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Sáb, Abr

Foro fugaz | Enrique Atonal

Nos dice la RAE que blasfemia es una palabra injuriosa contra algo o alguien sagrado. Y cuanto más se venere lo sagrado, más hondo calará la injuria, más profunda será ha herida. Hay pueblos a los que satisface la blasfemia, como la posibilidad de llenarse la boca de una fuerza destructiva, de recobrar en la palabra su furor soterrado, de retar a los poderes divinos y terrenales desde su miserable condición. Pero como decían los clásicos: quien te da la enfermedad, te da la medicina, así al blasfemo se le castiga con un anatema, o una persecución, o una condena judicial o la muerte. 

España inventó la Santa Inquisición, que tuvo largos siglos de vigencia y cuya sombra se proyecta hasta este ya entrado siglo XXI. Escuchemos a una autoridad eclesiástica:  

«…si la blasfemia es libertad de expresión; entonces, la corrupción es economía de mercado ». dice Monseñor Munilla al parecer versado en economía de mercado y corrupción.  

Para dar sustento a su vigilancia, los nuevos inquisidores buscan el apoyo de otras organizaciones religiosas que hasta hace poco se combatían (y se siguen combatiendo en el secreto de sus sacristías) como son, por orden de aparición, judíos, católicos, musulmanes y protestantes para denunciar a los que amparados en las libertades de otorga la democracia ofenden la sensibilidad de los fieles. 

¿Por qué a los españoles les gusta blasfemar? ¿es una forma de fervor religioso inverso? ¿una manera de formalizar su apego a las creencias? ¿Por qué se siente ofendidos colectivamente por una miserable y grosera palabra? Me sería muy difícil encontrar razones, pero hay una fuerte tendencia social a cagar como blasfemia, a insultar para mostrar apego, a injuriar para afirmarse. Ya desde el Quijote se observa al insulto como una jubilación del lenguaje:  ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!

A lo que respondió Sancho, algo mohíno:

–Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos, Dios queriendo, mientras yo viviere. Y háblese más comedidamente, que, para haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma cortesía, no me parecen muy concertadas esas palabras.

–¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced –replicó el del Bosque– de achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algún caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: "¡Oh hideputa, puto, y qué bien que lo ha hecho!?" 

Antes de seguir tengo que admitir que tengo miedo, miedo de que alguien decida que lo que escribo hiere sus sentimientos, miedo de que vuelva a atacarse al teatro como fuente de perversiones e ideas antirreligiosas, tengo miedo de que se decrete que la revista Artez es blasfema y hay que destruirla. Tengo miedo de recomendar la representación del Tartufo de Molière, pues ahora, como cuando fue lanzada la obra en 1664, puede considerarse como una ofensa a los sentimientos y a la religión. Molière tuvo que luchar durante cinco años para que su obra fuera representada y según los testimonios de la época fue la que más satisfacciones le dio (y le sigue dando).  

La Celestina es una magnífica y audaz obra dramática de 1498, convertida en novela dialogada por la crítica para evitar su representación por cuestiones morales. Porque La Celestina tiene una frescura y audacia envidiables, una facilidad para la irreverencia y un descaro sexual desconocido en el teatro español. Siempre me he preguntado cómo hubiera evolucionado el teatro en España si hubiera aprovechado la brecha abierta por La Celestina que sí fue aprovechada por la picaresca. Pero la censura, la Santa Inquisición siempre han merodeado por la escena para educarla. 

Vivimos sitiados por nuevos inquisidores; cualquier palabra, gesto, dibujo puede ser motivo de condena y persecución. Hay multas, cárcel, y hasta amenazas de muerte, y muerte, para aquellos que se atreven a realizar algún acto público que irrite a los irritables y anónimos nuevos inquisidores. La procesión de un coño gigante en Sevilla atrae la furia de los santurrones, los sketch de cómicos irreverentes los llevan a los juzgados, etc., no sólo en España, también en Irlanda en donde la blasfemia es delito. A la sana posibilidad de explosión verbal blasfematoria se le opone un rigor de encontronazo legal. Se lanzan llamados a la moderación por parte de quienes son extremistas de sus ideas. Y así va el Carro de heno… 

 

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