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Vie, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Ya lo decía Paracelso: no es la sustancia, es la dosis la que hace al veneno. Un medicamento en la dosis adecuada puede curar o al menos mitigar una enfermedad, pero administrado de más puede ser mortal. Todo es tóxico si se alcanzan dosis excesivas. Y esto es válido no sólo para las sustancias químicas. Cada cualidad humana encuentra su lado enfermizo si se exprime obsesivamente. La perfección, la sensibilidad o el amor, sin ir más lejos, pueden ser letales si no se calibran en su justa medida. Y probablemente calibrar con justicia es la cualidad humana que más escasea. El ser humano tiende al exceso como el pez al agua. En nuestra natural tendencia a la desmedida podemos aficionarnos compulsivamente a cualquier cosa que nos rodea. Tanto que decir que somos la especie más adicta de la historia probablemente no sea ningún exceso. En nuestras manos cualquier nueva actividad se convierte en una droga en potencia. Miremos alrededor: a día de hoy hay personas enganchadas al teléfono móvil, a Internet, al gimnasio, a la comida basura, e incluso a la cirugía estética. Ya ven, somos capaces de pasar de rosca cualquier tornillo.

Puestos a hablar sobre los excesos y las consecuencias dañinas que acarrean, el humano es capaz de enfermar hasta de belleza. Y esto, aunque el tema lleve a ello, no es una exageración. Enfermar de belleza fue lo que le sucedió a Stendhal, al famoso escritor francés, cuando visitó Florencia allá por 1817. Al entrar en la Basílica de Santa Crote, tal fue el aluvión de belleza que le sobrevino que el pobre Stendhal salió de allí con taquicardia, vértigos y una profunda desazón. Lo sabemos porque así lo dejó escrito en uno de sus libros de viajes. Pero seguramente no fue el primero en padecer una indisposición causada por demasiada belleza y tampoco el último. Desde que Stendhal lo describiera, se han conocido numerosos casos de personas que han sufrido una reacción similar al exponerse a obras de arte de una belleza hiperbólica. Por eso actualmente, al cuadro clínico que se presenta como consecuencia de una sobredosis de belleza se le conoce como Síndrome de Stendhal.

Hablamos de enfermar de belleza y, llevado al terreno que hoy nos interesa, ésta puede ser una buena expresión para definir lo que sucede en ciertas creaciones. En busca de un patrón concreto de belleza, a la caza de un determinado patrón estético, hay creaciones que se quedan sólo como una imagen. La imagen, pulida y trabajada hasta el extremo, puede ser agradable a la vista, pero si en su reverso no guarda nada más, si por el afán de hermosura se han descuidado los demás elementos creativos, la creación no despega. Nos encontramos ante un viaje que se aborta en la salida.

Hace poco una gran directora de la que he visto espectáculos profundamente bellos, decía que crear escenas bellas es relativamente fácil. Lo decía con la sonrisa de quien se guarda otras palabras suculentas en la boca que no revela. ¿Qué quería decir con eso de que crear belleza es relativamente fácil? No llegué a preguntárselo específicamente, pero intuyo que se refería a que lo verdaderamente difícil no es crear algo simplemente bello, sino crear una belleza que venga sustentada por una determinada necesidad interna. La armonía formal de una creación resulta más atractiva cuando se hunde en una raíz, cuando oculta un sentido, cuando no es un fin en sí mismo sino un medio, una agradable aduana por la que se transita para llegar a otro lado. La belleza que no es superflua tiene grietas por las que se descubren terrenos que no se aprecian a primera vista. Allí aparecen significados encontrados, reivindicaciones soterradas pero firmes, el desgarro, la incomprensión hecha grito, la crueldad que busca justificación sin encontrarla o la nada que quiere desesperadamente apuntar hacia algo. La belleza sin más es sólo una pared, un muro, para que trascienda como arte necesita bisagras que la conviertan en la puerta de un cobertizo. La belleza en arte debería ser continente de un contenido.

Enfermamos de belleza cuando perseguimos ser sólo bellos o hacer algo sólo bello, sin reparar en que el arte tiene otras muchas dimensiones igual de atractivas que nada tienen que ver con determinados patrones de belleza. Ello no significa que toda obra bella sea insulsa; lo es aquella que preocupada solamente por la apariencia, desprecia el resto de las dimensiones que se le presuponen al arte. De la misma manera que no todas las personas bellas son anodinas por definición, lo son aquellas que de forma obsesiva se preocupan exclusivamente en tener una bella fachada. ¿Se puede enfermar de belleza? Claro que se puede. Tenemos talento para intoxicarnos con cualquier cosa, podemos intoxicarnos hasta de aburrimiento si insistimos abusivamente en no hacer nada. Y acabamos aquí, no vaya a ser que con tanto exceso a vueltas terminemos con los ojos hinchados de tanta palabra.