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Dom, Sep

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

¿Cuantas veces en la vida hemos tenido una de esas experiencias inesperadas que aparentemente pueden ser insignificantes para otros pero que nos han marcado a fuego para siempre? Luego de vividas su recuerdo queda ahí, latente, guardado en algún lugar indeterminado de nuestra memoria, listo para aflorar cuando se deje invocar por un guiño del día a día. Un instante de vida nos puede marcar hasta el infinito de nuestra existencia. Aquella vez que siendo niños por alguna tontería cometida temíamos el castigo de nuestros padres y contrariamente a lo esperado, nuestra madre nos regaló un caramelo pidiéndonos amorosamente que no repitiésemos el error. Para nosotros esa sensación amarga del posible castigo, por el perdón incondicional de quien más queríamos en ese entonces, se transformó en el más dulce de los sabores imaginables, un símbolo del amor maternal. El sabor de ese caramelo insignificante, aunque la experiencia no se repita nunca, siempre nos llevará a los momentos felices de la infancia. Un sabor, un sonido, un aroma, un color especial, una textura, cualquiera de nuestros sentidos puede ser la llave que abra el espacio para hacer que los recuerdos se nos hagan presente. Una persona, una situación, un lugar, cualquier cosa nos puede hacer re vivir, aunque solo sea en nuestro imaginario. Las experiencias de vida son únicas, irrepetibles y absolutamente personales pero las artes gracias a su lenguaje que apela a nuestros sentimientos tienen la particularidad de llevarnos hasta el umbral desde el cual entrar de lleno en los recuerdos personales. Ante el temor del fin de la existencia, muchos buscan desesperadamente el poder trascender. Algunos lo hacen esforzándose día a día más allá de sus propios límites tratando de tener grandes logros que los destaquen por sobre la media, por lo cual se olvidan realmente de vivir compartiendo con sus supuestos afectos que dada su actitud se distancian gradualmente hasta abandonarlos incluso en el momento de su muerte. Hay otros que ante la imposibilidad de logros propios se desviven por trascender a través de sus hijos quienes muchas veces por la exigencia continua, terminan por alejarse. También existen aquellos que no pretenden trascender y viven la vida a plenitud llenándose de experiencias y gratos recuerdos, llenándose de múltiples momentos infinitos que prolongarán su vida hasta límites desconocidos. La felicidad es la mejor forma que tenemos de acercarnos al infinito, la mejor manera de vivir una vida plena y quizás trascender en la memoria de quienes hayan compartido con nosotros. El infinito no tiene principio ni fin, los recuerdos si tienen un inicio pero se prolongan en el tiempo en directa relación a cuanto nos hayan impactado. Sin esforzarnos por un ideal improbable de trascendencia, la vida en su absoluta sabiduría nos regala pequeños infinitos que si tenemos la voluntad de unirlos, nos llevarán a ser plenos. No se trata de vivir por siempre en el pasado de recuerdos, sino que de estar abiertos a crear esos pequeños infinitos que nos hagan inmortales. Al menos hasta el día de nuestra muerte física. Seamos creadores y usuarios del arte capaz de invocar esos recuerdos que nos hagan sobrevivir a nuestra muerte.