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08
Sáb, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

La intención es salir del charco o los charcos, de seguir la experimentación que se está haciendo con toda la buena voluntad de ver las consecuencias de las medidas y protocolos adoptados, apartarse de las tendencias más negacionistas así como de los que intentan solventar las vicisitudes con pensamientos mágicos o frases de camiseta o jarra, porque ahora mismo es cuando vamos a tener que apurar nuestra capacidad de comprensión de la realidad, conjugar la seguridad sanitaria con el lenguaje propia de las artes escénicas, y hacerlo desde la más estricta neutralidad mercantil. 

 

Las autoridades en cada territorio, de acuerdo con las reglamentaciones emanadas de los poderes centrales, con el diálogo constante con el sector, atendiendo no solamente al derecho a la Cultura, pero a la vez a la Seguridad, comprendiendo que existe un cuerpo laboral, unas personas que ejecutan desde lo artístico hasta lo técnico, pasando por lo administrativo y de transporte esa cultura en vivo, van abriendo salas. Es obvio que en las contrataciones institucionales en las que el factor taquilla, es decir los ingresos que aportan los espectadores, es una parte meramente anecdótica y en lo económico, aunque importante en los estadístico, se puede asumir esas representaciones que ya se hicieron, con el aforo reducido, distancias de seguridad, variaciones en las acciones de los propios espectáculos donde se deben mantener esas distancias en la medida de lo posible, pero que se suprimen, eso parece claro, todo contacto físico. 

Sé de dos funciones en Extremadura. He recibido sensaciones directas de actores y actrices. También de programadores. No he tenido reporte directo de las espectadoras no institucionales, es decir de las que tenían un abono o compraron entradas anticipadas para esas funciones. La primera impresión es que la extrañeza, se superó. Desde un escenario ver una platea no llena, no es algo excepcional, pero lo que sí es muy raro es que estén los treinta espectadores diseminados por toda la sala, con lo que el foco donde lanzas tus diatribas desde el escenario se diluye, estás dirigiéndote a un laberinto.

También he visto, por vídeo, pero con testimonios directos un concierto orquestal, con la plantilla reducida, sustituyendo toda la cuerda de violines, por piano, y si bien, parece una solución técnicamente irreprochable, que además sonó magníficamente, nos coloca, una vez más, ante la decisión de optar siempre por lo genuino, por lo excelente. Y aquí no quiero abrir un debate, simplemente señalar lo que nos puede venir, si se reduce el número de espectadores, se reduce el número de ejecutantes. Cosa que debo asimilar con el ábaco, no con la medida artística en estado puro y en la situación de orquestas oficiales, es decir que tienen su presupuesto sin referirse de manera porcentualmente importante a la entrada de dinero por la venta de localidades.

Sigo atento, toda la experimentación es de la apertura de salas y teatros para la presencia de espectadoras y actores y actrices, en el mismo espacio y a la misma hora, para lograr la comunión del hecho teatral. O musical. O dancístico, ustedes y me entienden. Sé de otras experiencias habidas en la calle, en espacios abiertos. Es decir, vamos a ir viendo. El primer día sirve de aliciente, pero veremos cómo evoluciona, si esa experiencia como público de estar separado, de llevar mascarilla, es asumida de manera orgánica por un número suficiente de conciudadanos. Por otro lado, las versiones con pandemia de los montajes, esas distancias, esos diálogos a dos metros, esos abrazos perdidos. En la danza, es muy difícil de sustituir. O yo, al menos, le veo más dificultades. 

Estamos en ello. Con ciertas condiciones contractuales, es decir desde al gestión pública, la parte económica, de sostenibilidad, es posible, con todas las dificultades que las leyes, reglamentos y trámites administrativos conlleven. Va a ser mucho más difícil que en la gestión privada se puedan tomar medidas de ajuste sin intervención directa de las administraciones, y ello supondría una intervención que de prolongarse debería ser estudiada en términos de políticas culturales de futuro. Lo que se respira este primero de junio es que existen posibilidades, que vamos a explorar con leyes, reglamentos, decretos y voluntad política y necesidad cultural solventar todos los problemas, que siguen siendo muchos y algunos, a mi entender, graves por incidir en la esencialidad de las artes escénicas.

A todos los que, desde la gestión, desde los escenarios y la dirección y producción, y si alguien como espectador o espectadora no vinculada profesionalmente a ello, les rogaría se explicaran, nos transmitieran sensaciones, nos aportaran los datos de su experimentación para ir avanzando conjuntamente. Ahora sí que parece más sensato despedirse con ese grito constructivo y esperanzador de: ¡Nos vemos en los teatros!