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Dom, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Leí con atención el Mensaje del Día Mundial de Teatro de este año. En la primera impresión, la verdad, se me frunció el ceño. Sin saber muy bien por qué esa idea tan bella del teatro como poderoso vehículo para la paz despertó en mí una mezcla de incredulidad y escepticismo. Aún entendiendo que el Arte Escénico, desde su significante pequeñez, puede acceder a muchos estratos de la gran vida social y política, me pareció que en el escrito su capacidad para promover la concordia y el buen entendimiento entre los humanos estaba sobredimensionada. Al dejar macerar la sacudida inicial, sin embargo, me vinieron otras ideas que pusieron en otro contexto mi perspectiva. El texto era de Jessica A. Kaahwa, mujer de origen ugandés, y mirado con otros ojos intuí que, dada la compleja realidad socio-política que vive su país, el mensaje era un valiente acto de compromiso, una loable manera de defender la necesidad del teatro en situaciones donde los conflictos bélicos arrasan la fe en el ser humano. Una reflexión que además denunciaba, sin retóricas ni paños fríos, la incongruencia de las grandes instituciones que estando a la cabeza del mundo lo hacen todo como el culo.

Fue virar el sentido de mis pensamientos y acordarme de Augusto Boal –quien, por cierto, ya escribiera el Mensaje del año 2009– y su Teatro del Oprimido. Instituido actualmente en una red internacional que opera en todo el mundo, el Teatro del Oprimido es una plasmación práctica de aquello que apuntaba Kaahwa: una forma concreta para que, a través del teatro, las personas y las comunidades desfavorecidas tomen conciencia de su injusta situación y puedan poner en marcha soluciones para revertirla por medios pacíficos. Me acordé poco después de los Pallasos en rebeldía y sus actividades en Palestina, Chiapas o Sahara. Y también de otros payasos anónimos que acuden a lugares devastados por la pobreza y la violencia, y convierten la sonrisa en el primer síntoma de la esperanza. Me acordé de todos ellos y admiré a las personas que ante la destrucción y la sinrazón, ven en el teatro una fuente de reconciliación y un estímulo para la cohesión social de los pueblos.

Vagaban plácidamente estos pensamientos por mi mente, cuando al abrir el Facebook –ese gran patio virtual que acoge tantas voces– quedé perplejo al leer que Leo Bassi y el rector de la Universidad de Valladolid habían sido denunciados por calumniar a la iglesia. Un supuesto delito que se cometió durante una representación teatral programada por dicha Universidad y llevada a cabo por el actor italiano. El hecho de que se pusiese en tela de juicio un derecho básico como la libertad de expresión me soliviantó; aunque, secretamente y al mismo tiempo, celebré que el teatro, tal y como Bassi lo plantea, todavía pueda seguir siendo un foco de protesta, de revuelta, de inconformismo, un espacio desde donde remover las conciencias.

Y como con esto del Facebook uno puede estar al día estando al segundo, casi inmediatamente después de enterarme de lo sucedido con Bassi, apareció una noticia no menos sorprendente: el PP de Valencia sopesaba denunciar la obra "Corrüptia" de la compañía catalana Teatre de l´Enjòlit e impedir su representación en un teatro municipal. La obra, como tal vez recuerden pues la cité en este mismo espacio, es una sátira política sobre la corrupción y ya fue censurada hace unos meses en la localidad de Xàtiva. La razón de este nuevo atropello es la misma: el partido político en cuestión trata de torpedear la representación de la obra, pues tiene una lectura nada complaciente con casos como el reciente "Gürtel". Nuevamente quedé enrocado entre sentimientos contradictorios: por un lado me irritaba la posibilidad de que un partido político pueda promover la suspensión de una obra de teatro; y por otro lado me alegraba porque la compañía se había encontrado, sin ellos quererlo, una inmejorable manera de promocionar su espectáculo.

Ya lo ven, el Arte Escénico tiene la asombrosa capacidad de abarcar dos objetivos opuestos sólo en apariencia: la promoción activa de la paz y la convivencia, y también la agitación y la denuncia libre y abierta. Y así, con un ala blanca y otra negra, es cómo el teatro surca los cienos. Los cienos, sí. Con "n". Y es que si hay arte quizá sea porque no hay paraísos ni cielos.

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