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Lun, Oct

Media galleta y un triciclo

Duro, hermoso, conmovedor. Son los adjetivos que se me han venido a la cabeza enseguida que se han encendido las luces y los que estábamos sentados en el patio de butacas no parábamos de aplaudir a rabiar a los causantes de lo que acabábamos de ver y experimentar en la Sala Tarambana. Se trata del espectáculo 'El triciclo', adaptación del texto de Fernando Arrabal dirigido por Nati Villar Caño e interpretado por los alumnos de la Escuela Municipal de Teatro Ricardo Iniesta de Úbeda que inauguró la VI Edición del Festival Visibles 2021, organizado por la Sala Tarambana de Madrid.

 

Desde la primera escena, como para que no nos quepan dudas, Villar Caño nos presenta su particular declaración de intenciones: pone a desfilar uno tras otro a los personajes de la obra que atraviesan el escenario de una punta a la otra para arrojar bolsas de basura en un contenedor y desaparecer luego ante la vista del público.

El meollo del asunto es que dentro del contenedor hay una persona.

En el texto, con su peculiar manera de decir las cosas, Arrabal nos habla sobre desigualdad y exclusión. Los protagonistas de 'El triciclo' son seres marginados por una sociedad que en su afán de esconder sus miserias bajo la alfombra, los ha obligado a replegarse a un lugar donde se hacen invisibles, y como si esto no fuera suficiente, vigilan con celo que permanezcan allí, como en el pasado se hacía con las personas que contraían la lepra.

El lenguaje que utiliza Arrabal en su pieza se mueve entre el absurdo, la ingenuidad y la ternura. Mezcla que deviene en entrañable poesía. Característica a la que Villar Caño y su equipo, tanto técnico como artístico, le hincan el diente, y lo mejor es que saben sacarle provecho en su montaje: solventan de forma poética y simbólica algunos de los crudos escollos que propone el texto. El resultado es un espectáculo que cautiva, agrede y conmueve a partes iguales. Porque, en el fondo, la historia que se cuenta en 'El triciclo' es brutal y salvaje, solo que la manera en que está contada la edulcora, seduciéndonos y haciéndonos irremediablemente cómplices de los victimarios… ¡Esos adorables criminales! Que, dicho sea de paso, antes han sido víctimas y, como tantas otras veces ha sucedido en la Historia, en determinadas circunstancias, ya se sabe, las víctimas suelen acabar convirtiéndose en verdugos. Pero tal vez sea ese el “perverso fin” de Arrabal: construir unos personajes encantadores que derriben nuestra moralidad y nos conviden a ponernos de un lado en el que en condiciones normales nunca estaríamos.

En fin, que con Climando, Apal, Mita y El Viejo de la Flauta vamos de la mano hacia el abismo... Felices, pero siendo muy conscientes de ello.

El montaje que Nati Villar Caño ha hecho de la pieza de Arrabal guarda una meticulosa fidelidad con el espíritu del texto; cada elemento encaja como piezas de puzle: escenografía,  vestuario, luces, música (original, compuesta por Manuel Martínez) y efectos sonoros. Y, desde luego, cómo podría pasar por alto a los intérpretes que dan vida a cada uno de los personajes. Aunque, si se me permite el atrevimiento, yo destacaría las actuaciones de dos actrices en especial, Candela López Marín y Francisca Villacañas Jimena, en los roles de Climando y Apal, respectivamente, personajes sobre cuyos hombros recae gran peso de la obra. ¡Y vaya si ambas no han asumido esa cuota de responsabilidad de modo soberbio!

Lo que quizá he echado de menos fue que no hubiera más espacio en el escenario de la Sala Tarambana para disfrutar del triciclo —verdadero motor del espectáculo, detonante de las acciones que hacen avanzar la historia— moviéndose por toda la escena, ya sea con Climando o Mita empuñando el manillar y llevándonos allá a donde ellos quieran.

Víctor Vegas