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Mié, Nov

A partir de…

El autor francés Edmond Rostand en 1897 publicó la novela “Cyrano de Bergerac” que ciertamente era la recreación del personaje real Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac (1619-1655). La novela dio origen a una obra de teatro en múltiples versiones y a diversas películas que conservaron el título y la esencia de aquel narigudo infeliz por su deformación, pero capaz de amar con pasión.

De aquel Cyrano, lo que más se recuerda es la escena debajo del balcón de su amada recitando su amor por boca del amigo que es quien recibe los favores. Sin embargo, lo más interesante del texto de Rostand está en destacar  no solo la infelicidad de aquel ser diferente a los demás por una apariencia física, sino que, como un ser humano, posee unas cualidades excepcionales entre las que cabe subrayar la amistad, la lealtad, la inteligencia y el amor.

La compañía extremeña Samarkanda Teatro ha presentado en la segunda Muestra Ibérica de Artes Escénicas (MAE) de Extremadura un espectáculo que evoca cierto paralelismo con el del francés. “El gigante que quería ser pequeño”, con dramaturgia de Cristina D. Silveira, está basado en el personaje real Agustín Luengo y Capilla (1849) que nació en Puebla de Alcocer, provincia de Badajoz.

El Gigante Extremeño, como era conocido por los 2,35 metros de estatura, llevó una vida de “sufrimiento permanente y de carencias de todo tipo”. Precisamente, su elevada altura le acreditaba para formar parte de un espectáculo circense donde se exhibían tipos con diversas deformaciones físicas. La prensa del momento (El Globo, La Iberia, La correspondencia de España) aireó su historia. A Agustín Luengo y Capilla lo presentaron a S.M. el Rey Alfonso XII y lo encontró el antropólogo Dtor Velasco quien le propuso comprar su cuerpo en vida para, cuando Agustín falleciera, poder exhibir su esqueleto en el Museo Antropológico. El trato era que le daría 2 pesetas diarias que  debería recoger cada día en casa del doctor. Agustín Luengo y Capilla falleció pronto, quizá por el desorden de vida según había pronosticado el antropólogo, en 1875 a los 26 años de edad.

A partir de esta historia real, la compañía Samarkanda Teatro  ha realizado un espectáculo que homenajea a su paisano y que provoca, como sucede con Cyrano, una reflexión acerca de las deformaciones físicas, también las síquicas y las intelectuales, pienso yo. La pieza plantea la aceptación del yo “defectuoso” y la inclusión de un ser humano distinto a la “normalidad” sin traumas en la sociedad. Es decir, la obra plantea preguntas que cada espectador ha de resolver

En este sentido, aunque la propuesta huye del didactismo, tanto como de la compasión y de lo melodramático, el espectáculo bien vale una sesión escolar ampliable a todo tipo de público con una posterior crítica y análisis en comunidad. Es decir, incita a una enjundiosa conversación más allá de la mera anécdota existencial de Agustín; sería una conversación a partir de… la representación.

La propia dramaturga ha dirigido el montaje escénico que se muestra a modo de danza teatro empleando diversos elementos escénicos que destacan por su efectividad, precisión y versatilidad.

Aparte del esqueleto gigante manipulado por tres personas, varios paneles a modo de biombos y una especie de armario juegan en la escena como soportes para las certeras proyecciones y como elementos que se desplazan creando espacios significativos y sugerentes apoyando la narración.

La pieza posee un tratamiento documental pero aporta cierto carácter mágico tanto por las entradas y salidas de los intérpretes a través de las gomas elásticas de los biombos, como por el uso de las proyecciones y de las sombras. Pero es sobre todo con las sombras donde el espectáculo conjuga la magia con el humor.

Y es que, la luz tras la tela blanca dibuja las siluetas de los extraños personajes circenses. Los intérpretes acceden al punto focal por los laterales a la vista del público y se transforman en los personajes: las siamesas con dos cabezas en un solo cuerpo, el hombre que anda con las manos y aplaude con los pies, el tragasables, el gigante, en fin, un elefante. Intérpretes y personajes, realidad e imágenes conforman un magnífico juego de complicidad.

En “El gigante que quería se pequeño” hay una historia verdadera que se aborda desde la honestidad de un grupo bien conjuntado que trabaja el auténtico teatro artesanal a pesar de usar las tecnologías de proyección. Las marionetas sorprenden por su impacto visual; la escena de los pies del gigante dialogando entre ellos posee un enorme valor cómico, aparte de ser un recurso inteligente para resolver la cuestión de representar al gigante sin serlo; la danza dialoga con las transiciones al tiempo que hace que el discurso de la narración tenga coherencia y sea inteligible para cualquier tipo de espectador.

Por lo demás, la pieza se mueve entre lo onírico, lo imaginado y la realidad. Una periodista entra en el Museo Antropológico y se topa con el gran esqueleto; le hace una entrevista y a partir de esa entrevista se desarrolla el documento, o quizá lo que la periodista imaginó, o quizá ha sido un sueño, o quizá sea otra historia que el público recrea tras hacerse preguntas y reflexionar.

Manuel Sesma Sanz

Espectáculo: El gigante que quería ser pequeño. Dramaturgia: Cristina D. Silveira. Elenco: Nuqui Fernández, Arturo Núñez, Juan Vázquez, Fermín Núñez y Raquel Bravo. Textos: Pedro Luis López Bellot. Escenografía: Luisa Santos, Myriam Cruz y Antonio Ollero. Espacio sonoro: Álvaro Rodríguez Barroso. Esqueleto: Pilar Triviño, Luisa Santos y Antonio Ollero. Vestuario: Luisa Santos, Isabel Trinidad y Lucía Galán. Iluminación: Fran Cordero. Video escena: Nuria Prieto. Dirección: Cristina D. Silveira. Compañía Samarkanda Teatro. Sala Gran Teatro de Cáceres.  Muestra Ibérica de Artes Escénicas (MAE) de Extremadura.

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