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Dom, Sep

Foro fugaz | Enrique Atonal

Toro y hombre, hombre y toro, la relación es ancestral, milenaria, implica el dominio de la inteligencia ante la fuerza, el terror ante la indomable furia y el goce del engaño y la dominación, la sangre de la cornada, el abismo de la muerte de aquellos que se juegan la vida en pos de una quimera de gloria. 

 

Hay una cultura del astado, mitos y civilizaciones en torno a la relación bravía, miedos ancestrales concentrados en un encuentro. Lo volví a descubrir en las ruinas de Cnosos en Creta. En un fresco que data de hace tres mil seiscientos años se ve a un grupo de jóvenes desafiando a un astado mítico. Ahí fue la sede del terrible Minotauro que sintetiza la alianza entre el toro bravo y el hombre.   

De la Fiesta Brava sé poco o nada. No soy aficionado, ni tengo en mente los carteles de la temporada, ni me intereso en los corrillos de esa sociedad. Sin embargo me parece insólita la campaña que se ha suscitado desde hace tiempo en contra de la corrida y que poco a poco permea los espíritus.  

Creo que actualmente es de buen tono condenar a la Fiesta Brava en nombre del sufrimiento animal. Y aquellos que la acusan tienen algo de razón, nada hay más deplorable y desastroso que un torero que no le tiene respeto al astado que tiene que lidiar y lo maltrata. Pero normalmente este tipo de matador tiene su castigo en la propia plaza con rechiflas de antología y difícilmente vuelve a ser contratado. Se le va vivo el toro, la peor humillación para un torero. Porque el verdadero torero tiene un respeto reverencial por el toro. Su majestad El Toro, lo sabe cualquiera que haya asistido a una corrida; para él es una imagen en luz y sombra, de muerte o gloria, de ridículo o entereza. 

Pues esa fuerza brutal, ancestral, la naturaleza en toda su furia, va a aparecer por la puerta de toriles: pocos momentos de emoción más fuerte que la salida de más de quinientos kilos de energía a una arena dispuesta para la lidia. El astado irrumpe con la grandeza de sus músculos y su cornamenta como una potencia ciega a la que hay que domeñar.

En la arena taurina se concentra un drama cósmico. Unos lo ven como un combate, otros como un acto de circo, otros como una atrocidad contra un pobre animal que sólo tiene la defensa de sus dos cuernos afilados en la cabeza y su fuerza brutal. Yo lo veo como un sacrificio en donde la víctima inmolada puede ser el verdugo y eso cambia todo. El miedo y el arrojo en una tarde de luz, un signo de la civilización mediterránea.

El francés Loren, artista plástico de la corrida, quiso ser torero. Entró a la escuela de tauromaquia de Madrid. Abandonó y se convirtió en pintor. Le pregunté un día: ‘¿Por qué dejó la corrida?’ ‘Por miedo, miedo terrible’, me respondió, ‘plantarte frente al astado es algo sobrecogedor’. Quien no ha tenido frente a sí ese portento de la naturaleza, no sabe lo que es el miedo. Hay que tener cojones y una especie de desapego a la vida para afrontar tal desafío, como lo hacen El Juli, o Sebastien Castella y otros.  

Por cierto que Sebastien Castella tuvo la hombría de denunciar la persecución que sufren los toreros y los aficionados en una carta abierta publicada en 2015 de la que destaco los siguientes fragmentos… 

…aquellos que estamos en el mundo del toro, como profesionales o como aficionados, somos ciudadanos de segunda, a quienes se nos cercena nuestra libertad de expresión y creación artística en nombre de una presunta corriente animalista que no encierra más que una persecución política e ideológica. 

(…) …primero cercenarán nuestra libertad, y después seguirán muchas otras. Por eso desde estas líneas quiero hacer un llamamiento no solo a los aficionados a los toros o a los que alguna vez han pisado una plaza, sino a todos aquellos que quieren un país libre, libre de verdad: vamos a juntarnos, a darnos la mano; vamos a alzar la voz y a decir con orgullo que queremos ejercer nuestra libertad para ir a los toros sin que nos acorralen en las puertas de las plazas; para decir que nos gustan los toros sin que nos llamen asesinos. Porque hoy son los cosos taurinos, pero mañana será cualquier otra manifestación artística que no les caiga en gracia. El pensamiento único es así.

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La corrida es un ritual sangriento que sirve de catarsis; no lo promociono  ni lo pondero; y si deja de existir mañana, no voy a lamentarlo; pero prohibirlo en nombre de los buenos sentimientos de un grupo de nuevos inquisidores me parece una pésima señal. A quien no le gusten los toros, ¡que no vaya a la plaza y se deje de joder al próximo! Mientras viva la Fiesta Brava, dejen en paz a los aficionados, como un eco de libertad individual. Entiendo que haya quien deteste la corrida, lo que me causa desazón es que intenten prohibirla.

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Pasarán por una arena convertida en centro comercial, y sentirán satisfacción, porque es el reflejo de nuestra época, convertir un espacio ritual en un altar del comercio; así es nuestra edad, los rituales de domingo han sido convertidos en un paseo al hipermercado para participar en el ritual del consumo, aunque sea como mirones. Los nuevos inquisidores pasarán por las arenas convertidas en centros comerciales y creerán que son mejores, que hicieron un bien a una sociedad confeccionada a la medida de sus limitaciones. Sociedad hipócrita y sin vigor, sin leche ni miel, sociedad sin el alivio de la catarsis. Sociedad de plástico, de basura en los océanos, de sensaciones restringidas y formateadas, sociedad de sectas del web que buscan imponer su verdad, sociedades esclavas de las pantallitas luminosas… Una verdad ligada al marketing y al comercio, certeza de plástico. 

Enrique Atonal, París, septiembre 2019