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Sáb, Jul

Seductora puesta en escena

El Ballet Nacional de España abre el telón imaginario de la 64 edición del Festival para bailarnos, con gran dosis de flamenco y danza española bajo un prisma vanguardista, la tragedia “Electra”. Un bolo estrenado en diciembre del pasado año en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Un seductor espectáculo de obra argumental con el que la compañía intenta reconquistar su lugar en la escena española anhelando viajar por el mundo, después del vacío motivado por aquella destacada “Medea” que vimos en 2013 el Teatro Romano, dirigida por Antonio Najarro.

Del tema de “Electra”, que fue tratado por los tres trágicos griegos Esquilo (en “Las Coéforas”), Sófocles y Eurípides, el dramaturgo Alberto Conejero ha desarrollado un libreto que da vida al mito clásico manteniendo intacta la problemática odio / venganza (sin profundizar en una reflexión crítica actualizada del concepto de matricidio) en su resumida condición de arqueología de lo trágico y con una visión contemporánea inspirada en nuestro imaginario popular. Visión que nos recuerda a la versión representada hace 10 años en el Festival, de Mihai Maniutiu (de la compañía rumana Teatrul National “Radu Stanca” de Sibiu), de propuesta rebuscada en la traslación de la imagen del mundo clásico -sobre todo de la obra de Eurípides situada en el campo- a un panorama de lobreguez que prevalece en una región del norte de Rumanía (Maramures), y que en España evoca al de la estética, síntesis de realismo y poesía, de los dramas populares andaluces de Garcia Lorca y Alberti, inspirados en las tragedias griegas. Lo malo de estas versiones llevadas a la danza -con tanta complejidad al fundir varios textos- es que el espectador que no conozca bien el mito (el pueblo de Atenas se lo sabía de memoria) no entienda lo que está pasando en el escenario.

La magia o duende en esta propuesta rompedora del Ballet Nacional de España –con las dudas de si se entendía mejor o peor la historia- está en la puesta en escena de sus coreografías, en la música y en la calidad versátil de los bailarines ilustrando los momentos de dolor, alegría, culpa o violencia interpretados -en un prólogo, siete cuadros y un epílogo de la versión- con fuerza en el ritmo ritualizado de las acciones que se convierten en lo más llamativo al conectar con el público en términos mucho más intensos y reales que la trama de la tragedia. “Electra”, magníficamente dirigida y coreografiada por Antonio Ruz (en colaboración con Olga Pericet) tiene aquí un latido teatral que se expresa en varios lenguajes y una enorme sensibilidad en todos sus componentes artísticos (escenografía, luces, vestuario, música), absolutamente justificados, que nos introducen imaginativamente en las atmósferas del mundo trágico de los mitos.

El elenco de bailarines protagonistas: Inmaculada Salomón (Electra), Esther Jurado (Clitemnestra), Sara Arévalo (Ifigenia), Antonio Correderas (Agamenón), Antonio Najarro (Egisto), Eduardo Martínez (Campesino), Sergio Bernal (Orestes), José Manuel Benitez (Pilades), Juan Pedro Delgado (Aquiles) y Alfredo Mérida (Calcante) destacó elevándose en cada aparición -para contarnos sus motivos y decisiones- con movimientos armónicos, llenos de brío, elegancia y de saber estar en el escenario. Junto a ellos el cuerpo de baile hizo gala del dominio y la precisión requerida para arropar, en todo momento, sus roles protagónicos. La composición de las escenas resultó toda una explosión de belleza, de arte en sincronía de variaciones limpias y poderosas marcadas por su medida del esfuerzo, de bailarines cómplices capaces de transformar para el público movimientos y sonidos en sensaciones inolvidables.

En la cima, Inmaculada Salomón (Electra) y Sergio Bernal (Orestes), con su excelente técnica y apostura, brillaron en el pas de deux donde pactan sus destinos junto a la tumba Agamenón. Fueron un alarde de creatividad, compenetración y vibraciones los momentos cuando Electra cuenta a su hermano con el repique de castañuelas el crimen de su madre Clitemnestra y de su amante Egisto.

Mención especial merece la figura del Corifeo interpretado por la cantaora Sandra Carrasco, que con voz exquisitamente trágica y expresiva consigue armonizar –con cantes que van desde la alboreá a la bulería pasando por la petenera y otros palos flamencos, escritos en verso por Conejero- toda esa narración de espiral de sangre que llama a la sangre con el desgarro puro en la garganta de la tragedia del llanto (atemporal) de los autores griegos. Igualmente, deparó gratas alegrías la actuación de la Orquesta de Extremadura, interpretando la adecuada música telúrica, muy emotiva, de Martín Caminero, Diego Losada y Moisés Sánchez, bajo la batuta del notable director Manuel Coves.

José Manuel Villafaina

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