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Mar, Ene

La tercera escena | Carlos Taberneiro

En un artículo anterior “El teatro amateur y el asociacionismo sin fines lucrativos” traté de explicar que los grupos de Teatro amateur y las asociaciones de grupos, sean federaciones o confederaciones, cumplen todos los requisitos formales y legales exigibles a las Asociaciones Sin Fines Lucrativos (ASFL)… son organizaciones; no distribuyen beneficios; están institucionalmente separadas del gobierno; son autónomas; y son de participación voluntaria. En este artículo intentaré exponer el papel que desempeñan, como tales ASFL, en el sistema económico. 

Las ASFL (asociaciones, fundaciones, etc.) han venido contribuyendo al surgimiento de un espacio de entidades que operan en el sistema económico denominado sector de la economía social o Tercer Sector. Un Tercer Sector que ha adquirido peso propio y un protagonismo nada desdeñable en el sistema económico de nuestro país. 

Pero, este Tercer Sector no nació por generación espontánea. Es la sociedad civil organizada la que asumió el papel mediador ente los ciudadanos y los otros dos sectores… el público y el privado mercantil.  

La avasalladora hegemonía de los mercados y la aplicación de políticas neoliberales tan en boga en los últimos años, han provocado la reducción del estado y el debilitamiento de su función de regulación económica o de protección social. Ha favorecido que las administraciones (estatales, autonómicas o locales) se retraigan, abandonando ciertos espacios antes ocupados por la iniciativa pública, descuidando, desatendiendo o eliminando ciertas políticas de protección o promoción social. Por otro lado, las entidades más débiles o mal gestionadas del sector privado mercantil abandonan también los espacios “no rentables” y reclaman de las administraciones el “oxígeno” económico que permita su subsistencia. Ciertas administraciones, que se relacionan en perfecta armonía con las sociedades mercantiles, privatizaron los servicios o instalaciones rentables, desentendiéndose o abandonando aquellos servicios, programas o actuaciones que más inversión social requieren. Por otra parte, una cierta iniciativa privada, incapaz de salir a flote con sus propios medios, como cabría esperan de una gestión eficiente, ha aprendido a socializar las perdidas demandando a las administraciones ayudas que vengan a enjugar su déficit. 

Han tenido que ser las prácticas ciudadanas y comunitarias y los movimientos sociales, a través de las ASFL y de economía social, los que ocuparan ese vacío dejado por la iniciativa pública. El sector de la cultura también está viviendo de cerca esos abandonos por parte de la administración pública. El tejido asociativo amateur ha contribuido en gran manera a mantener vivos o a revitalizar ciertos espacios y ámbitos de las artes escénicas condenados a la inacción por una negligente gestión de lo público.

En esa ocupación, por parte del Tercer Sector de los espacios tradicionalmente “habitados” por los sectores públicos y privado mercantil, se producen ámbitos mixtos que provocan roces. Es cada vez más frecuente que lo tradicionalmente no comercial se cruce con lo comercial, que lo amateur se cruce con lo profesional. La cultura se encuentra a menudo, en la encrucijada entre lo público y lo privado, en espacios mixtos de gestión, en un vértice de relaciones de complementariedad, ambigüedad e incluso fricción entre lo público y lo privado, y entre lo individual y lo colectivo.

Parte importante de las organizaciones que encontramos en el sector cultura, incluidas las relacionadas con las artes escénicas amateur, pertenecen al llamado Tercer Sector o de economía social. Las ASFL, con alta capacitación, gran eficiencia y con sobrada legitimidad, y como representantes de la base social, ofrecen alternativas y propuestas innovadoras y creativas para ocupar el vacío dejado por los sectores público y privado mercantil. 

Es verdad que las ASFL, donde se incluyen las asociaciones o federaciones de teatro amateur, no deben aspirar a paliar ni neutralizar las contradicciones del sistema ni a perpetuarlo. No deben suplir al Estado en sus obligaciones ni en la responsabilidad directa de ejecución de programas o de dotación de servicios. Su objetivo debería ser el de regenerar y mejorar las políticas sociales, de abrir opciones innovadoras de cambio desde dentro del sistema. Una mayor participación directa de la sociedad civil en la gestión de la cultura, a través de las ASFL, puede llegar a afectar estructuralmente al sistema. Esa participación de la sociedad civil puede favorecer espíritu social más cívico y participativo, acorde con las democracias más avanzadas, pasando de una concepción clientelar a otra basada en la corresponsabilidad. 

Pero, a veces, ciertas administraciones, anteriores responsables de la ejecución de programas o la dotación de servicios en determinadas áreas ahora abandonadas, ven con desconfianza el surgimiento de iniciativas sociales del Tercer Sector. Algunas administraciones públicas, condicionadas, cuando no secuestradas, por la iniciativa privada mercantil más voraz, son reacias a ceder, compartir o redistribuir ciertos recursos o espacios de gestión. Eso sin hablar del desvío interesado que ciertas administraciones realizan de fondos, de programas potencialmente rentables, hacia la iniciativa privada “amiga”.

Por otro lado, la iniciativa privada mercantil no quiere verse privada de la “ayuda” pública y cualquier ASFL que reclame su parte de cogestión es acusada de injerencia, competencia desleal o intrusismo. Y el teatro amateur no podía ser menos y también ha tenido que sortear en estos últimos años este tipo de embates.

En los países, como podría ser el nuestro, cuya base institucional y jurídica para la cultura ha tendido a una fuerte presencia del Estado central como instancia privilegiada en la provisión de servicios, las ASFL (asociaciones, fundaciones y otras instancias) pueden aparecer como una novedad. Una novedad que puede resultar útil para diversificar y hacer más plural la política cultural, para desburocratizar la gestión de las instituciones y para ofrecer estilos de gerencia más enfocados en el servicio y la sostenibilidad. Pero también pueden ser vistas como un invitado incómodo y obligado, al que no se sabe cómo incluir, e incluso al que conviene reprimir o combatir. Ciertas administraciones continúan con la inercia de olvidar, marginar y prescindir de las ASFL. En el ámbito de las artes escénicas amateur se podrían ilustrar estas prácticas con numerosos ejemplos. 

Solo aquellas administraciones públicas o privadas mercantiles que son conscientes del cambio “sin marcha atrás” producido por el gran desarrollo del Tercer Sector en los últimos años, han sabido adaptarse a esta nueva realidad y han aprendido a convivir de igual a igual con este Tercer Sector cultural. 

Pero, como ya decía en mi anterior artículo, también las entidades, los grupos, y sobre todo las federaciones y confederaciones que intervienen en las artes escénicas amateur, deben tomar conciencia del entorno en el que operan y fortalecerse internamente, como agentes sociales y económicos que son. El aprovechamiento máximo y sin complejos de las posibilidades que ofrece, operar en el Tercer Sector, facilita a las Asociaciones Sin Fines de Lucro, oportunidades en materia de medios y recursos que ayudarán a crear ese caldo de cultivo idóneo para el desarrollo de la creatividad y mejora de la calidad de su trabajo artístico sobre la escena. 

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