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Mar, Nov

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

En el paisaje desértico del sur de Irán, a 45 kilómetros de la ciudad de Sirjan, hay una construcción que quiebra el horizonte de arena. En ese punto geográfico, sobre la sinuosa silueta de las dunas, estampándose contra el azul del cielo, se yerguen unos extraños árboles secos sobre cuyas ramas cuelgan pesadas piedras que ocupan el lugar de lo que antaño habrían sido, quizá, hojas verdes y frutos rojos. Esta arboleda misteriosa que parece un tejido trasplantado proveniente de otro lugar se conoce como el Jardín de las Piedras. 

 

El autor de este espacio, y digo autor porque el Jardín de las Piedras es más una obra escultórica que un jardín, es Derviche Khan Esfandiarpoor; un pastor y derviche sordomudo a quien en 1963 el régimen iraní confiscó parte de sus tierras, dejándole sólo una pequeña y árida parcela donde apenas crecían cuatro hierbajos. Sin poder alzar la voz contra la injusticia, pues no podía escuchar ni hablar desde que nació, el Derviche Khan empezó a coger piedras de las montañas de alrededor y a colgarlas en las ramas de los árboles de su menguada tierra como acción de protesta. Durante más de cuarenta años estuvo construyendo ese pequeño bosque, tétrico y rebelde, colocando piedras como si fueran frutos en unos árboles que no eran sino cadáveres de madera debido al exceso de sol.

A pesar de la tragedia vivida y de la atmósfera mortecina que había adquirido su hacienda, era común ver al Derviche Khan bailar con gozo en su jardín de piedras. Bailaba, como buen derviche, en sinuosos e interminables giros, moviendo en curvas sus articulaciones aceitadas, dejándose acariciar por el viento, su habitual pareja de baile y, por momentos, improvisando al aire saltos de alegría o equilibrios precarios de meditación. El Derviche Khan creaba una danza inigualable como expresión artística humana, alentado desde su propia necesidad, esculpiendo desde sus raíces culturales, sin la necesidad de haber aprendido a moverse en una escuela de arte oficial. Así al menos se percibe en la película “The Stone Garden” donde el director Parviz Kimiavi filma una memorable secuencia del Derviche Khan bailando entre sus árboles de piedras colgantes.

Al ver esta sugerente y misteriosa escena uno se pregunta: ¿Para quién baila este derviche? ¿Para Dios? ¿Para sí mismo? ¿Para algún espectador secreto? ¿Para hacer visible su protesta silenciosa ante visitadores anónimos? ¿Qué melodía interior guía sus movimientos si nunca ha escuchado música alguna? ¿Sigue el ritmo que le marcan sus fluidos? ¿Quizá se deja llevar por los impulsos del viento? ¿O por las imágenes que brotan en su mente? Hay quién dice observando a Derviche Khan que está borracho de Dios. Sin embargo, a mí me parece que es alguien que está borracho de vida, alguien que celebra su existencia sin miedo, bailando sobre las adversidades y los prejuicios que le acechan. 

Desde hace un tiempo el primer día del curso sigo la misma rutina. Pongo una silla vacía desde la cual cada alumno, cada alumna tiene que responder a la siguiente pregunta: ¿Por qué hago teatro? Cada cual, yo incluido, intenta responder con la mayor sinceridad y humanidad posible mientras los demás miran y escuchan. Todo esto significa que todos los octubres de cada año me hago la misma pregunta. ¿Por qué sigo haciendo esto? O, en otras palabras: ¿Qué es esto del teatro para mí?

Pienso en el Derviche Khan y su jardín de piedra. Y quizá el teatro sea eso: una oportunidad para reivindicar tu pequeña parcela en esta compleja existencia, allí donde uno puede realizar un ritual íntimo para interpelar a este mundo (y lo que está más allá de él) desde su intransferible individualidad, de forma libre pero comprometida con las certezas y las dudas sobre las que uno navega. Un acto que nace donde nacen las entrañas, infértil en apariencia, y donde conviven sin apenas distinguirse la determinación política, el misterio y la inexplicable búsqueda de la belleza.