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Mar, Sep

Entrevistas

Un poeta de la música

 

Ángel Carlos Álvaro Martin del Burgo (Bilbao 1996) se ha revelado tanto como un excepcional pianista y, desde los últimos años, como compositor, sino también como un artista que se mueve por todo el territorio del arte que es para el una forma de entender al ser humano y al mundo. Empezó su formación de pianista con E. Ernand y E. Aguado. Actualmente estudia en el CSKG, como alumno becado en el Concurso al Talento de la Fundación Katarina Gurska. Es alumno de M Gurkova además de trabajar con los maestros A. Yaroshinsky, J. Soriano, C. Viana y N. Rodiles entre otros. Ha actuado en salas como el Auditorio Nacional, los Teatros del Canal, el Auditorio Ciudad de León, el Centro Conde Duque, Centro Cibeles y ha tocado como solista con orquestas como la O. Sinfónica Amaniel, la Joven Orquesta Leonesa y la Joven Orquesta de Málaga. Paralelamente a su carrera de pianista estudia Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y se dedica a la literatura, el ensayo y la poesía. Ha publicado en Paideia, Incipit Philosophia y en la editorial Cuadernos del Laberinto. Ha sido galardonado con varios Premios nacionales e Internacionales. 

Irène Sadowska – ¿Cuál fue tu primer repertorio cómo pianista? ¿Cómo se ha desarrolló ?

Ángel Carlos Álvaro – Desde el principio estuvo bastante abierto a toda la música desde Bach hasta compositores vivos. Hay compositores con los que siento muchas afinidades. Bach es el primero, Chopin y también me gustan muchísimo Beethoven y Brahms y el mundo íntimo de Schumann y de Schubert que tiene esta sencillez como de campesino y pero al mismo tiempo refinado.

Después profundizando en la música rusa he introducido en mi repertorio Schriabin, Stravinski y por otro lado Ravel.

En cuanto a los compositores vivos pienso particularmente en aquellos con los que he trabajado como Sebastián Mariné, el portugués británico Cesar Viana, David del Puerto y otros como el compositor americano Paul  Schoenfield que se inspira para sus obras en la música judía y clásica.

 

I. S. – ¿Y la música española?

A. C. A. – Debo reconocer que he llegado a ella más tarde. He tocado Albéniz, Granados con el que me he sentido muy cómodo porque creo que Granados como Chopin es un compositor que escribe en primera persona, que habla del amor y la muerte como quien lo conoce de veras y lo cuenta como una confesión.

Quizás Granados está un poco a la sombra de Albéniz. Hay que defenderle mucho. La música española es uno de los patrimonios más ricos que hay. Es una música descuidada por parte de los propios españoles.

El renacimiento español por ejemplo es una de las mayores maravillas y tienen que venir los coros ingleses para cantarla.

La música barroca también es riquísima, muy fresca, muy viva y incluso la música para piano, deben ser defendidas.

 

I. S. – En los programas de tus conciertos destacan las obras de Chopin y de compositores rusos como: Rachmaninov, Stravinski, Chostakovic, Katchaturian. ¿Tienes una afinidad particular con la música rusa?

A. C. A. – Primero me interesó la literatura y luego la música rusa. Es un repertorio que he conocido más tarde que otros. Una música muy distinta del resto, de mucha emoción, de mucha sinceridad, de líneas largas, como una llanura que sigue y sigue, con muchos colores, con harmonías propias, folclórica, y sobre todo muy interior, poética.

 

I. S. – ¿No piensas que hay algo de similitud entre Katchaturian y Granados?

A. C. A. – Desde luego que sí. La búsqueda del idioma nativo propio de la tierra. Los dos utilizan muchos elementos de danza, del ritmo del país, buscan melodías y canciones, casi parece que tienen letras.

Eran grandes músicos que intentaban fusionar lo antiguo con una voz muy propia.

 

I. S. – ¿Cómo eliges las obras para tus conciertos?

A. C. A. – Elijo las obras junto a mi profesor pensando no solo en las obras en sí mismas sino en cómo se relacionan entre ellas.

 

I. S. – ¿Puedes comentar los vínculos entre la música, la filosofía y la poesía en tu recorrido artístico?

A. C. A. –Siempre pensé que el arte es uno y que la filosofía tiene que estar también muy pendiente del arte.

Para mi la cuestión filosófica es una pregunta que necesita volver a ser hecha porque necesariamente fracasa por la propia naturaleza de la pregunta. La pregunta por el ser cuestionada ya por los griegos, Platón, Aristóteles, es la misma que retoman Kant, Heidegger.

Y cuando preguntamos por el ser del hombre en el mundo el arte puede siempre ayudarnos.

El arte es una cuestión profundamente humana. Lo que ocurre es que el arte no es explícito. Es un entrelazado de los misterios del hombre que le pone en relación consigo mismo a través de lo velado, a través de las máscaras.

La filosofía pregunta por el ser y por el hombre como dice Platón, desde fuera de la polis. Supone en cierto modo una detención, un suspender el tiempo, las preocupaciones, las perturbaciones humanas y desde allí preguntar y plantear.

El arte es todo el contrario. Es una inmersión. El arte nace vinculado a los chamanes, a los rituales. Tiene muchos componentes sociales y desde este mundo propone otros mundos.

Mondrian cuando pintaba sus cuadros de simetrías cuadriculadas decía: el arte restituye el equilibrio del que la vida carece.

El arte es uno: la literatura, la música, la pintura, la danza, son distintas expresiones del hombre que suponen siempre una búsqueda.

Hasta el siglo XVIII las artes formaban una unidad que se recupera ahora con el concepto del arte moderno.

Cuando Wagner busca la obra de arte total va en esta dirección.

Y mucho antes, el nacimiento de la ópera es un volver a Grecia, a la tragedia con la música, el baile, las máscaras, el canto.

Cuando hablamos de Japón, del teatro No o Kabuki, etc. esta unidad de las artes siempre existió en la cultura japonesa.

 

I. S. – ¿De qué forma se ha impuesto la composición en tu carrera de pianista? ¿Cuáles son tus inspiraciones e influencias ?

A. C. A. – Compongo música desde hace dos o tres años y la estoy interpretando en público a partir de este año.

Componer música llegó más tarde que escribir poesía. Escribir música exige mucha disciplina y mucho trabajo.

El arte empieza con lo que la vida ya no lleva. Lo que quiero decir con esto es que no supe darme cuenta de que lo que escribía era algo que había sentido y que me había pasado). En cualquier caso ahora eso no me importa.

Beethoven era sordo cuando compuso sus últimas obras, quizás esto le condicionaba.

Cuando escribo la música es algo siempre imprevisto, igual que cuando escribo poesía. Yo improviso y cuando algunas ideas, temas, frases, me gustan los anoto.

No busco una estética particular, tengo obras de estilos muy distintos.

Creo que el compositor tiene que ser totalmente libre, no buscar influencias, no complacerse en las tendencias. La tragedia que vivía la música no es por que las estéticas de los años 70, 80 sean atonales u otras, sino porque eran músicas exclusivamente racionales. La música y el arte tienen que atraer por igual al intelecto y a la emoción.

¿Quién es más emocional que Schönberg? Lo que tienen que buscar la música y el arte es que el hombre se reconozca en ellos.

Hay un punto común en mis obras, es crear un ambiente, dibujar un paisaje que despierte la sensación de una alusión.

 

I. S. – ¿La poesía y la música están para ti inextricablemente unidas?

A. C. A. – Creo que la música nace como un recurso para extender la palabra. La poesía es una mirada al interior, es musical no visual.

Lo esencial es el sonido.

Me interesa reivindicar que la música es también literatura. Insistir en que la música es un discurso y muchas veces un discurso narrativo. La melodía no tiene palabras pero tiene la prosodia del agua. El barroco es la demostración de los afectos, la retórica de los sentimientos. El clasicismo, por ejemplo la forma de sonata, tiene su paralelismo en el teatro, el discurso narrativo con distintas tonalidades, temas que hablan como si fueran personajes. Hay un conflicto de tonalidades, de harmonías, instrumentos, de líneas melódicas, hasta una resolución.

 

I. S. – En tus conciertos tienes una forma particular, poética, de llevar al público al alma de la música, a las imágenes sonoras, paisajes emocionales de la obra que vas a interpretar. No es una explicación sino una sensación poética como una invitación al viaje…

A. C. A. – Lo hago siempre que el contexto lo permite, como conciertos en teatros o en salas más íntimas, apropiadas para este tipo de contacto. Creo que cuando un músico está en concierto tiene que buscar la mayor máxima comunicación con el público.

Confieso que hablar de las obras antes de interpretarlas

me ayuda para penetrar en su significado, en el estilo, etc.

No se trata de condicionar en absoluto lo que escucha del público, sino de abrir más puertas, encender las luces.

Creo que eso ayuda mucho porque la música puede parecer inaccesible y quiero demostrar todo el contrario.

Para escuchar una obra no hay que saber nada, ni su historia, ni como está compuesta o que harmonías tiene etc.

La labor del intérprete es la búsqueda de la autenticidad. No conformarse con la apariencia, no ejecutar solo lo que está escrito sino revelar la esencia, la verdad de la música que buscaba el compositor y que el intérprete ha encontrado por sus propios medios y con su experiencia.

Cada interpretación puede ser distinta.

 

I. S. – ¿Quiénes son tus modelos en la interpretación pianística?

A. C. A. – Yo siempre he buscado no tanto modelos sino referencias. Uno puede admirar a un artista y su interpretación pero tampoco podemos tenerlo como modelo de una verdad absoluta.

Si tuviéramos un modelo como referencia única y absoluta entonces nos convertiríamos en meros imitadores.

Escucho a muchísimos pianistas. Para mi Grigory Sokolov es desde luego la excepcionalidad, alguien que trasciende todo y tiene su esfera propia. He admirado también a Zimmermann. Hay que aprender mucho de Glenn Gould, sobre todo la frescura de ideas.

 

 

Artez - La revista de las Artes Escénicas

 
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