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Dom, Ago

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Se me junta en el caldero una ensalada de imágenes que me angustia y no sé por qué. Julio Iglesias da un concierto para la élite de Guinea Ecuatorial delante del dictador del país. Vargas Llosa se asoma a un periódico de aparente izquierda y escribe un artículo elogiando a Esperanza Aguirre. Clint Eastwood se pone de nuevo enfrente de una cámara para impulsar la campaña de los republicanos en Estados Unidos. Por efecto rebote veo a Charlton Heston con el rifle alzado proclamando su derecho a defenderse matando. De pistola a pistola y tiro porque me toca. Recuerdo entonces a Marta Sánchez cantado a las tropas españolas en la Guerra del Golfo Pérsico, intentando remedar lo que hiciera Marilyn, pero aportando a la causa un genuino estilo, chabacano y cañí.

Para situar la cuestión en sus circunstancias recurro a un pensamiento antiguo que nunca pasa de moda. Toda expresión artística es una estética, que a su vez comporta una ética, es decir, una particular visión del mundo. El paradigma es insalvable: hacer arte conlleva un compromiso sociopolítico, aunque no se quiera. De hecho, no querer tomar posicionamiento sociopolítico alguno en las circunstancias actuales puede ser uno de los actos más radicales, al menos en cuanto a sus consecuencias, pues es la contribución más eficaz para que el atropello que estamos sufriendo en derechos y libertades no tenga marcha atrás. Dicho lo cual, no debiera extrañarnos que artistas de diferente índole hagan uso de su arte y su libre expresión para, de forma más o menos sutil y con el talento que les tocó en la partida de dados, apoyar ideas de una tendencia política u otra. Reviso entonces la secuencia de imágenes con la que abría la columna; pero la angustia permanece ahí. Y sigo sin saber por qué.

Buceo hacia otros lugares. En el año 120 un tal Diógenes de Oinoanda construyó un gran muro en su ciudad donde quedaron inscritos en rojo los pensamientos sobre la felicidad del filósofo griego Epicuro. No por casualidad, Diógenes mandó construir el muro al lado del gran mercado, donde los ciudadanos compraban compulsivamente, de tal forma que mientras saciaban su apetito consumista, se veían obligados a leer frases que les recordaban que la abundancia de bienes no asegura la dicha. El muro era pues una contra-publicidad, un acto de contestación a la tendencia generalizada de la época –en esto no hemos avanzado mucho– de encubrir con riqueza material las penurias de la existencia.

Es fácil asociar el acto creativo con el muro de Epicuro, una construcción en la periferia que yendo contra la inercia mayoritaria, es capaz de generar dudas, pensamiento diverso, placer diverso, compromiso diverso, desviaciones de las creencias mejor arraigadas de la sociedad. Sucede, sin embargo, que cada cual sitúa el centro y la periferia en diferente lugar, y lo que para unos es rebeldía y contestación, para otros es sumisión y seguidismo, o vicerversa.

Llegados a este punto, hago el ejercicio de buscar al azar una secuencia de imágenes que soplen en dirección opuesta. Ahí aparece Marlon Brando rechazando el Oscar por "El padrino" y enviando en su lugar a una actriz de origen indio leyendo un comunicado donde defiende los derechos de los pueblos nativos americanos. Aparece también un "Esperando a Godot" dirigido por Susan Sontag en Sarajevo en medio de la Guerra de Yugoslavia. Y Julio Medem detrás de la cámara rodando "La pelota vasca" en una época en la que parecía imposible vislumbrar la actual. Y cómo no, se me asoman las Pussy Riot en una Catedral de Moscú pidiendo a la Virgen María echar a Putin.

Pienso en esta nueva secuencia de imágenes y ahora sí, ahora mi angustia ha desaparecido. Qué raro. No entiendo por qué.