Sidebar

21
Dom, Jul

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Después de años siendo espectador, creo que ya no podría contar el número de espectáculos que han pasado por mis ojos. El disco duro tiene capacidad limitada y muchos de los espectáculos a los que he asistido han sido borrados de la memoria. Lo analizo ahora con un poco de reposo y las razones por las cuales unas creaciones aguantan la erosión del tiempo y otras no, parecen difíciles de explicar. En dicha selección se mezclan, en dosis desconocidas, criterios más bien objetivos (lo bueno que resulta el texto, la estética de la puesta en escena, lo atractivo de las interpretaciones...) y otros criterios decididamente subjetivos (lo cercano del tema tratado en función de nuestra historia personal, nuestra tendencia a favor de unos determinados estilos teatrales, nuestras filias o fobias hacia determinados intérpretes...). Como consecuencia, aquellos espectáculos que, por razones ajenas o personales, tocan con la suficiente contundencia nuestra fibra artística se ganan el derecho a habitar en nuestro particular baúl de los recuerdos. Pero, además, porque en arte dos más uno a veces no dan tres, a esta selección que hace la memoria, tan caprichosa ella, se le añaden otros tantos criterios aleatorios que nadie podría explicar razonablemente. Así, sin saber muy bien por qué, uno se acuerda de eventos más bien mediocres e incluso de algunos que, en ausencia de retórica, calificaría simplemente de malos. Cómo serán las cosas que, a día de hoy, uno de los espectáculos que mejor recuerdo es también uno de los peores, tal vez el peor espectáculo que pueda presenciar nunca. A él va dedicado, con gratitud, la presente columna.

Sucedió en abril de 2005, en Wrocław, Polonia. Estaba allí con motivo de una muestra de compañías de Europa del Este que tomó el epígrafe provisional “Eastern Line Festival”. Pocos días antes había muerto el Papa Juan Pablo II, por lo que el luto aún se dejaba notar en el ambiente. Bastantes comercios cerrados, infinidad de fotografías, cirios y velas poblando las calles en memoria del difunto, y una tristeza que teñía el aire. El festival arrancó, pues, en la atmósfera menos festiva posible. Con todo, el programa aparentaba normalidad. Durante dos días, múltiples compañías de Polonia y alrededores ofrecieron sus últimas creaciones en sesiones intensísimas de mañana y de tarde. La agenda, para un espectador militante como yo que no se permitía faltar a nada, no dejaba respiro.

Era la tarde del segundo día del festival cuando llegó el momento. Media hora antes habíamos salido de una obra que tuvo lugar en la otra punta de la ciudad, por lo que arribamos al teatro con ese andar ligero que intenta disimular la prisa y con el tiempo justo para recoger el programa de mano, leer el título de la obra y el nombre de la compañía, y sentarnos. Con la respiración aún sin calmar comenzó el espectáculo. Y es ahora cuando tengo que hacer el esfuerzo de describir lo indescriptible. Aquello era una especie de desfile de escenas textuales, corporales, cantadas y bailadas totalmente desconectadas. Ni aún poniendo la imaginación en el límite de sus revoluciones era posible asociar una acción con otra. Ahora bien, lo verdaderamente terrible era la ejecución. Quien hablaba lo hacía sin la mínima convicción, sólo bailaba quien parecía el menos dotado y cuando cantaban, no es que cantasen mal, es que producían dentera. La combinación de los colores en los vestuarios y en la iluminación era abominable. Rojo chillón, verde chillón, rosa chillón, amarillo chillón... La vista se quedaba sorda. Cada escena empeoraba la anterior y, por si fuera poco, aquello se alargaba de tal manera que parecía que el tiempo se estaba deteniendo. La propuesta era un sin sentido, un desvarío, algo atroz. No tardó mucho en salir el primer espectador, y a partir de entonces el resto de los espectadores fueron desfilando.

Como espectador viví una contradicción enorme, ya que en secreto me había prometido que nunca iba a abandonar un teatro en medio de una función. Esgrimía para mis adentros que cualquier obra, por muy dudosa calidad que tenga, esconde siempre un aprendizaje que llevarse, siquiera para saber lo que no hay que hacer nunca. Y yo no pude soportarlo. Al de hora y media, con uno de mis ideales derrumbado y todos los sentidos aturdidos, salí de la sala. En el vestíbulo nos fuimos juntando, como bolos caídos, los espectadores desertores. Estábamos sin palabras pero compartíamos una misma expresión descompuesta, a medio camino entre la sorpresa, el pavor y la derrota, que evidenciaba que jamás habíamos visto tal cúmulo de espanto encima de un escenario.

Al día siguiente lo sucedido en aquel teatro era la comidilla del festival, aunque fueron muy pocos los que se habían tragado el espectáculo entero. En los corrillos que se formaban se podía ver a los actores de la compañía dando explicaciones. La noticia pronto se expandió. Resulta que no estaban especialmente contentos con la respuesta del público, pero no porque la mayoría de los espectadores se habían ido... ¡Sino porque no consiguieron desalojar completamente la sala! El objetivo de aquel espectáculo era precisamente el contrario al comúnmente aceptado: hacer que todos los espectadores huyesen horrorizados por lo que percibían, pero, eso sí, sin ser agredidos ni insultados. Y esta vez su felicidad no era completa, porque una decena de espectadores habían aguantado estoicamente el envite. Es decir: lo que parecía un despropósito era, en realidad, una propuesta concienzuda. Allí donde sólo se percibía aberración y mal gusto, había un método, un rigor, un estudio. Se habían esforzado en destilar las peores ideas y las habían combinado cuidadosamente de la peor forma posible. El resultado: inolvidable.

Es curioso que después de los años, este espectáculo aún esté dando vueltas en mi cabeza y que haya olvidado otros claramente más comedidos y correctos. Pero aún más curioso es que cuando me acuerdo de él, lejos de todo reproche, siento cierta admiración. Entre tanta cochambre, algún misterioso secreto tendría guardado.

 

 

 

Nuevo número de la revista ARTEZ


Visita nuestra librería online

Todos los libros de la editorial artezblai

NOVEDADES EDITORIALES

Los cinco continentes del Teratro

Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
Precio : Próximamente

Puntos de vista

Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
Precio : Próximamente

Poética del drama moderno

El objeto de esta obra es el de definir el nuevo paradigma de la forma dramática que aparece hacia 1880 y que continúa hasta hoy en las dramaturgias contemporáneas. Se tiende así un puente entre las primeras obras de la modernidad en el teatro como las de Ibsen, Strindberg o Chejov, y las más recientes, ya se trate de las obras de Heiner Müller, Bernard-Marie Koltès o Jon Fosse. Jean-Pierre Sarrazac desvela la dimensión rapsódica del drama moderna: una forma abierta, profundamente heterogénea, en la que los modos dramático, épico y lírico, e incluso argumentativo (el diálogo filosófico que contamina al diálogo dramático), no dejan de ensamblarse o de solaparse. Lejos de compartir las ideas de “decadencia” (Luckàcs), de obsolescencia (Lehmann) o de la muerte del drama (Adorno), Poética del drama moderno dibuja contornos, siempre en movimiento, de una forma la más libre posible, pero que no es la ausencia de forma.
Precio : Próximamente

La zanja

¿En qué momento compartimos el viaje que nos hizo ser tan iguales? ¿Cómo reprocharnos y atraernos tanto? La respuesta está en el tiempo pasado, en nuestros ancestros, en el recuerdo común que permaneció oculto. Porque en definitiva, hemos heredado las acciones de unos hombres sobre otros y las influencias sobre el colectivo. La Zanja refleja el encuentro entre dos mundos, ese ciclo infinito que se repetirá una y otra vez. Es un trabajo exhaustivo de creación, surgido de la documentación de las crónicas de la época y nuestros viajes al Perú actual.
Precio : 10€

Pasarela Senegal

En enero de 2007 el diseñador Antonio Miró presentó en la Pasarela de Barcelona un desfile no exento de polémica con ocho inmigrantes sin papeles y una escenografía con una patera y cajas. De tal acontecimiento le surge la idea de la obra a López Llera, quien, a raíz del suceso siente la necesidad de reflexionar sobre el papel del artista en la sociedad del espectáculo2, sobre la validez y efectividad de las denuncias sociales a través del arte y sobre el sentido de su propia escritura. La pieza constituye una magnífica denuncia dramática de la banalización de la cultura y del espectáculo.
Precio : 10€

Hacia una poética del arte como vehículo de Jerzy Grotowski

La reinvención de Pere Sais ondea en el título de la obra: Hacia una poética del arte como vehículo. Grotowski, como se sabe, imaginaba que la “cadena” de las performing arts podía mantenerse tensa entre dos extremos: el arte como presentación por una parte y el arte como vehículo en el extremo opuesto. Al hablar de poética del arte como vehículo se realiza un salto epistemológico.
Precio : 24€