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Dom, Jun

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

No cabe ni la menor duda de que estanos viviendo la era del fitness, una verdadera locura, así como muchas otras locuras varias impuestas de vez en cuando por el sacrosanto consumismo. Constantemente se nos machaca a través de todos los medios de comunicación hasta meternos en la cabeza por la fuerza de la repetición, la idea que el deporte y la buena alimentación son la única fórmula mágica para tener una vida plena.

Tenemos que cuidarnos de las grasas y del colesterol, tanto del bueno como del malo, de no beber alcohol, que mucha azúcar nos podría provocar diabetes y demasiada sal, hipertensión, …, que fumar es nefasto, que esto y que lo otro.

En su reemplazo, el mercado nos vende máquinas para ejercitarnos, bebidas isotónicas, suplementos alimenticios, múltiples productos que deberían venir con, pero terminan sin.

Ya consumimos mucho de lo que, al menos para mí, es una contradicción en los términos; bebemos cerveza sin alcohol, comemos chocolate sin azúcar, tomamos café sin cafeína, te sin teína, sal sin sodio, leche sin lactosa, vida sin amor.

Por más que nos intenten convencer, una cerveza sin alcohol nunca será una cerveza. Por otro lado, una hamburguesa de lentejas, no es otra cosa sino una tortilla de lentejas y una pareja compartiendo un mismo lecho, no necesariamente se ama.

Años atrás, cuando mi país vivió un complejo periodo de su historia en que la escasez de alimentos era una realidad del día a día, tuvimos que consumir lo que hasta ese minuto era comida para pobres; alimentos sin mayor refinación: azúcar obscura, arroz con cascara, café de guisantes, …, incluso comimos pasta de krill.

En esa época eran lo peor de lo peor pero hoy son etiquetados como alimentos integrales y por el solo hecho de serlo, tienen mayor precio en las góndolas del supermercado, a pesar de haber tenido menor proceso de elaboración antes de salir a la venta.

Los alimentos integrales son buenos para la digestión por su alto contenido de fibra, aunque en esa época, no teníamos mucho para digerir, pero su menor elaboración debería traducirse en un menor precio y eso no sucede.

Después de superar la barrera prácticamente infranqueable del bombardeo mediático, he llegado a una conclusión simple y categórica; no me interesa ser el muerto más sano del cementerio.

Sin caer en excesos, prefiero vivir la vida, compartir con familiares y amigos una buena cena, un mejor vino y una conversación de primera sin preocuparme de sacarle la grasa a la carne, ni el grado alcohólico de los líquidos espirituosos.

Y si de drogas se trata, prefiero el desequilibrio físico químico provocado por el amor antes de meterle a mi organismo substancias sintéticas con mayor posibilidad de destruir neuronas que un amor pasional inspirándome a la creación.

Por las calles caminan zombis con relojes capaces de registrar la cantidad de calorías consumidas versus las quemadas, caminan derecho a ser los muertos más sanos del cementerio.

Espero no morir en el intento, pero la vida se vive mejor sin privarse de los grandes placeres para los cuales no es necesario sudar ni restringirse.

Termino estas erráticas disquisiciones porque me dio hambre y sed…

¡Salud!

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