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Lun, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Ando de mini-mudanza casera y he pasado un fin de semana traumático. Después de la experiencia vital vivida en Holstebro con los cincuenta años del Odin, cualquier vestigio de guardar antecedentes de la biografía artística de uno se emparenta con los primeros síntomas del síndrome de Diógenes. Es difícil tirar tantas cosas. Pero es necesario. Especialmente porque se ha decidido de manera suicida no tener memoria del pasado teatral. Al menos en el País Vasco, donde resido fiscal y teatralmente desde hace tres décadas. No hay rastros de casi nada. Y lo que queda está en manos de particulares, desperdigado. Me resisto a tirar todo, pero no cabe más nostalgia en las baldas de mi modesto apartamento y no quiero abusar de las amistades.

Abro paréntesis. Este arranque me ha llevado a una profunda depresión. De manera sistemática jóvenes estudiantes e investigadores se dirigen a ARTEZ, y a mí, por ser el de más quinquenios, pidiendo ayuda para recabar información sobre tramos históricos del teatro vasco. No existen referencias, no hay ningún lugar a dónde acudir a buscar archivos, documentos. Es una situación gravísima. El propio Centro de Documentación Teatral del INAEM, es decir del Ministerio de Cultura de España, tiene limitadas sus posibilidades de acción. Ha hecho y sigue haciendo una gran labor, pero no tiene ni el presupuesto ni el personal necesario para absorber y recuperar tantos años de atraso. En las periferias, en las autonomías, a excepción de Catalunya que tiene uno propio, Andalucía, que también, ambos restringidos en sus posibilidades, en el resto no hay. Sencillamente no existen. Existió en Galicia uno con buenas perspectivas, y se cerró. Aquí hay un agujero negro que traerá consecuencias en el futuro. Cierro paréntesis.

Lo que me tiene preocupado de verdad es la descomposición que no para de la SGAE. Uno es socio comparsa desde hace muchos años. Antes lo era por obligación, no había otra posibilidad, y ahora, por defecto. Es más, estoy absolutamente convencido de que es necesaria una buena sociedad de gestión de derechos. Lo que ha sucedido es que el crecimiento de la propia SGAE ha creado un monstruo, o dicho de otro modo, una fuente torrencial de ingresos muy apetecible para muchos individuos que pertenecen a esta sociedad pero no lo hacen desde la supuesta vocación artística, sino desde la gestión pura y dura, desde la edición, y ahí se crean disfunciones internas, disparidad de criterios y como el régimen interno de valoración, y de ponderación de voto es por recaudación, o sea, el que más ingresa, más votos tiene, no se puede pensar en una posibilidad democrática de establecer unos campos de intervención consensuados y que sean estrictamente defensores del autor.

En los momentos de la Gran Crisis, cuando la imagen de esta sociedad estaba por los suelos, justo antes de descubrirse el pastel de la gestión y las supuestas irregularidades, ya decíamos aquí y en muchos otros foros, que creíamos se debía volver a los orígenes, a separar el grano de la paja, y que una sociedad de gestión de los derechos de autor de dramaturgos, coreógrafos y compositores, es decir, la madre del cordero, aunque tuviera que reducir muchísimo el volumen de su administración y de su presencia era lo único viable. Coincidimos con otras propuestas surgidas después de la bochornosa última asamblea general, como lo expresado por Guillermo Heras en este sentido. Hoy parece lo único sensato. Y se debe hacer desde dentro de la propia SGAE, o si no surgirá desde fuera. O lo que es peor, hay autores dramáticos que defienden sus derechos con sociedades de gestión europeas, fuera de la SGAE, y funciona con mayor rigor y transparencia, asunto muy a tener en cuenta. Un camino mucho más limpio, sin tantos salvadores de la entidad que acaban convertidos en el más grande problema de la misma.

El mal rollo no cesa, se ha creado la Academia como manera de entretener y colocar a los de siempre. Una manera de hacerse notar los mismos. Hay personajes algo turbios que aparecen y desaparecen por los cargos y levantan todas las sospechas. O los autores dramáticos toman las riendas de su destino de manera autónoma, o el futuro va a ser cada vez más oscuro. Si encima no salen los números y las cuentas parecen rosarios, esto está a un paso de la explosión. Y ahora mismo no sé a quién le interesa esta demolición. Ni siquiera si está controlada la misma.

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