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Mar, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Andaba reflexionando por las peculiares calles de la zona de más sabor colonialista de Santo Domingo sobre el clima, la naturaleza, la vida entre tanta exuberancia y las motivaciones de asistir a un espectáculo cerrado de artes escénicas, cuando me encuentro en diferentes plazas actuaciones musicales de primer orden. Una iniciativa que se va arraigando, ofrecer conciertos de música clásica, por ejemplo, para ir contagiando ese gusto por esta manifestación artística tan depurada a una población bailonga, con ritmo caribeño donde su pobladores son un homenaje a la integración, al mestizaje, a la belleza de lo impuro.

Si la naturaleza es un espectáculo ininterrumpido, las motivaciones para disfrutar de una buena lectura, un ballet o una obra de teatro, deben venir de la misma necesidad de descubrimiento y de imprecación sobre nuestra existencia sobre esta tierra que a todo ciudadano con su nivel de supervivencia sostenible equilibrado, una formación adecuada y la suerte de haberse iniciado en el disfrute de estas artes de convivencia y acontecimiento. Quizás sea el mismo pensamiento tópico que nos hace sorprendemos de que pese al clima benigno y las calles bulliciosas se llenen las salas y que nos lleva a considerar que en los países de climatología más fría y variable, sus habitantes son más propensos a la melancolía, el recogimiento, la poesía y el encerrase en grandes tetaros bien calefactados para escuchar las voces aterciopeladas de los cantantes de ópera, o las disquisiciones más profundas sobre la crisis de la pareja burguesa.

Y sin embargo en un estudio improvisado y superficial, observando a mi alredor en los teatros donde se celebra el IX Festival Internacional de Teatro de Santo Domingo, uno encuentra algo más esperanzador, hay varias generaciones de espectadores en la sobras, incluyendo a jóvenes muy jóvenes, y calcula que su procedencia social parece similar a las personas que acuden a los tetaros europeos. Ni siquiera cambia su actitud y su reacción ante lo que presencian, quizás, sí, una mayor explosión de aceptación al finalizar.

Y algunos datos desde esta ciudad que fue la primera construida por los colonizadores españoles: aquí hay una Compañía Nacional de Teatro que cumple nada menos que setenta años y se la homenajea en el festival con una exposición, , el actual ministro de Cultura es artista, cantante y músico, una actividad cultural abierta y participativa encomiable, museos y estudios por doquier y un lugar nuclear La Casa del Teatro, un espacio fundado por Fredy Ginebra que es teatro, sala de exposiciones, lugar de conciertos de música viva, bar, lugar de encuentro y confluencias por donde han pasado en sus años de existencia los mejores artistas de todo el mundo. Una iniciativa privada, un mundo imaginativo y solidario.

En este ambiente estamos conviviendo unos días, el festival acabará el día 26, participaremos en alguna charla y coloquio, veremos el todo el teatro dominicano que podamos, confraternizaremos con portugueses, argentinos, costarricenses y españoles, y seguiremos viendo las calles repletas, en unas zonas por automóviles, en otras zonas por gentes por la calle, autóctonos que se distinguen de la plaga turística, ese manantial de divisas y de distorsiones de la realidad. Mantener las la actividad cultural frente a la marea turística es un buen objetivo.

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