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Sáb, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

A esas alturas de la historia universal de la infamia, ponerse en el púlpito a dar consignas sobre lo que "se debe" hacer en las artes escénicas, resulta ridículo. En esta esquina, llevamos semanas intentando establecer un comunicación con la realidad a partir de la producción y con el destino final de la exhibición, sabiendo que lo que es más importante proteger, propiciar, asegurar es un ambiente social que ayude a que la creación cultural sea un bien indubitado, un valor añadido y no un simple adorno, adminículo, extravagancia o rareza.

Como principio básico, entendemos que si existiera una buena educación básica, en todos los niveles, en los que se enseñase a disfrutar del teatro, la poesía, la pintura, la música, el cine o la literatura, seguramente serían menos necesarias las ayudas para que exista cine, teatro, pintura, danza u otras artes. Si la ciudadanía estuviera bien educada en estas materias, las amaría (o las repudiaría) pero con conocimiento de causa, y si desde la más pequeña infancia se relacionase de manera habitual, no forzada, en la escuela y fuera de ella, con las mismas, llegaría un momento en el que desearía convertirse en músico, actriz, coreógrafo o escultora sabiendo que hace una elección de futuro. Y para ello el Estado, en cualquiera de sus configuraciones actuales, le proporcionaría la mejor formación posible, de manera generalista y especializada, que desembocasen en estructuras de producción públicas o privadas, pero dentro de un ambiente cultural que acepta estas cuestiones con el mismo interés, que acepta que alguien estudie Farmacia, porque sabe que es necesario.

No estamos en esta situación. Ni muchísimo menos, por lo tanto debemos utilizar otras estrategias y otras tácticas. No se pueden quemar etapas, y esto se ha demostrado en esas últimas décadas de consumo cultural a granel, que una vez acabado el subidón, se ha desvanecido hasta llegar a esta situación que se va empobreciendo de manera fulgurante.

Por lo tanto, es ahora donde los creadores, dramaturgos, directores, actores, bailarines, músicos, con la complicidad de productores, de salas, teatros y otras instancias de exhibición y difusión, deben caminar juntos, en paralelo, con dos urgencias, no perder muchos públicos, reconstruir las programaciones y las relaciones de los focos de producción y exhibición con su entrono y su realidad, y ver qué tipo de obras son las que se consideran más convenientes hacer. No en una única dirección, sino sabiendo, de verdad, que existen públicos diferentes. Cautivos, desmotivados, silentes, desconocidos, a los que hay que buscar con algo que en forma y fondo les toque, les haga sentirse no una audiencia estadística, ni unos consumidores, sino parte de una comunidad que a través de ese acto de libertad que es una representación encuentran más dudas, más preguntas, algunas respuestas parciales a sus inquietudes personales, pero sobre todo, colectivas.

La historia reciente de las artes escénicas está repleta de momentos en los que ha prevalecido el compromiso político directo, sin ambages, que ha convivido con otros que se camuflaban. Lo único que en estos momentos no se puede admitir desde una opción de protección, ayuda o subvención pública, sea en acción directa o por colaboración, es un arte portátil, de entretenimiento, de alienación, de desmotivación. A partir de esta única premisa, que cada cuál haga lo que quiera y pueda, que empiece por una investigación formal o que parta de una idea política estructurada. De esta manera, se recuperará el sentido de acontecimiento social, de identificación, tan necesario para un resurgimiento de las artes escénicas en estos tiempos de crisis económica, social y política.