloroso funcionamiento de una parte del mundo.

Las profesoras del programa de Artes Escénicas nos unimos para reflexionar, porque muchas cabezas, acompañadas de sus respectivos corazones, corazones rotos pero repletos de esperanza, piensan mejor que una. A veces solo nos desahogamos y no llegamos a ninguna conclusión. Ninguna sabe qué hacer. Y aún sin respuestas hoy nos sentimos en coalescencia. Llevamos meses unidas intentando comprender cómo maniobrar y qué hacer ante esta penosa situación. A mí me da vergüenza. Tristeza. Rabia. 

Desde entonces llegan a nuestros oídos denuncias sobre nuestros compañeros de trabajo. Es tan raro… Todas coincidimos en que ninguna se quiere enterar de la vida personal de nuestros colegas. Pero al ser incapaces de autorregular sus conductas, nos implican. 

Y por supuesto resulta ineludible preguntarse, ¿con qué personas estoy trabajando? ¿Quiénes somos los que estamos educando a las nuevas generaciones? ¿Entendemos nuestra responsabilidad como agentes culturales? ¿En qué momento algunos olvidaron que nuestro objetivo es formar y no deformar? Más paradojas. Obviamente, las acusaciones no son sobre todos los profesores. Hay matices. Hay muy buenos profesores también. Pero lo que he aprendido de esta situación es que, seguramente, seguirán llegando más casos. Habrá más señalamientos. Y cada uno me afecta, sí, porque los actos individuales afectan lo colectivo. Ay, Sartre cuánta razón… 

Cada caso me genera inquietudes, ruidos, caos, incomodidad, contradicciones. Y no sé cómo tramitar todo esto. Pero aún siendo así las cosas, no sobra preguntar: ¿qué tipo de artista, educador, teatrista es usted? O mejor dicho, ¿qué tipo de persona? ¿Usted representa, encarna, el mundo que sueña? ¿Y su sueño, es sueño para usted y para los demás pesadilla? 

Bogotá, sábado 3 de abril de 2021