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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Además de los botones, en costura existen los corchetes, que son enganches macho-hembra. Constan de una parte en forma de gancho y otra en forma de anilla. ¿Adivinan cuál es cuál? Independientemente de la rama que se acaba de abrir con la pregunta y que engarza perfectamente con esa otra que lanza abiertamente Marianella Morena desde su sección, existe algo en la idea del corchete que mucho tiene que ver con la búsqueda que el ser humano hace hacia el saber, el arte, la cultura o la propia vida.

En nuestros periplos vitales, las personas nos enganchamos a cosas en distintas fases de la existencia: Noches de vino y rosas sin perdonar una luna, la pesca submarina, un autor determinado al que devoramos en forma de todos sus libros, músicas que nos acompañan durante un invierno desde el desayuno hasta la cena, coches que corren, drogas que suben, un deporte. Determinados profesores que abren puertas a nuevos caminos que recorrer. Una estética, ciertos amigos, las calles de una ciudad y hasta los parroquianos de un bar.

A veces, nos montamos en la estela de otras personas como surfistas que cabalgan una ola. Otras, obligamos a que tiren de nosotros como carros remolcados. En ocasiones trotamos a la par con alguien, entrelazados los brazos a las cinturas. En otras, vamos trenzando camino, como delfines juguetones que saltaran superponiendo presencias. A veces, llegamos a entendernos tan bien con alguien como para llegar a estar en la misma longitud de onda.

Pero estas sintonizaciones no son eternas. A estas alturas del camino recorrido, las enseñanzas que hablan del desapego a las cosas y la aceptación del cambio constante en nuestras vidas nos han dejado de sonar a chino. Así, logramos aceptar sin resquemor que aquella persona que fue uña y carne se convirtiera en uñero para pasar después a la categoría de entrañable conocida. O bien, nos permitimos acercarnos a aquella otra con la que se generaban, al principio, grandes interferencias, tan molestas como la dentera que provoca el chirriar de la uña contra una buena pizarra.

Así, sucede en general en la vida y el trabajo y en el arte en particular: que nos vamos enganchando y desenganchando a personas, movimientos, perspectivas, formas de llorar y reír la vida. Y lo mismo sucede también en los grupos teatrales, que no son más que pequeños mundos en miniatura, sociedades humanas a pequeña escala. Intuyo que una de las grandes claves de longevidad de un colectivo o de un proyecto laboral con varios socios reside, precisamente, en los enganches que se dan entre los miembros.

Años puedes estar enganchado artísticamente de alguien porque aprendes, te nutre, conjugas, juegas, creces, exploras y amplías límites. Y años también puedes estar alejado de alguien a quien tienes muy cerca. Hasta que sucede que el corchete se suelta. Entonces te toca vagar solo por un tiempo o, al menos, mirar a tu alrededor. Pero como la vida es imparable, pronto saldrás del impasse para formar corchete con otro alguien del que surgirán nuevas vidas escénicas, nuevos cantos, materiales y personajes, vivencias, formas de trabajar y de amasar el arte escénico. Son los enganches entre sus diferentes miembros los que mantienen con vida a un grupo, una disciplina, una sociedad, un país e incluso un mundo.