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Dom, Ago

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Hace unos años un gran maestro de actores, en uno de esos cursos que siempre son cortos, nos advertía a los alumnos allí presentes sobre uno de los problemas del entrenamiento actoral. Nos estaba enseñando ciertos ejercicios físicos de gran dificultad y decía con la sorna que deja la experiencia: “Por lo que veo ya habéis llegado al `Exercise Land´, el lugar de retiro preferido del actor”. El Exercise Land [País del Ejercicio] hacía referencia a nuestro estado de máxima concentración, con los ojos cayendo de sus cuencas y la lengua reptante por los labios, que evidenciaba nuestro ensimismamiento en el ejercicio y la consecuente desconexión con el entorno. Físicamente estábamos en aquella aula, pero mentalmente cada uno de nosotros había construido una suerte de burbuja aislante e imaginaria en su rededor o, como diría el maestro, había viajado al lugar que bautizó como el País del Ejercicio. Ya podía haber desaparecido alguno de los compañeros por un soplo de birlibirloque que el resto habría permanecido imperturbable en su esfera de concentración, con la mirada colgada y la mente inerte. El maestro, muy sabio él, nos indicaba que de nada servía ser malabarista del cuerpo si descuidábamos aquello que es esencial en teatro, esto es, la comunicación con el exterior, sean espectadores, compañeros o los elementos de atrezzo. Seguir en la misma dirección era, por tanto, avanzar un paso y retroceder tres. Y tanto era así, decía, que en estos casos el entrenamiento podría ser peor remedio que la pasividad.

En el territorio tan cosmopolita de las técnicas actorales, donde convive tanta diversidad, existe sin embargo cierto sustrato común que alimenta todas las especialidades. No me resultó extraño pues, cuando hace pocos días escuché a otra gran maestra incidir sobre este mismo asunto. La situación era similar: estaba guiando un entrenamiento a través de una serie de ejercicios físicos igualmente exigentes, aunque de índole distinta. Ante la dificultad, se instauró en los actores una especie de neblina en la mirada, como si de repente un autismo transitorio hubiese impregnado su comportamiento. “Cuidado no os ensimisméis. ¡Mantened el contacto con lo que os rodea! No os convirtáis en un yo-yo donde sólo existís vosotros”, alertaba. Evidentemente, al utilizar la imagen del yo-yo no se refería al concepto “yo-yo” que de forma tan enigmática plasmara Grotowski en uno de sus últimos escritos, y mediante el cual proponía un camino para sublimar la presencia vital del yo. Más bien pretendía describir la situación opuesta, aquella en la que el actuante está aislado completamente, anulando su yo y sólo es la personificación de un ejercicio a medio hacer. La analogía con el juguete del mismo nombre no podía ser más atinada, ya que este instrumento de origen chino es un juego practicado obligatoriamente en solitario que, en sus orígenes, se creía podía inducir la hipnosis.

Si deslizamos esta idea hacia otras áreas, observamos que este efecto yo-yo no es pantano exclusivo de los actores. Algo similar sucede en ciertos creadores, también en aquellos cuyo ámbito de acción está fuera las Artes Escénicas. Me refiero a artistas en cuyas obras se adivinan parecidos síntomas de ensimismamiento. En las antípodas de lo que se considera arte comercial, al que en sus peores versiones se le achaca favorecer el gusto facilón del gran público en detrimento de la calidad de la obra, estos artistas hacen de su yo el patrimonio exclusivo de su arte; como si su enjambre de pensamientos, emociones e ideas ultrapersonales envueltas con cierta forma más o menos original bastase para convertir lo íntimo en arte. Como el yo-yo, sus creaciones parecen desprenderse de su mano como un ofrecimiento, pero acaban volviendo a la misma mano sin la intención de involucrar física ni emocionalmente al espectador. En consecuencia, no es infrecuente que quien observa estas obras yo-yo, ajeno por completo a la cosmogonía personal del autor, tenga la mirada avergonzada de un voyeur accidental o guarde la sensación de estar en medio de una fiesta escrupulosamente íntima a la que no ha sido invitado. Este tipo de procesos donde sólo se mira al ombligo resultan en un arte interrumpido, por cuanto lo que debería ser una comunión entre obra y espectador, se reduce a la exhibición auto-placentera del creador.

Si el arte es un rito compartido que implica a quien hace y a quien percibe, aquello que sólo divierte a quien juega y no a quien mira es entonces otra cosa. Y esto podría aplicarse a los actores que entrenan, pero también a todos los artistas que así se hacen llamar. Los yo-yos deberían prohibirse en los patios colectivos.