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Vie, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Cuando las aguas bajan turbias, el miedo se nos sube a la chepa. La economía cae y arrastra consigo al resto de las piezas del dominó y, entre ellas cómo no, también la pieza de la cultura. Ante tanta precariedad y peores augurios, por pura supervivencia, el miedo hace que afilemos el instinto de conservar nuestras pertenencias. Necesitamos proteger lo poco o mucho que tenemos a cualquier precio. Son periodos donde la generosidad se olvida y lo material se abraza con más fuerza y recelo. El miedo, en su inercia, nos pone en un estado de conservadurismo.

Quienes se dedican al arte, sin embargo, saben que en este tipo de circunstancias, cuando todos los vientos soplan en contra, hay que desterrar toda actitud conservadora. Al fin y al cabo, si se mira hacia atrás en el tiempo, ninguno de los que se hicieron con un hueco en la historia del arte se caracterizaron por una mentalidad apocada y cautelosa. En todos ellos, amén de la diversidad de talentos, subyace siempre una rebeldía, una disconformidad extrema, un afán por llevar las ideas al límite, arriesgando todo en lo artístico y en lo personal. En ellos no se percibe el miedo a las consecuencias que acarrearán sus actos. Vivieron en la desvergüenza, en el descaro, en una valentía bien entendida. El arte si se juega en serio, se hace al lado de un abismo.

Por eso, precisamente ahora, frente a todas estas turbulencias que nos envuelven, es cuando mejor hay que resistir ese instinto tan natural como dañino que nos vuelve proteccionistas. Es el momento de proponer, de exponerse, de llegar a los extremos, de bailar en la cuerda floja de las ideas y los prejuicios. Todo aquello que no venga impulsado por esa osadía que a veces se confunde con cierta tendencia suicida, en mi opinión, es un territorio intermedio que, aunque puede ser un gran pasatiempo, no llega a ser arte. Es hora, por tanto, de fomentar una actitud emprendedora y fogosa, que infunda vértigo, que haga tambalear aquello que damos por seguro en estos tiempos inseguros. Una actitud que en teatro deberíamos aplicar a todos sus estratos, no sólo al artístico, sino también al ámbito de la producción, de la distribución, incluso al de los espectadores. Quedémonos un último instante mirando el papel del actor en esta disquisición.

Desde hace años llevo haciéndome la misma pregunta: ¿Cuál es la condición indispensable de un actor? Según la época, la respuesta ha ido variando. Al principio me decía que la técnica, después que la disciplina, unas veces la sensibilidad, y otras la capacidad emotiva. De un tiempo a esta parte, sin embargo, mi respuesta permanece inalterable. Si alguien me hace la pregunta, le respondo que lo que más valoro en un actor es “el no miedo”. Me refiero a una predisposición donde se ha perdido el miedo al error, a no ser bueno, a no seguir una determinada técnica o a no ser creativo. Se tenga la experiencia que se tenga, sólo a través de esta predisposición desatada, inocente pero profunda, puede el actor introducirse en el abismo del verdadero aprendizaje y guardar intacta la facultad de reinventar el teatro y de reinventarse a sí mismo en el teatro. Son actores que se arriesgan a perder para ganarlo todo. El mejor teatro ha sido y será de ellos.