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Lun, May

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

¿Qué pasa cuando la danza nos hace olvidar la danza y el teatro nos hace olvidar el teatro?

Se mueven nuestras fronteras conceptuales, se produce un shock mental, y si soltamos las anclas y dejamos que el barco navegue a favor de la corriente escénica, y disfrutamos de la sorpresa, entonces descubrimos que el arte es una bestia que se nos escapa, una deslumbrante y hermosa bestia que huye de nuestros encasillamientos.

Pienso en piezas de artes escénicas que me han roto los esquemas y que me han causado inmenso placer y se me aparece la imagen fulgurante de aquel poema de William Blake:

Tyger, tyger, burning bright,

In the forests of the night;

What immortal hand or eye,

Could frame thy fearful symmetry?

Eugenio Barba, en su ISTA (International School of Theatre Anthropology), ha realizado estudios concluyentes que demuestran que la actriz o el actor de teatro, igual que la bailarina o el bailarín en la danza, independientemente del estilo y el modo, independientemente de las coordenadas culturales y geográficas, utilizan los mismos mecanismos para amplificar su presencia en escena. Así, podríamos afirmar que el buen actor danza y la buena bailarina actúa, o, formulado de otra manera: que el buen teatro es danza y la buena danza es teatro.

Expongo este pensamiento básico para quebrar esa diferenciación que pretende, en muchas ocasiones, establecer compartimentos estancos entre el arte de la danza y el arte del teatro. La danza contemporánea y el teatro contemporáneo, las denominadas “artes vivas”, en su constante búsqueda por renovar los pactos de juego y no acomodarse a las convenciones artísticas sedimentadas por la tradición, tienden a confirmar ese pensamiento básico que trasciende las fronteras de los géneros artísticos.

El tigre resplandeciente que atraviesa, como un rayo, el poema de William Blake se conecta, por asociación, en mi cabeza, con el Jaguar de Marlene Monteiro Freitas, en colaboración con Andreas Merk, que recibió el León de Plata de la última Bienal de Venecia. En resumen: un conjunto de fieras: tigre, jaguar y león. Fieras exóticas y bellas.

El Festival Internacional de Danza Contemporánea de Guimarães, GUIdance, el viernes 9 de febrero de 2018, nos ofreció la oportunidad de flipar con el Jaguar de Marlene Monteiro Freitas y Andreas Merk.

La fuerza salvaje de la danza contemporánea es un nervio que va desde la punta de los pies hasta la punta de los cabellos, pero que entra en el cuerpo desde el subsuelo y, a través del danzante, se extiende por entre las espectadoras y espectadores.

La danza contemporánea se nos olvida ante la amalgama salvaje de referencias y evocaciones que despliega Marlene Monteiro Freitas en su Jaguar, realizadas desde la caricatura, la pantomima y la parodia, sin instalarse, sin embargo, en los típicos procedimientos teatrales que acabo de citar, sin adscribirse, tampoco, a los típicos estilemas de la danza contemporánea. Hay un nervio, en el movimiento y en la quietud electrizante de Marlene y Andreas, que resquebraja las etiquetas y, por veces, explota, ante nuestros ojos alucinados, como un circo inédito.

En el estupendo programa de mano del GUIdance podemos leer que, entre las múltiples inspiraciones de Jaguar, está el ecléctico y extravagante Prince, así como el iconoclasta dibujante suizo Adolf Wölfli, uno de los máximos exponentes del denominado arte marginal o “art brut”.

De Prince, además del tema titulado “Jaguar”, que compuso para Mavis Staples en 1987 y cuya letra nos habla de un cazador en el desierto, podemos, por asociación y analogía, observar la prodigiosa capacidad de transformación, tanto de Marlene como de Andreas. Prince, como también David Bowie, era capaz de transformar y manipular su apariencia de una manera inédita y provocadora.

En Jaguar el juego de las metamorfosis se celebra con diversos tipos de toallas que sirven para realizar movimientos peculiares y también para manipular su apariencia externa, a modo de caracterización, para crear figuras y personajes plásticos.

Quizás el ejemplo más claro es la figura de dos cabezas, compuesta con media cara de Marlene y media cara de Andreas, con las faces pegadas de tal manera que quede una cara extraña, semi-monstruosa, con sus dos ojos, el derecho de Andreas y el izquierdo de Marlene, y las bocas pegadas para componer una sola boca. Una toalla azul une sus cinturas en una sola, y una toalla roja tapa sus dos cabezas, como una pañoleta, el brazo y la mano derecha de Andreas se combina con el brazo y la mano izquierda de Marlene, ambos convenientemente maquillados de blanco para parecer de un mismo ser.

También es un ejemplo elocuente respecto a la portentosa capacidad camaleónica de la bailarina y el bailarín, cuando, de espaldas al público, inclinan su tronco, haciéndolo desaparecer de la visión, ocultado tras las piernas y glúteos que, a su vez, se cubren con sendas toallas para simular dos seres que desafían la buena figura antropomórfica, para ofrecer una visión surreal, con aquellos brazos que salen desde atrás y manipulan pequeñas toallas por delante de sus cuerpos extraños.

Esta extrañeza en los trazos de las figuras, así como en las maneras de moverse y danzar, entronca con el universo mágico y marginal de Adolf Wölfli, abigarrado y loco.

También hay, desde mi punto de vista, una atmósfera lúdico festiva y animista, que yo relaciono con la procedencia caboverdiana de Marlene Monteiro Freitas, a través de mis lecturas de Mia Couto. Ese universo en el que se mezclan los contrarios, la locura y la cordura, la vida y la muerte… siempre desde un vitalismo irreductible.

Viendo los objetos escénicos, diseñados por João Francisco y Luis Miguel Figueira, entre los que destacan la escultura naif de un caballo o los tres peldaños plateados de una escalera, que está en el centro del escenario y que no conduce a ninguna parte, además del divertidísimo juego de toallas, de tenis, de baño, de mano, etc., que sirven para simular y evocar diferentes figuras, a modo de personajes entre lo cómico y lo absurdo, entre lo surreal y el payaso de circo. Todos esos objetos y su utilización, así como las dos puertas laterales enmarcadas en neón blanco, o la lámpara compuesta de barras de neón horizontales, que flotan sobre el centro del espacio, generan un espacio lúdico fuera de lo común.

Es el lugar del juego, el lugar de la imaginación y la fantasía, el lugar del ritual y de su profanación.

La superposición de objetos, sin una aparente relación lógica, puebla la pieza. La propia imagen inicial de Marlene y Andreas, está compuesta por elementos inconexos: ropa y calzado deportivos, camiseta, pantalón corto y calcetines blancos, cinta sudadera blanca ciñendo sus frentes, gafas oscuras de natación, un antebrazo y la mano contraria pintados de blanco, una prótesis que les mantiene la boca abierta y les produce un abultamiento considerable en los morros, con unos labios enormes pintados de rojo, las piernas pintadas de moreno intenso y brillantes como el oro.

La música de carnaval caboverdiano, rica en percusión, a ritmo de samba y batucada, propicia un baile electrizante, entre el autómata y el desafuero payasesco, donde también hacen eco los mandingas, en el carnaval de Mindelo, lugar natal de Marlene, en la isla de São Vicente.

Por ahí aparece también el “Love Is Lost” del icónico y teatral David Bowie, resonando entre el placer y el dolor, en la hiper-segmentación del movimiento corporal.

En esa superposición y mezcla suenan, en Jaguar, la Consagración de la primavera de Igor Stravinsky, Noche transfigurada de Arnold Schönberg, Madame Butterfly de Puccini, Lamento della Ninfa de Claudio Monteverdi. Transitadas por ese nervio dancístico, marionetizado en múltiples evocaciones y juegos teatrales.

La marionetización des-subjetiviza a Marlene y a Andreas, como personas, ofreciéndonos a dos figuras danzantes que, por veces, se invisten de un cierto nivel alegórico, como aquellos personajes del teatro medieval. Por ejemplo, hay una secuencia en la que se evoca la escena de la diosa de la caza, Diana, en el baño, sorprendida por Acteón.

La imagen del caballo azul enorme, entre escultura y relieve bidimensional, que ocupa el margen izquierdo del escenario y que será transportado y despedazado a lo largo de Jaguar, se parece a los caballos que pintaba Vasili Kandinsky y Franz Marc a principios del siglo XX. Precisamente, estos dos pintores fundaron el grupo Der Blau Reiter (El Jinete Azul), que transformó el expresionismo alemán. Este grupo manifestaba su interés por el arte medieval, el gótico, África, el gran Oriente, el arte popular y también el arte infantil.

Eclecticismo, hibridación y espíritu lúdico son pulsiones que se adivinan en la obra de Marlene Monteiro Freitas. Un expresionismo divertido y eufórico que nunca llega al grotesco ni se detiene en imágenes ya vistas.

Las sacudidas y contorsiones, la fuerte intensidad física, hasta alcanzar el trance, hacen de Jaguar una pieza bestial en su fisicalidad desbordante.

Hay momentos de comicidad, hay momentos de asombro, hay momentos de sorpresa, hay momentos en los que uno parece alucinar, hay momentos excitantes… Simpatía y alucine. Simpatía por la gracilidad y la entrega física. Alucine ante la pluralidad de estímulos y asociaciones que despliegan las acciones escénicas danzadas, hasta los límites de la saturación.

Jaguar es una pieza creada en 2015, en coproducción con importantes teatros y festivales europeos, que ganó el  Premio a la Mejor Coreografía en 2017 de la SPA (Sociedad Portuguesa de Autores). La Bienal de Venecia le acaba de conceder el León de Plata resaltando su “presencia electrizante” y “el poder dionisíaco” de sus creaciones.