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Lun, Jun

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

¡En qué parte del cuerpo perciben la felicidad? ¿Y la tristeza? ¿Y el miedo? ¿Qué zona del cuerpo dirían que se les calienta cuando sienten rabia? ¿Y asco? ¿Y sorpresa? ¿Se atreverían a señalar en qué lugar de la anatomía humana se sitúa la vergüenza? ¿La depresión? ¿O el amor?

Escribo con la moderada seguridad de que todos ustedes, estén donde estén, hayan nacido en París, Cabo Verde o Bombay, responderán de forma similar a estas preguntas. Eso es al menos lo que se deduce de un estudio científico, recién salidito del horno, que por primera traza el mapa corporal de las emociones humanas. Los investigadores analizaron las repuestas de setecientas personas que iban señalando aquellas zonas del cuerpo cuya actividad (o temperatura) crecía o disminuía a medida que iban sintiendo una emoción u otra. Aglutinando todas las respuestas, han llegado ha elaborar un mapa anatómico de cada emoción, donde las zonas más activas, aquellas que se calientan, figuran de color naranja y amarillo, mientras que las zonas menos activas, aquellas que se enfrían, se pintan de color azulado. Así, por ejemplo, resulta evidente que la alegría tiñe de calor todo el cuerpo, particularmente el pecho y la cara, mientras que la depresión se caracteriza por una sensación general de frialdad, especialmente en los brazos y las piernas. La vergüenza, por su parte, se hace notar fundamentalmente en las mejillas, el orgullo en el pecho y el amor, en el pecho, el rostro y el sexo.

Imagino que no estarán sorprendidos. Seguramente reconocen en su cuerpo cada uno de estos ejemplos. Es más, quizá este estudio sobre las emociones ya no les emocione lo más mínimo. No les culpo. Y es que sucede muchas veces que la intuición va por delante de los descubrimientos científicos, pues ciertamente la ciencia con frecuencia sólo es capaz de reafirmar aquello que durante largo tiempo se ha conocido intuitivamente. La cuestión de las emociones, tan esquiva a ser atrapada y analizada por los métodos herméticos de la ciencia, y sin embargo tan palpable en el transcurrir del día a día, encaja perfectamente con esta paradoja.

A este respecto, durante largos años la ciencia, enrocada en su culto a lo racional, ha sido incapaz de desarrollar maneras mensurables de medir aquello que no sigue una evidente regla de causa y efecto, como es el caso de las emociones. Síntoma evidente de esta incapacidad es el hecho de que no fuese hasta la década de los 70 que la comunidad científica aceptase el carácter universal de las emociones.  Hasta entonces se pensaba que las emociones tenían un sustrato cultural y que se expresaban de una manera u otra en función de la cultura en la que se está inmerso. A partir de los estudios del psicólogo Paul Ekman llevados a cabo en dicha década, el mundo occidental asumió que ciertas emociones básicas se expresan y se perciben de igual manera en cualquier parte del mundo. Dicho descubrimiento, sin embargo, como ya hemos comentado en alguna ocasión y para cura de humildad de la ciencia, aparecía ya en el Natyasastra, el tratado hindú de artes preformativas escrito hace un par de milenios.

Son precisamente las emociones básicas universales (aquellas que describió Ekman y que sonaron como el descubrimiento un nuevo mundo) junto con otras emociones llamadas complejas, las que se analizan en el estudio que mencionaba al principio. En él se concluye no sólo que cada emoción tiende a activar unas zonas corporales concretas, sino que esta activación es probablemente universal, puesto que las personas que formaron parte del estudio eran europeas y asiáticas, y todas ellas percibían las sensaciones corporales de las emociones de forma similar.

En su conjunto, el estudio evidencia y matiza la insoslayable conexión entre las emociones y el cuerpo, y sirve para rechazar la idea antaño tan expandida que reducía la emoción al terreno meramente psicológico o mental. La emoción, en su recorrido orgánico, está soldada al cuerpo, que la contiene y expresa desde que se origina. Nuevamente, esto puede sonar  innovador en algunos ámbitos científicos, pero es viejo conocido en teatro, siendo quizá el Método de las Acciones Físicas de Stanislavski prueba más reconocida de ello.

Pero ni siquiera podemos atribuir este descubrimiento a Stanislavski u otros maestros de la escena anteriores, pues el vínculo entre emoción y cuerpo parece ser tan vieja como su propia palabra. Si buscamos en la historia de las palabras, nos daremos cuenta que "emoción" viene del latín "emotĭo", que significa "movimiento o impulso", "aquello que te mueve hacia algo". La emoción es por tanto aquello que motiva el movimiento, que acciona el cuerpo. Dicho movimiento o acción que impulsa toda emoción puede ser evidente o subyacer de forma sutil. Tal y como se desprende de este nuevo mapa corporal de las emociones, incluso en el cuerpo aparentemente estático, la emoción moviliza la materia orgánica interior, siendo este movimiento perceptible para quien experimenta la emoción en forma de cambios de temperatura.

En el estudio hay otra conclusión que puede despertar la sonrisa de quienes se dedican al teatro, pues los investigadores sugieren que el hecho de conocer este mapa corporal puede resultar clave a la hora de generar conscientemente las emociones. Y es que resulta que esta rompedora sugerencia, expuesta con la pudorosa cautela del científico, ha sido práctica habitual de actores y actrices desde que el teatro es teatro y, Michael Chéjov, sin ir más lejos, desarrolló una estrategia técnica llamada “centro imaginario”, que precisamente invita a elaborar el mundo interior (emocional) del personaje partiendo del movimiento de zonas concretas del cuerpo.

Ironías al margen, el estudio es reflejo del interés creciente que suscita el estudio de las emociones, pues cada vez se percibe con mayor claridad su importancia en materia de educación, marketing o salud. De ahí que, después de dar la espalda durante muchos años a los aspectos emocionales, el mundo de la ciencia se vuelve hacia ellos con el objetivo de descubrir  nuevos horizontes.  Y es ahí donde se encuentran que disciplinas tan antiguas como el teatro conocen esos terrenos, tan innovadores para ellos, desde hace lustros. No les extrañe pues que a todos estos científicos de buen corazón les miremos como el indígena que mira a ese despistado hombre blanco, cargado con múltiples aparatos, que viene a descubrir las bondades de esa selva virgen que su tribu ha habitado desde tiempos inmemorables.

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Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
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