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Lun, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Escribo desde Almada, Portugal, en su festival internacional, y se me ha ocurrido poner la palabra repertorio en el titular y me ha entrado un bajón. Soy antiguo, además de viejo. ¿Qué es eso de repertorio? Antes, quizás en el siglo pasado, había compañías, grupos que hacían, y lo proclamaban en su presentación, teatro de repertorio. Un término que tiene varias acepciones, pero que para los antiguos nos recuerda que casi todas las compañías tenían repertorio, que es otra variación del asunto, que incluso había actrices que tenían su propio repertorio y eran contratadas para funciones especiales para hacer un papel concreto, como sucede ahora mismo en la ópera, que tenores o sopranos tienen una serie de óperas memorizadas y son contratadas para hacerlas y ahorrarse así en la producción días de ensayos.

 

En el teatro que se hace y representa en el Estado español actualmente, hay unas pocas compañías con su repertorio que aguanta durante años, pero el auténtico repertorio al que se recurre en todos los estamentos está compuesto mayoritariamente por Lope de Vega y Calderón de la Barca con algún clásico más de acompañamiento y, en los últimos años, Lorca. Sí, Federico García Lorca, por activa o por pasiva, en adaptaciones, invocaciones, resumiendo, alargando, reescribiendo sus textos, hasta su vida, se ha convertido en el fundamento de todos los repertorios habidos y por haber. Lorquistas, lorquianos, oportunistas y descerebrados acuden a la misma fuente, y unos beben agua de jazmín y otros de sulfuro de cobre. Esperemos que pase esta ola y se vuelvan a las aguas calmadas de una obra que se debe tratar con el máximo respeto y no como un reclamo.

Y eso que llamamos los antiguos con mucha pomposidad, repertorio universal, ¿dónde está? ¿Dónde están las grandes obras y autores del siglo XX? Pues yo diría que, por circunstancias de producción, por interés teatral y no mercantil, se encuentran estas propuestas en agrupaciones de teatro no profesionalizadas. Son estos colectivos los que pueden afrontar obras con más de diez actores, por ejemplo. No dependen del mercado, es decir del oligopolio que marca tendencias culturales desmovilizadoras, muy de usar y cobrar, por lo que vivimos en esa paradoja. Si miramos los diferentes lugares institucionales con producción propia, cada vez es más difícil encontrarse con una continuidad en este tipo de repertorio, y cuando sucede, siempre, o casi siempre, se hacen producciones alrededor de una figura televisiva, no de un elenco que se comprometa artística y formalmente con ese tipo de teatro.

Habrá quién considere que con atender a los autores y autoras vivas, actuales, ya se cumple, desde las unidades de producción públicas, y si hubiera que hacer solamente una cosa, podría ser una opción adecuada, pero como se debería saber, conjugar varias posibilidades, atravesar la historia universal del teatro con propuestas nuevas, innovadoras, pero respetuosas, reclamar una mayor atención a este tipo de autores básicos, Beckett, Brecht, Strindberg, Miller, Fo, Müller, Koltés, O’Casey, por dar alguna pista, es una acción en positivo. No quitar espacio a nadie, sino que las nuevas generaciones de espectadores, si es que eso existe, se encuentren con algunas obras que son fundamentales para explicar la evolución de la sociedad.

Cierto es que hay unos cortes en el discurso educacional, en la relación entre sociedad, ciudadanía y movimientos escénicos, pero al igual que en danza, es un decir, se mantienen compañías que hacen el repertorio clásico, otras más contemporáneo, en el teatro visualizar alguna acción semejante se me ocurre que sería bueno en general, para la formación de las nuevas generaciones de intérpretes, por ejemplo, para los públicos, para que se experimente desde una base más sólida y abierta y para que se disfrute de ese gran legado. Parece que el siglo diecisiete está bien tocado, retocado y promocionado. Avancemos en el tiempo. Miremos un poco más a finales del diecinueve y, sobre todo, en el luminoso siglo veinte que tanto evolucionó en casi todos los sentidos los lenguajes escénicos.

Digo yo que una buena idea sería tener un teatro público, que no solamente lleve el nombre de Valle-Inclán, sino que se dedique a la producción y exhibición constantemente del teatro de Ramón María del Valle Inclán. Con todo tipo de espectáculos, formatos, idiomas y propuestas. Con sus correspondientes secciones de estudios, difusión, análisis y formación permanente de actores, directores y demás gremios especializados en ese magnífico teatro. 

Y así sucesivamente.