Sidebar

23
Lun, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Llevo semanas intentando hacer una entrega que analice, estudie y cuestione la tendencia a poner el yo por delante de demasiadas experiencias escénicas a las que acudo como espectador cargado de prejuicios y nada más empezar me doy cuenta de que esto va a ser, como no me ponga muy autoexigente, un ejercicio de yoismo crítico, o un yo de abuelete resabiado, o un ego disfrazado. O simplemente un entretenimiento de auto-redacción. Perdón, de autoficción. Maldita sea la hora en la que alguien rescató este concepto, lo vendió excelentemente y después acudieron las moscas y moscardones al panal de rica miel o al cadáver de rica hiel.

 

Podemos empezar por cualquier hilo de la madeja, ya que parece que toda escritura, sea literaria o escénica, debe utilizar parte de la memoria de quien inicia el proceso. Nadie puede escribir una línea desde la absoluta no existencia. Se utiliza el cuerpo y en ese cuerpo debe estar una parte llamada cerebro que atesora nuestros archivos propios, familiares, generacionales, educativos, y todo, empieza por la existencia de uno mismo. Los artistas nacen. Los no nacidos pueden ser estadísticas surrealistas, pero es imposible que sean conductores de autobuses urbanos o contribuyentes. Después se hacen, se forman, logran alcanzar niveles de competencia y eficacia comunicativa, son aceptaos o no. Uno a uno. Una a una.

Dicho lo cual, entendiendo que siempre hay trazos biográficos o curriculares en toda creación, ya sea una pintura, un poema, una sonata o una obra dramática, lo bueno es que esas supuestas inspiraciones secretas y subconscientes, no se apoderen del todo. Si hablo de teatro, lo importante es que, si existieran personajes, cada uno de ellos tenga un habla diferente, una forma característica de ser y estar en ese mundo ideado. Cuando todos son como soldados chinos de terracota, a mí me entra una inquietud a veces incontrolable. Pero cuando lo sustantivo de lo que se me cuenta es la vida, la biografía, la memoria de alguien, sea el autor, la coreógrafa o la directora, entro en estado de cinismo histórico.

¿Por qué creen estas personas, por muy artistas que sean, que me interesa su vida, lo que han sufrido porque su papá le pegaba o porque la sociedad no se ha comportado con ellas como ellas creen que se debía haber portado? Sabido es que tengo reparos muy serios, muy profundos, sobre esta ola de espectáculos basados en los atestados judiciales, que me niego a llamar Teatro Documento, porque este concepto de después de la segunda guerra mundial tiene unas connotaciones políticas y de revelación de secretos que hoy, con internet y tantas posibilidades no acabo de encajar sin que rocen las ideas y las formas porque llegamos a consumir la obviedad, sin apenas intervención artística, sin poética escénica, que es lo que diferencia el Teatro de otras plataformas de comunicación.

La memoria de uno, la mía, la suya, es siempre una ficción. Un hecho, familiar, de amores, de amistad, contado por cada uno de los que lo vivieron, es algo diferente. Nadie miente. Nadie ha archivado los hechos sin una intervención propia. Cuando la memoria se extiende a hechos políticos, sociales, históricos, el asunto entra en circuitos de aproximación ideológica a quien lo narra que nos coloca siempre ante la duda. O ante la fe. Creemos la versión que se acerca más a nuestros propios convencimientos ideológicos. Si es que los tuviéramos. Por lo tanto, todo es relativo. 

Pero cuando esa memoria se coloca para la narración interesada, para crear una figura propia que alcance categoría de ejemplo o que abarque a algunos seres humanos más, si todo se queda en el yo, la cosa se queda, en un ego mortecino. Hay que elevar ese Yo a una categoría de universalidad que solamente se alcanza por la aplicación de herramientas de activación de esa supuesta memoria en algo teatralmente eficaz, es decir, mi abuelita me podía estar dando magdalenas muy ricas, pero si lo no lo explico con lenguajes escénicos que superen esa imagen, la cosa se queda en algo parecido a un onanismo escénico. Cosa que a veces detecto en ciertas propuestas de danza, pero que en teatro, si además se hace a base de textos, la cuestión se puede reducir más en el laboratorio exploratorio, porque siempre se empezará todo con un Yo por delante. 

Yo no sabría qué hacer con mi yo; un yo que casi siempre aparece con un abrigo polar: nosotros. Yo no soy ese. Espero que no haya tocado ni de refilón a vuestros yos. Muchas veces me dan ganas de gritar en la sala aquello de “No me cuentes tu vida, yo también he sufrido mucho”. Pero me callo, porque mi Yo, en esos momentos está pensando en las musarañas o en la cita de dentro de dos horas. Cuando alguien intenta contarme los acontecimientos que he vivido en persona o por ser de mi tiempo, entro en fase resolutiva. Por cierto, si alguien tiene ansiedad, tengo amigos y amigas sicólogos que tratan los egos con todo tipo de ungüentos.