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Dom, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Escribir bajo la sombra de una sospecha no es un alivio refrescante, sino que se acompaña de unos sudores que alteran la piel y se entiende que el futuro está demasiado ligado a unas circunstancias exógenas. Todos los veranos han sido calurosos, todas las programaciones veraniegas han tendido, pese a no nacer con esta intención, a crear espacios de ocio cultural, de atracción de turistas culturales, de aprovecharse de monumentos, ciudades o espíritus para fomentar una alternativa al abandono de cualquier hábito de encerrarse en una sala o teatro.

 

Casi todas las ciudades tienen su programa veraniego que debe compaginar el entretenimiento y el acto cultural de un valor intrínseco. Desde lo público se tiende a ofrecer espectáculos que puedan ser asimilados por una inmensa mayoría de la ciudadanía, pues con la llegada del calor, la propia disposición ambiental, esos jardines, muros, monumentos, lugares abiertos que propician la programación que pueda gustar a un amplio espectro, y siempre se tiende a las risas, a lo más ligero, a lo que no haga sudar a las neuronas, sino que las abanique con sus chistes fáciles, con sus situaciones graciosas, con sus resoluciones dramáticas sin complejidades.

Hay otras alternativas, hay lugares específicos donde se atiende a otros públicos, la danza se muestra en todo su esplendor, la música clásica, el pop y sus conglomeraciones, tienen sus rutas, los festivales de jazz de primera categoría se enmarcan en un circuito internacional europeo que recoge a los mejores de varias generaciones. Es un mercando amplio, generoso, que ha tenido años gloriosos, por su labor de ofrecer lo mejor y por la respuestas de los públicos que han acudido de manera masiva.

Entre suspensiones, aplazamientos, reducciones, nuevos formatos, este verano vamos a vivir con una sensación de provisionalidad que puede afectarnos en los reflejos. Se suspenden actos, programaciones, con unas horas de antelación, se ofrecen otros a medio aforo y ni así se logra llenar esas butacas ofrecidas, en otros lugares se hace con la fuerza de la voluntad por encima de cualquier otra contingencia, pero si bien hay que estar al pie de taquilla, bajo los focos, en condiciones que no siempre ayudan a la ejecución de lo ofrecido en toda su plenitud artística, lo cierto es que sigue revoloteando el qué va a pasar, porque no, así es difícil poder seguir, si no se fijan bien los protocolos, si no se abren las salas con un aforo adecuado, no cuadran los números, vamos hacia una inoperancia absoluta. Los presupuestos de este 2020, se deberán ejecutar, pero es como si estuviéramos quemando todos los recursos, sin saber exactamente para qué.

Esta situación incide en las propuestas, en los ánimos, en los procesos de ensayo, en las planificaciones de giras. Sí, se hacen contrataciones, se hacen funciones, pero se tiene una extraña sensación de que se está haciendo algo semi-clandestino, o que quizás sea la última vez que se hace. Quizás no sea así, es que en mi cabeza resuenan los miedos de otros, que solamente escucho a los que a mi alrededor hacen, intentan hacer, sufren tropezones, se levantan y mantienen su compromiso por encima de cualquier contingencia. Algunos hasta intentando hacer que el Teatro sea otra cosa. Pero los fanáticos, los más ortodoxos, sabemos que el Teatro solamente se salva con más Teatro. Teatro, más Teatro, cuanto más Teatro, mejor. Camuflarlo, intoxicarlo con otros lenguajes es contraproducente, aunque hoy nos salve un recibo de la luz.

Pero esta proclama, esta angustia mía, no es de fácil ejecución. No depende de nosotros, porque esta profesión, la teatral, renunció hace muchas décadas a hacerse con los medios de producción, es decir con los teatros y las salas, y ese supuesto mercado está en manos institucionales, pero de una manera desregulada, no hay un proyecto, se construyeron contenedores, y ahora los contenidos se alteran por la pandemia, y los propios contenedores no tienen protocolo suficientemente claro para funcionar. Nadie asegura que si los teatros estuvieran en manos de compañías, grupos o personas que unieran gestión, producción, formación y exhibición sería mejor, pero me huelo que alguna solución global se encontraría.

Yo detesto el tufo paternalista que detecto en ciertas intervenciones institucionales. Me desangro escuchando las llantinas de algunos representantes de los gremios, me consumo en las reivindicaciones que se hacen fuera de foco, pero no se atreven a canalizarlas públicamente. Nadie tiene toda la razón, nadie sabe qué va a pasar, nadie puede arreglar esto en solitario. Pero si se deja todo en manos de un único alguien que tiene demasiados intereses económicos, si las administraciones no hablan con la realidad general estatal, no sólo con la de Madrid, esto tiene muy mala solución.

Por eso hoy estaba recordando aquellos veranos del 76 y 77, cuando el incienso franquista todavía impregnaba el aire, y unos centenares de actores, actrices, directores, dramaturgos, escenógrafas, nos juntamos en Barcelona y salió de allí una Asamblea que gestionó directamente el GREC, inventándolo como un lugar cívico, político, cultural de primer orden. Y fue un éxito social, político y hasta económico. Desde entonces hemos pasado muchos veranos gloriosos de los que tenemos grandes recuerdos. Nadie puede olvidar aquellos Olite de Valentín Redín a principios de los 80. Y muchos más. A mí me parece que ya tengo un mal recuerdo de este verano de 2020 que se me atraganta. Y no es nada personal.