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Mié, Oct

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Lamentablemente, no siempre podemos surfear en la cresta de la ola, disfrutando de nuestra pericia al deslizarnos en ese límite entre espuma y agua mientras el sol acaricia nuestra piel expuesta a las sensaciones y el viento en la cara nos regala la ilusión de volar. Tenemos una vista maravillosa y la adrenalina justa para mantenernos vivos.

De vez en cuando nos toca caer, incluso escandalosamente, ser revolcados sin piedad, tragar agua salada y desesperarnos por estar en el fondo más tiempo del que creemos soportar sin ahogarnos.

En estos momentos estoy tragando agua amarga y siendo revolcado por mis pensamientos recurrentes capaces de agrandar al infinito una caída que se transformará en insignificante comparada con otras que seguramente tendré.

Estuve en la cresta y no fui capaz de disfrutar la situación a plenitud y ahora que estoy hundido, he magnificado la caída.

Siempre ha sido un misterio para mi esa actitud auto flagelante del ser humano de no ser capaz de disfrutar al extremo sus experiencias positivas y exagerar los aspectos negativos de su vida.

Quizás sea una actitud instintiva para protegerse o evitar de futuros daños.

Como sea, la vida es un sube y naja entre la cresta de la ola y el fondo del mar.

Como muchas veces lo he planteado, siempre es más fácil decirlo que hacerlo. A pesar de tener plena conciencia de ello, hasta ahora no he sido capaz de exacerbar mis triunfos, porque algunos he tenido, pero sí de exagerar mis fracasos, la otra cara de la moneda.

Nadie puede negar lo gratificante de estar en la cresta de la ola, experiencia que no durará para siempre, aunque si tenemos la voluntad y, sobre todo, la experticia necesaria, podremos prolongar hasta que la ola se disuelva en la playa para bajarnos de nuestra tabla con la mayor elegancia.

Se puede lograr, no es imposible, aunque para llegar a ese punto hayamos tenido que tragar mucha agua salada en el proceso de aprendizaje y aguantado la respiración por largos minutos aparentemente infinitos, para no ahogarnos.

Las buenas olas son pocas, todo buen surfista lo sabe. Se deben esperar con paciencia y estar listos a remar con fuerza cuando la indicada aparezca en el horizonte.

Y llega la preciada ola perfecta, y remamos con todas nuestras fuerzas, y logramos pararnos sobre la tabla, y maniobramos como los dioses, y somos felices, no, dichosos. A disfrutar mientras dure porque podemos caer en cualquier momento.

Los problemas se esfuman diluidos por la sensación plena de volar sobre el agua. El banco desaparece, las deudas desaparecen, la congestión del tráfico desaparece, los problemas familiares desaparecen, las obligaciones impuestas desaparecen, las auto impuestas también.

La energia del agua en movimiento se diluye y volvemos.

No.

Podemos seguir disfrutando de nuestro viaje por la libertad al escribirla, pintarla, bailarla, actuarla, hacerla música o simplemente comentarla o recordarla una y otra vez cuando sintamos estar a punto de caer.

Y si caemos, a respirar profundo antes de la inmersión y a concentrarnos en la posibilidad de una nueva ola, esa que sin duda alguna llegará más temprano que tarde.