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Sáb, Dic

Recientemente he asistido (como espectador privilegiado e incluso con derecho a intervención, un derecho al cual renuncié) a una fervorosa discusión sobre el teatro amateur y su gestión.

Responsables teatrales y gestores culturales se encontraron con una dura crítica de un periodista que estaba en desacuerdo con su modelo de gestión. Así lo expresó abiertamente en su cuenta de Twitter. Quizás con voluntad de herir sensibilidades, quizás ignorando el poder del cuchillo digital. Acto seguido, algunos comentarios de terceras personas intentaron suavizar sus críticas, pero el periodista, crítico de profesión (y por lo visto también de nacimiento) no se amedrentó.

Justo lo contrario.

La limitación de los 140 caracteres no supuso un obstáculo para la discusión: los enfretamientos con saña tienden a ser monosilábicos. Y este no fue la excepción.

Con la incorporación de uno de los directores criticados en la discusión, las terceras voces poco a poco desaparecieron dejando paso a una lucha de tú a tú, de director de teatro a crítico de teatro. Una lucha sangrienta, a muerte. Una lucha fraternal entre gente que deberían trabajar conjuntamente.

Y, mientras tanto, mientras ellos se peleaban más por orgullo que por razones artísticas, otro teatro pequeño se iba cerrando por falta de liquidez.

Quizás deberíamos plantearnos qué discusiones realmente deberíamos tener.

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