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Sáb, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Siendo actor, recuerdo que cuando estaba aprendiendo a hacer la vertical con dos manos –el ejercicio de acrobacia que en la jerga callejera se llama "el pino"–, una de las claves fue entender que el equilibrio era, en realidad, un desequilibrio controlado. Cuando milagrosamente lograba permanecer en vertical sobre las manos era porque podía manejar el desequilibrio, porque adecuaba momento a momento las tensiones que se generaban en el cuerpo como consecuencia de esa posición tan antinatural. Sólo entonces, modulando los impulsos que iban en direcciones opuestas, conseguía no caer. Es decir, la estabilidad que se observaba desde fuera al ejecutar correctamente el equilibrio, funcionaba en mi interior como una inestabilidad permanente, pero sutilmente controlada. Creo que este consejo es muy útil cuando se enseña a hacer el pino.

En otro nivel de organización, esta imagen del desequilibrio aparentemente firme es algo que tengo presente desde que hago teatro en un colectivo. En la intención de crear un grupo estable que perdurase durante largo tiempo, siempre he pensado que la estabilidad no se conseguiría a través de una quietud forzada o una inmovilidad impuesta, sino por medio de un desequilibrio vivo y permanente encauzado con delicadeza. Creo que éste es uno de los secretos para que un grupo de teatro sobreviva al tiempo.

En este sentido no es casualidad que La Zaranda, después de 33 años de trabajo conjunto, se haga llamar "Teatro inestable de Andalucía la Baja". Me vienen entonces las palabras, un tanto borrosas por la desmemoria, de Paco Sánchez, miembro de la citada compañía, cuando le pregunté por esta paradójica inestabilidad del grupo: "Si el nuestro ha de ser un teatro vivo, y la vida es inestable por naturaleza, nuestra existencia es entonces necesariamente inestable", decía.

En sus múltiples contradicciones y paradojas, el teatro enseña a que la inestabilidad puede ser fuente de estabilidad y que incluso, a veces, es la única manera de afianzarse y resistir en grupo. Sin embargo, lograr que la inestabilidad sea fuente de equilibrio es una ciencia impenetrable, finísima, sujeta a leyes no escritas. No creo que nadie sepa la receta exacta. En esa relación aparentemente imposible, cualquier desliz, cualquier matiz, puede romper la armonía y convertir el desequilibrio en lo que cotidianamente es: peligrosa inestabilidad y caos estéril.

Pienso en otros grupos de teatro avalados por una longevidad admirable: La Candelaria, Els Joglars, Thèâtre du Soleil, Gardzienice, Atalaya, Cuatrotablas, Galpão, SITI Company, Yuyachkani, el Odin Teatret... Imagino que cada una de estas agrupaciones ha desarrollado mecanismos particulares para esquivar las adversidades que amenazan el delicadísimo ecosistema que es un colectivo. Imagino también que en no pocas ocasiones han pensado que difícilmente sobrevivirían a la siguiente fatalidad. Lo que hoy vemos en ellos como una continuidad pulcra es, seguramente, la historia de una discontinuidad hecha de golpes que tumban y de impulsos instintivos que los vuelven a levantar.

Hoy, por lo visto, en mi autopista de la memoria los peajes deben ser gratuitos, porque ahora me llegan las palabras de Eugenio Barba explicando el secreto de la supervivencia de su compañía, el Odin Teatret, que va para los 50 años de existencia. Argumentaba que la clave había sido saber equilibrar las fuerzas centrípetas con las centrífugas. Quería decir que habían logrado amalgamar los intereses individuales de los miembros que se proyectaban fuera del grupo, con el interés conjunto por permanecer unidos. Se trata de una reflexión muy útil sobre un hecho que, en la práctica, es de una complejidad inexplicable.

Por mi parte, con una experiencia mucho más limitada a mis espaldas, distingo dos valores imprescindibles para estos desequilibrios estables que gobiernan la vida en colectivo: humildad y respeto. Pero, aunque necesarios, constituyen sólo una pequeña parte del entramado. Son los ojos de una gran matrioska que en su interior esconde multitud de matrioskas invisibles.