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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil
¿Qué atracción fatal tendrá el teatro para que los fachas lo utilicen para dar muestras de su intolerancia y se expresen con toda la violencia terrorista que acumulan de manera larvada? La última actuación ha sido en el Teatre Nacional de Catalunya, donde al grito tan usado y de connotaciones tan horribles de ¡Viva Cristo Rey!, interrumpieron la actuación de los actores de la obra 'Gang Bang', escrita y dirigida por Josep Maria Miro, cuya acción transcurre en un club gay en los días de la visita del Papa al Estado español.

No vamos a jugar a su diabólico juego. La libertad de expresión es un valor absoluto, total, sin matices. No existen ni religiones, ni monarquías, ni regímenes que estén exentos de ser representados, analizados o criticados desde los escenarios, los papeles o los medios audiovisuales. No hay excepciones, ni situaciones especiales. Desde el respeto, sin infamias, y si alguien se cree ofendido, vilipendiado, herido en su honor, que recurra a los tribunales ordinarios. No hay más. Este es el estatus democrático, desde el que nos orientamos.

Queda claro que nos solidarizamos con el equipo directivo del TNC, con el equipo artístico y técnico de la obra representada, aplaudimos la presencia de los espectadores de manera constante y llenando el aforo casi cada representación, apoyamos la decisiones "políticas" de los responsables para no dejarse amedrentar por el facherío de toda la vida, que se expresa de muchas maneras, y la de los fachas de este suceso son una simple manifestación extrema de su extremismo constante, manipulador, que anida en manifestaciones cotidianas de algunos partidos políticos de implantación estatal con posibilidades de gobernar donde conviven esta extrema derecha violenta, tardo-franquista, nostálgica, xenófoba y anticultural.

La televisión digital terrestre está llena de cadenas de esta ideología, que se expresa con total impunidad, que mienten, agreden, estigmatizan, se mofan a todo aquello que no sea de derechas, que mantienen el discurso del nacional catolicismo más reaccionario y que milita en los legionarios de Cristo Rey u otras facciones sectarias. Los mensajes de esas cadenas son constantes, reiterativos, riéndose de todas las expresiones culturales que no defiendan su corta ideología fascistoide o directamente fascista y franquista. Lo curioso, a nuestro entender, es que la Fiscalía del Estado, tan presta en prohibiciones e ilegalizaciones, sea tan consentidora con estas expresiones que no parecen convivir demasiado bien con la noción constitucionalista de este Estado español actual.

Volviendo al principio, lo que a uno, desde siempre, le ha parecido es que el facherío le da una importancia al teatro que no se lo da la supuesta izquierda de portafolios, y en sus iglesias y cavernas incitan a sus más fanáticos a que pasen a la acción, y lo hacen ante todo aquello que no cuadra con su ideología. Lo más sospechoso es que las obras tachadas, estigmatizadas por estos cafres, desaparecen por arte de la orden del cornetín de las programaciones. Es como si los programadores fueran muy sensibles a esos mensajes censores. Probablemente sea que sus señoritos o señoritas con cargo político les recomiendan no meterse en líos, o que por si acaso, para no buscarse mayores problemas, ellos mismos tomaran la iniciativa y utilizan para este acto cómplice argumentaciones todavía más denunciables, como la falta de calidad del montaje y otros etcéteras abominables.

El facherío no puede marcar las programaciones. Debemos reclamar una vez más la libertad de expresión, libertad de programación, libertad de acción y que se acabe de una vez por todas con la censura en cualquiera de sus formas y maneras. Hay demasiados casos cotidianos, no tan espectaculares como el aquí mencionado, como para empezar a preocuparse de verdad, en serio de lo que está pasando. Organizarse para lo que nos va a venir. O ya está instaurado.