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Jue, Ene

Y no es coña | Carlos Gil

Filomena interrumpió una edición del Salón Internacional del Libro Teatral que venía ya trastocada por la pandemia. Se clausuró en las fechas inicialmente fijadas, y este pasado fin de semana, arrancó y la nieve, la tormenta, las circunstancias climatológicas realmente excepcionales la dejaron en un intento sin concluir. Las condiciones para su celebración ya venían muy estrictas, aforo, estancia, presencia. Pero existe una ilusión inveterada, una cierta voluntad a prueba de circunstancias adversas que nos empujó a su celebración. Fue, un visto y no visto, como queda ya dicho, pero podemos intentar hablar, una vez más, sobre el libro teatral.  

 

En mi multifuncionalidad como autor, director, editor, librero y difusor, mi actitud varía de manera externa a mi mal carácter o mi estado de bondad amorosa. El Teatro también se lee es un eslogan apreciado, potenciado, pero a veces parece insuficiente. Las contradicciones son inmensas. Un famoso poeta y cantante en los salones del libro decía: “menos leer y más comprar”. Digamos lo que digamos, no se ha conseguido que se lea teatro más allá de los currículos en escuelas, institutos y universidades y en profesionales del ramo, ya sea de la filología, la interpretación u otros gremios fundamentales como dramaturgas o directoras. Nadie compra una obra de teatro para regalar en fiestas, a no ser que el halagado sea del gremio. Y esa deficiencia se arrastra no solamente en el mundo editorial, sino en todo el ámbito cultural que debería cobijarnos.

Ha variado mucho el panorama. Han surgido muchas editoriales nuevas, o con una vida relativamente corta. Algunas se han instalado de manera inequívoca, han logrado tener un catálogo vinculado a lo emergente, o a lo que se estrena en los escenarios madrileños. Excepto una línea editorial importante en el terreno del pensamiento, la teoría o la práctica, y el teatro clásico, no hay grandes grupos editoriales interesados en las dramaturgias no censadas por el éxito o por pertenecer a escritores reconocidos en el extranjero o con una larga trayectoria en la novela. Son, Somos editoriales pequeñas, o medianas en el mejor de los casos. Nuestro caballo de batalla es la distribución y la venta. Y eso no depende de la edición, sino del mercado. Y el mercado es muy tozudo y selectivo. O se venden los libros o no ocupan ni un milímetro de las estanterías. Y con editar, sacar una nota en las redes sociales y abrir venta directa por internet, normalmente, no es suficiente ni para cubrir gastos. A no ser que estemos hablando de una de esas cosas feas de las que nadie quiere hablar, que es la autoedición camuflada, en ocasiones con mentiras y promesas incumplidas. Editar con el dinero del autor o autora debería inhabilitar a quien lo propone y quien lo acepta. 

Hoy, editar es una función muy artesana, casi personal. Se puede maquetar en la casa del editor ya que existen multitud de programas que lo permiten. Y la imprenta, que era donde existían barreras económicas a veces infranqueables, ha bajado los costes de manera abismal. La edición digital en papel nos libera de grandes inversiones y, sobre todo, de grandes almacenes. Eso explica, de alguna manera, la cantidad de títulos que salen en estos últimos años. Nadie confiesa sus tiradas, pero se intuye que son cortas. 

Mirada la cuestión desde una librería especializada, Yorick, podemos detectar la auténtica funcionalidad en el mercado de tantos títulos. Porque, digámoslo otra vez, Shakespeare, Calderón o Lope siguen siendo los grandes vendedores. Por razones de estar en los currículos escolares. Después entrarían García Lorca, Brecht, Williams, Ibsen, Chejov y en los más cercanos Lidell, Rodrigo García y, destacado, Juan Mayorga, son los que mantienen un nivel de ventas suficiente. Cada año o temporada hay libros que alcanzan un nivel muy bueno. Tanto de los reconocidos del finales del siglo XX como de algunos que han conseguido notoriedad en los escenarios en los últimos años. Y ahí hay una nómina amplia y variable.

Otro caso es la teoría y la práctica. Insistimos en la idea muchas veces mencionada. Yorick, sin este apartado, especialmente por traer novedades de Latinoamérica de manera constante, no sobreviviría. Los textos dramáticos no son la parte fundamental de nuestra actividad mercantil. Y lo podemos asegurar en doble vertiente, también como editores. El Premio Internacional de Investigación Artez Blai, nos depara más fluido que los textos dramáticos que editamos, aunque algunos sean de premios importantes. Es así. Quizás los estudiosos, los investigadores, sean los más lectores, pero, además, los más compradores. 

Por eso este mundo de la edición de libros teatrales tiene que atravesar muchas líneas rojas, azules y verdes. La competencia de las instituciones que editan las obras que estrenan en sus producciones, es algo que se debería considerar. Porque con el dinero de sus presupuestos estatales pueden editar el número que les parezca bien, venderlos en sus propios locales y en las convocatorias abiertas de ayudas a la edición de libros del mismo ministerio, las condiciones sean de imposible cumplimiento por el número que exigen de ejemplares a editar. Más, en todos los casos, que los que edita el propio CDN. Paradojas o no, son problemas que se añaden.

La edición parece garantizada. Existen individuos, colectivos, que insisten en la ruina. No hay condiciones de distribución, no existen ayudas para la difusión, pero no pasa nada, ahí estamos, tan contentos, colaborando a la felicidad pasajera de autoras o autores emergentes, que si tienen recorrido y triunfan abandonan a los que les han dado su primera oportunidad. No sé si nuestra misión es dejar constancia de unas dramaturgias variadas que a lo mejor no tienen vida en los escenarios. Sí se nota, en el día a día librero, una demanda no atendida: las traducciones de éxitos comerciales extranjeros, no se editan. Aviso para oportunistas.

Esperemos que este año, la edición correspondiente a este 2021 del SILT se haga en tiempo y forma adecuadamente. Porque el esfuerzo que la dirección y trabajadores de la AAT que lo organizan se ha hecho por duplicado y ha sufrido dos circunstancias adversas que lo dejan casi invisible. Allí estaremos. Bueno, estaremos antes, para que sientan el aliento de la responsabilidad de quienes siempre hemos estado en este salón desde sus inicios. Seguirá siendo ese lugar donde se puedan ver cientos de títulos de obras y pensamiento. Imprescindible.