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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Después de años siendo espectador, creo que ya no podría contar el número de espectáculos que han pasado por mis ojos. El disco duro tiene capacidad limitada y muchos de los espectáculos a los que he asistido han sido borrados de la memoria. Lo analizo ahora con un poco de reposo y las razones por las cuales unas creaciones aguantan la erosión del tiempo y otras no, parecen difíciles de explicar. En dicha selección se mezclan, en dosis desconocidas, criterios más bien objetivos (lo bueno que resulta el texto, la estética de la puesta en escena, lo atractivo de las interpretaciones...) y otros criterios decididamente subjetivos (lo cercano del tema tratado en función de nuestra historia personal, nuestra tendencia a favor de unos determinados estilos teatrales, nuestras filias o fobias hacia determinados intérpretes...). Como consecuencia, aquellos espectáculos que, por razones ajenas o personales, tocan con la suficiente contundencia nuestra fibra artística se ganan el derecho a habitar en nuestro particular baúl de los recuerdos. Pero, además, porque en arte dos más uno a veces no dan tres, a esta selección que hace la memoria, tan caprichosa ella, se le añaden otros tantos criterios aleatorios que nadie podría explicar razonablemente. Así, sin saber muy bien por qué, uno se acuerda de eventos más bien mediocres e incluso de algunos que, en ausencia de retórica, calificaría simplemente de malos. Cómo serán las cosas que, a día de hoy, uno de los espectáculos que mejor recuerdo es también uno de los peores, tal vez el peor espectáculo que pueda presenciar nunca. A él va dedicado, con gratitud, la presente columna.

Sucedió en abril de 2005, en Wrocław, Polonia. Estaba allí con motivo de una muestra de compañías de Europa del Este que tomó el epígrafe provisional “Eastern Line Festival”. Pocos días antes había muerto el Papa Juan Pablo II, por lo que el luto aún se dejaba notar en el ambiente. Bastantes comercios cerrados, infinidad de fotografías, cirios y velas poblando las calles en memoria del difunto, y una tristeza que teñía el aire. El festival arrancó, pues, en la atmósfera menos festiva posible. Con todo, el programa aparentaba normalidad. Durante dos días, múltiples compañías de Polonia y alrededores ofrecieron sus últimas creaciones en sesiones intensísimas de mañana y de tarde. La agenda, para un espectador militante como yo que no se permitía faltar a nada, no dejaba respiro.

Era la tarde del segundo día del festival cuando llegó el momento. Media hora antes habíamos salido de una obra que tuvo lugar en la otra punta de la ciudad, por lo que arribamos al teatro con ese andar ligero que intenta disimular la prisa y con el tiempo justo para recoger el programa de mano, leer el título de la obra y el nombre de la compañía, y sentarnos. Con la respiración aún sin calmar comenzó el espectáculo. Y es ahora cuando tengo que hacer el esfuerzo de describir lo indescriptible. Aquello era una especie de desfile de escenas textuales, corporales, cantadas y bailadas totalmente desconectadas. Ni aún poniendo la imaginación en el límite de sus revoluciones era posible asociar una acción con otra. Ahora bien, lo verdaderamente terrible era la ejecución. Quien hablaba lo hacía sin la mínima convicción, sólo bailaba quien parecía el menos dotado y cuando cantaban, no es que cantasen mal, es que producían dentera. La combinación de los colores en los vestuarios y en la iluminación era abominable. Rojo chillón, verde chillón, rosa chillón, amarillo chillón... La vista se quedaba sorda. Cada escena empeoraba la anterior y, por si fuera poco, aquello se alargaba de tal manera que parecía que el tiempo se estaba deteniendo. La propuesta era un sin sentido, un desvarío, algo atroz. No tardó mucho en salir el primer espectador, y a partir de entonces el resto de los espectadores fueron desfilando.

Como espectador viví una contradicción enorme, ya que en secreto me había prometido que nunca iba a abandonar un teatro en medio de una función. Esgrimía para mis adentros que cualquier obra, por muy dudosa calidad que tenga, esconde siempre un aprendizaje que llevarse, siquiera para saber lo que no hay que hacer nunca. Y yo no pude soportarlo. Al de hora y media, con uno de mis ideales derrumbado y todos los sentidos aturdidos, salí de la sala. En el vestíbulo nos fuimos juntando, como bolos caídos, los espectadores desertores. Estábamos sin palabras pero compartíamos una misma expresión descompuesta, a medio camino entre la sorpresa, el pavor y la derrota, que evidenciaba que jamás habíamos visto tal cúmulo de espanto encima de un escenario.

Al día siguiente lo sucedido en aquel teatro era la comidilla del festival, aunque fueron muy pocos los que se habían tragado el espectáculo entero. En los corrillos que se formaban se podía ver a los actores de la compañía dando explicaciones. La noticia pronto se expandió. Resulta que no estaban especialmente contentos con la respuesta del público, pero no porque la mayoría de los espectadores se habían ido... ¡Sino porque no consiguieron desalojar completamente la sala! El objetivo de aquel espectáculo era precisamente el contrario al comúnmente aceptado: hacer que todos los espectadores huyesen horrorizados por lo que percibían, pero, eso sí, sin ser agredidos ni insultados. Y esta vez su felicidad no era completa, porque una decena de espectadores habían aguantado estoicamente el envite. Es decir: lo que parecía un despropósito era, en realidad, una propuesta concienzuda. Allí donde sólo se percibía aberración y mal gusto, había un método, un rigor, un estudio. Se habían esforzado en destilar las peores ideas y las habían combinado cuidadosamente de la peor forma posible. El resultado: inolvidable.

Es curioso que después de los años, este espectáculo aún esté dando vueltas en mi cabeza y que haya olvidado otros claramente más comedidos y correctos. Pero aún más curioso es que cuando me acuerdo de él, lejos de todo reproche, siento cierta admiración. Entre tanta cochambre, algún misterioso secreto tendría guardado.