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Mié, Ago

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Muy cerca de nosotras/os, entre nosotras/os, a nuestro lado, delante de nosotras/os, en complicidad con nosotras/os, Los Colochos nos invitan, con decisión y alegría, a entrar en el juego del teatro, recuperando su dimensión ancestral de ritual asambleario.

Con la ayuda de escasos elementos de atrezo, sillas plegables de metal, de Cervezas Corona, una mesa igual, las máscaras de estilo mexicano de Martín Becerra, telas, calderos, algún instrumento musical (guitarra, harmónica) y la iluminación teatral de Mario Eduardo D’León, configuran un espacio lúdico, en el que recrean el viejo cuento medieval de Macbeth, trasladado a la Revolución mexicana de 1910.

MENDOZA de la Cía. mexicana Los Colochos. Idea original y dirección de Juan Carrillo. Versión, a partir del Macbeth de Shakespeare, de Antonio Zúñiga y Juan Carrillo. Interpretación de Marcos Vidal, Mónica del Carmen, Erandeni Durán, Leonardo Zamudio, Martín Becerra, Germán Villarreal, Ulises Martínez, Alfredo Monsivais, Roam León y Yadira Pérez.

Auditorio Rubén García do Castelo, 18 de julio de 2018, en la 34 Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia.

Los Colochos nos ofrecen una suerte de teatro etnográfico, muy alejado de las estéticas y formatos espectaculares estandarizados por la globalización. Los trazos étnicos de todo el elenco, la escritura del texto, en un español muy localizado en el México del que provienen, así como la dicción, con su característica musicalidad y acento, hacen de esta propuesta una pieza muy singular.

La bruja, interpretada por la misma actriz que encarna el rol de Lady Macbeth, sale con una gallina mansa, con la que se comunica y despliega unos rituales mágicos, con ramos y agua y una coreografía sencilla, de una manera semejante a cómo se articulan las disposiciones y desplazamientos de cada escena.

El ritual ancestral se activa, non solo por la actuación general, en la que las sillas y otros objetos básicos, según su uso, se transforman, por el juego teatral, en otros elementos figurados, sino también por esa fuerte inscripción popular de lo étnico, de lo local. De este modo, la fábula heredada de Shakespeare, recupera su toma de tierra, y su dimensión telúrica.

Mendoza es una historia de ambición y violencia, de corrupción y falta de escrúpulos. Esas escenas, trasladadas de la obra maldita del bardo inglés, difíciles para abordar desde una verosimilitud realista, en el desafío que supone, además, el género de la tragedia, se hacen aquí efectivas gracias a una interpretación actoral que pone el énfasis en el lado más físico y lúdico. El elenco realiza una especie de actuación casi deportiva, huyendo de las pausas y silencios dramáticos o de la lentitud asociada a lo trágico. Prima la agilidad y la presteza, tanto en el desarrollo interno de las escenas, como en las transiciones y cambios de unas a otras. Las actrices y los actores utilizan y hacen dúctil el espacio escénico, con público a cuatro bandas, sentándose entre la gente, echando mano de espectadoras y espectadores, para sujetar elementos de atrezo o para componer la mesa del banquete, con máscaras y cervezas, en la que el tirano ve a los fantasmas de las personas que ha asesinado para alcanzar el máximo poder.

Todo en el escenario del Auditorio do Castelo, con gradas dispuestas a tres bandas, más la grada de la platea, fue tratado, en las configuraciones dinámicas de la actuación, para que participase en el juego.

Los Colochos nos brindan, no solo las cervezas Corona, con las que festejamos la derrota del tirano, en la resolución de la fábula, al ritmo de un corrido mexicano, sino también un teatro popular de una fuerte dimensión etnográfica y antropológica. Una función que nos puede servir para no olvidarnos de que lo local es universal y de que la diversidad se abraza a ese universal en los valores primigenios de la raza humana, que deben ser preservados para non caer en la catástrofe.

 

 

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