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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Cuando no hay título, no hay mata, no hay patata y todo suena a hueco, a transgénico. Hay teatro y danza de franquicia y otros que se hacen con semillas transgénicas, que dan brotes amarillos y no dejan descendencia. Son híbridos. No sirven para nada, que es un metal muy preciado en ciertas orfebrerías de la alienación cultural. Pero si hay un título, y además es muy bueno y sugerente, nos podemos encontrar que se trata de la meta. Es decir, todo empieza y acaba en el título, y después hay otro monumento a la nada, o está hecho de la nada, insisto, ese material preciado, pero en ocasiones, es una nada muy bonita. Preciosa. Una forma que no sabemos si es el fondo, o si el fondo, en el fondo, es la forma, que a su vez deforma todo aquello que toca, aunque sea la más estricta y grosera realidad trasplantada a los escenarios como una secuela de los considerandos judiciales, o como elevación a los altares de la belleza hueca, de cocotero capado. Hemos tocado fondo.

 

Ando por unas tierras rojas, en época de sequía, sabiendo que a unos kilómetros arde esa masa forestal que conocemos como Amazonia, y que es tomada por el gobierno actual brasileño con un desdén que es una declaración de culpabilidad, el terrorismo con careta. En una ciudad Brasilia, donde el setenta por ciento de los votantes eligieron la eutanasia democrática optando por Bolsonaro, he presenciado dos espectáculos en donde se meten con este milico evangélico de manera colateral y el público reacciona de manera casi unánime, en clara demostración de estar en desacuerdo con el actual presidente. En una de las obras, el público, mayoritariamente, empezó a gritar “fora”, y después se fueron animando para acabar gritando “fora fascistas”. Sorprendieron a los actores que habían hecho un guiño obvio, pero no esperaban esa reacción tan rotunda. En esas salas mucho más del treinta por ciento de los asistentes manifestaron estar en contra de Bolsonaro. Las estadísticas, el teatro, la cultura deben ajustarse. 

Digo más, sucedió en un teatro del Banco de Brasil, que es estatal y vamos a ver qué sucede, si reacciona el gobierno y emprende acciones y represalias al festival, al gestor de ese Centro Cultural, por permitir estas manifestaciones anti. En España, bendita tierra, ya se sabe que en instituciones de derechas o de izquierdas esas cosas acaban en los juzgados, los cuartelillos y las suspensiones censoras de actuaciones contratadas. 

Benito Floro fue un entrenador de fútbol que empezó su andadura en el Albacete al que convirtió en “el queso mecánico”, su fama le llevó al Real Madrid y de allí, al olvido. Era dado a las explicaciones complejas de asuntos sencillos y llevó a establecer una teoría que desarrolló en un libro, sobre uno de esos lances de un partido de fútbol que se repiten decenas de veces y que él elevó a categoría, escribiendo sobre la importancia del saque de banda. La fama de Floro fue como el chocolate del loro. Sus teorías, elucubraciones con sintomatología de narración de literatura de cordel, consistían en hacer de lo básico, una simpleza, que se debe entender como una aportación. La obviedad al alcance de los más obvios.

Al loro, parece ser que el estilo Benito Floro, se ha instalado en forma de virus en muchos escribidores, directores, intérpretes y demás agentes de un tipo de teatro de menú único y que está causando estragos, todavía silenciosos, en el cuerpo productivo menos exigente, es decir, el que más abunda, el que confunde casi todo, y un saque de banda, lo considera una jugada de pizarra, y una melonada en una obra de teatro. Confieso que veo demasiadas obras, que veo tantas montañas de naderías, tantas obras que forman parte del impulso de una patología individual asumida por un colectivo, o que pretenden vender cocina de refritos como alta cocina, que prefiero mantenerme en un margen fuera de la caravana y los atascos. 

Ayer vi un espectáculo minúsculo, actor y actriz contando una historia con sus manos, es decir, creando personajes con sus manos y una telas, sin apenas palabras, con una iluminación a base de velitas, en una pequeña mesa, y encontré de nuevo la justificación a mi patología teatral. Lo sencillo, lo amoroso, la imaginación al servicio de algo que conmueva, de cerca, sin aparatosidades. “Tropeço” de Tato Criaçao Cênica. Cuarenta y cinco minutos de excelencia. Para qué más.