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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Existe, en el mundo de la actuación, necesidad de enamoramiento. Los espectadores se enamoran de los actores y los actores del director. Desconozco por qué. Igual se debe este fenómeno a eso que llaman la erótica del poder: amo a quien está por encima de mi. Así, quien mira desde la butaca no tiene otro remedio que rendirse ante la gigante beldad que pisa las tablas. Y a esa belleza, que no es tan grande cuando baja del escenario, no le queda otra que rendirse ante quien le indica lo que hacer para ser diez centímetros más grande.

Enamoramiento, admiración y entrega: en su mundo laboral, actores y actrices buscan depositarios de estas tres cositas. Personas que sean capaces de guiarles y modelar su material humano hasta alcanzar cotas inesperadas. Buscan a los directores y directoras que tienen la llave. Llaves maestras para abrir puertas nuevas, nuevos vuelos, más rendimiento, mejora continua, vuelcos de la imaginación, voces inesperadas, temblores vitales y desarrollo de nuevas capacidades.

Misteriosos vínculos afectivos se crean entre las personas que trabajan con la materia de lo humano o con lo humano como materia. A menudo, se tiene la necesidad de un guía. Esto conlleva el riesgo de desarrollar una dependencia hacia la persona que indica el camino. A su vez, las personas que indican caminos desarrollan una dependencia también. Necesitan que les necesiten, que les admiren, que se enamoren de ellos. Terreno farragoso este, en el que muchos nos movemos.

Tener mentores o mentoras es buena cosa, pero conviene aprender a ser maestro de uno mismo, a ser directora de una misma, además de actriz o trabajadora. Dirigirse también es saber identificar las necesidades propias y saber decir: "en este momento quiero trabajar con tal o cual persona"; o bien: "estos son los mensajes u obras con las que deseo trabajar". Se trata de llegar a un punto en el que la necesidad de entrega a un tercero desaparezca para pasar a conquistar la propia libertad sin caer en la auto-complacencia o en auto-enamoramientos narcisistas. Es decir, de dejarse de historias y entregarse a la Cosa con mayúsculas.

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