Sidebar

12
Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Una fotografía: Faye Dunaway en la mañana después de haber recibido el Oscar. Bata de raso rosa, lánguida, recostada en una hamaca, amanecer californiano, los periódicos del día, con grandes titulares y las fotografías de la noche anterior, alborotados sobre la mesa y repartidos por el suelo. Ella está serena, prácticamente sin maquillar. Tiene una belleza de espiga al sol, la melena a los lados, casi se adivinan las pecas de su cara. Hay ausencia del halo fatal que siempre trae consigo la máscara de pestañas corrida sobre la cara después de una noche de excesos. De la abertura de la bata surge una pierna interminablemente bella. La actriz está ensimismada en algún pensamiento que tiene algo de nube negra y que hace juego con sus preciosos tacones imposibles. Amanece en Los Hamptons el día después.

Amanece también el día después de un estreno. Y la resaca es fuerte. La cabeza pesa, las ojeras están presentes, el cuerpo flojo, en estado de agotamiento. No hay demasiadas fuerzas. Y dejas que la vida te resbale, permitiendo que pase por los lados sin rozarte apenas, como si nada. Como si no quedara nada. Al mismo tiempo, sigues flotando un poco. Es la estela de la noche anterior. Quizás tengas, incluso, el cuerpo algo dolorido. Rememoras: Los instantes, horas, segundos, antes de salir a escena, con las voces de los espectadores bullendo ya en las butacas. Después, el viaje escénico. Y luego, los abrazos, en el hall del teatro.

Al otro lado de las cosas, el escenario ha quedado vacío. Los objetos que minutos antes habían cobrado vida vuelven a ser mortales, pura materia inerte. Casi da miedo mirar, por si uno encuentra a algún personaje sin vida, confundido entre telones. La estampa recuerda lo efímero de la vida, al igual que hacen los restos de confeti que quedan esparcidos por el suelo después de una gran fiesta y un corto vuelo. Ya no hay toses en las butacas. Quizás, cómo mucho, veamos a un técnico solitario barriendo el espacio, en silencio. Eso es lo que queda al final. Un silencio atronador y la realidad.

Y, ahora ¿qué?, te preguntas. Algunos pensarán: Ahora, el vacío. Otros suspirarán aliviados por recuperar la vida que habían perdido. Pensando en el día después, creo que el teatro es más agradecido que el cine. Porque cuando se acaba el rodaje de la película cada uno se va a su casa para siempre. Como Faye Dunaway. Eso tiene que ser brutal. En teatro, al menos, te queda el consuelo de saber que, con algo de buena suerte, podrás contribuir a insuflar vida a la historia recién parida noche tras noche, con el mismo equipo pisando las tablas y nuevas toses en el patio butacas.