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Sáb, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Me ha pillado la muerte de Dario Fo en Panamá. He tenido que hacer lo que más odio: un obituario de alguien al que he admirado hasta lo imposible de justificar. Yo dije, y lo repito, que lo consideraba una suerte del Shakespeare del siglo XX. Lo decía cuando los que ahora lo llenan de babas de Wikipedia lo tachaban de comercial, de dramaturgo menor, de comediante que buscaba la risa fácil. Eran quienes no lo habían leído o habían tenido la desgracia de ver alguno de los montajes, que por desgracia también existieron, que lo desnaturalizaron, que intentaron quitarle todo el contenido político de clara adscripción en la extrema izquierda y lo convirtieron en una mala caricatura, aunque siempre la estructura dramática, la perfecta arquitectura con la que dotaba a todas sus obras mantenía todos los juegos escénicos para hacerla viable y muy divertida, siempre. Fo no buscaba el humor catártico, sino el reflexivo, crítico. Estos montajes, a mi entender fallidos, se quedaban en hacer reír y reír. Y eso estaba asegurado.

Pero existe un Fo incuestionable, Grande, como actor, demostrando lo que es la juglaría moderna, como autor, como director, como activista político, como artista comprometido. Una institución teatral de nuestro tiempo que, como suele pasar con estas figuras tan importantes, no crearon una escuela clara, ni sucesores identificables, sino epígonos, seguidores, imitadores con mayor o menor fortuna. Nos tendremos que remitir constantemente a sus escritos teóricos, a sus obras, muchas, algunas muy coyunturales, escritas con la urgencia de un acto político, de una toma de postura ante el poder político, policial o religioso, otras que se han mantenido y se mantendrán eternamente. Quizás su propia sabiduría en al construcción de personajes y tramas le impida (o le proteja según se entienda) que se hagan montajes experimentales, a partir de sus textos para hacer otra cosa muy diferente y contradictoria. Sus obras son de una pieza, completa, cerrada, perfecta en sus funcionamientos internos y en sus resultados externos.

Sus obras propias y aquellas escritas con Franca Rame, la gran compañera, la cómplice, con la que hicieron una carismática pareja de teatreros, de artistas que con la calidad y lucidez llegaban a transmitir sus mensajes políticos de manera más eficaz. Y no se debe olvidar que los monólogos escritos para Franca han sido el material que fundamentado un teatro feminista de una incidencia mayúscula. Como director están sus montajes con su propia compañía y sus óperas, que cada vez se convertían en un escándalo por su lectura de los clásicos y su contextualización en la realidad social y política italiana y europea.

Es decir que he tenido que dedicarme a esto dentro de Prisma, un festival de danza contemporánea que anima la vida panameña con la presencia de espectáculos novedosos, de calidad, coreanos, húngaros, italianos, españoles, que sirve para insuflar aire fresco y actual al tejido dancístico local, que existe, que tiene su trayectoria, pero que necesita, como en todos los lugares estos encuentros, con sus talleres y clases especiales, esos visionados de otros lenguajes, de otra s posibilidades de afrontar la danza. Hemos sido testigos de la gran cantidad de jóvenes que disfrutaban de estas propuestas en las que se van viendo la s tendencias en los lenguajes actuales de la danza de hoy. Cada vez más historiada, más teatralizada y eso, lo celebramos en silencio, sin aspavientos.

Tuve la oportunidad de dictar un taller, en un principio sobre crítica de las artes escénicas, que por circunstancias lo dejamos en una suerte de encuentro con periodistas de las secciones de cultura de medios escritos, radiofónicos y audiovisuales. Y de nuevo se comprueba una realidad parangonable en casi todo el mundo, aunque en lugares donde no ha existido tradición, eso lleva a un desierto. No hay interés por la cultura en los medios, no hay especializaciones, la crítica es un vago recuerdo, acaso la crónica o la nota de estreno considerada como un acto publicitario. Hay mucho trabajo por hacer, e insisto en una percepción: en todos lo lugares se creen (nos creemos) que están en las peores condiciones. Y no siempre es cierto. Lo que sí es cierto es que se ha devaluado tanto el periodismo, los medios de comunicación son ahora mismo algo tan previsible y partidista en lo económico y político que es urgente se encuentren las maneras de llegar a una ciudadanía interesada con algún espíritu crítico, es decir que exista buena información y si e s posible una posterior opinión argumentada y fundamentada.

Son muchas más las impresiones recibidas en esta semana panameña, algunas genuinas y otras muy extendidas, alguna que es una suerte de constante: este festival, como tantos otros, se hace por la ilusión, el empecinamiento, la tozudez de dos personas practicantes de danza contemporánea que dejan su vida por intentar aumentar el nivel de la danza en Panamá y en toda la zona y que buscan los recursos públicos y privados para que se pueda realizar cada año esta ventana al mundo. Este milagro aquí lo logran Analida Galindo y Ximena Eleta de Sierra, con la colaboración de varias instituciones, entre ellas el Instituto Nacional de Cultura y canalizado por la Fundación Prisma Danza.

Así es casi todo, entre dos océanos, como este istmo y como la vida misma, un obituario y una epifanía.