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Sáb, Dic

Nuevo look y nuevos retos del Festival de Otoño a Primavera de Madrid

Sucediendo a Ariel Goldemberg en la dirección del Festival de Otoño a Primavera, Carlos Aladro presentó el pasado 20 de septiembre la trigésimo quinta edición del Festival y las principales líneas de reorganización y reorientación del rumbo de este emblemático evento teatral madrileño que estos últimos años estaba perdiendo fuerza. A partir de su trigésimo sexta edición 2018, el Festival, que actualmente se extiende a toda la temporada, lo que afectaba su visibilidad, retomará su calendario original de otoño.  La programación 2017 / 2018 prefigura sus nuevos retos.

La 35a edición del Festival de Otoño a Primavera, más condensada, que se inaugurará el 19 de octubre 2017 con Terrenal de Mauricio Kartun y finalizará con Elvira de Toni Servillo (del 19 al 21 de abril 2018), ambas, obras de dos grandes veteranos de la escena, presenta 11 espectáculos de teatro, danza y performance de artistas de 10 países, Argentina, Suecia, México, Reino Unido, Bélgica, Francia, Portugal, Italia, Suiza, España, repartidos entre 5 espacios madrileños de referencia : Teatros del Canal, Teatro de la Abadia, Sala Cuarta Pared, Pavón – Teatro Kamikaze y la Casa Encendida.

En el cartel artistas de reconocido prestigio como Mauricio Kartun, Anne Teresa de Keersmaeker, Toni Servillo o la española Sara Molina, también jóvenes creadores atípicos que irrumpen en las escenas con discursos y lenguajes escénicos inclasificables, como Vincent Macaigne, Marten Spangberg y la compañía británica Gecko, y compañías ya conocidas por la excelencia de su trabajo : como Los Colochos y do Chapitô que reinventan los clásicos bajo el prisma contemporáneo o la Joven Compañía con su visión más metafórica de Fundación de Buero Vallejo.

Irène Sadowska – Tu primera programación 2017/2018 del Festival puede ser considerada como un manifiesto de la refundación de su identidad y de sus retos. ¿Es una edición transitoria?

Carlos Aladro – No es transitoria, sino una programación que inicia nuevos retos del Festival. A partir de 2018 el Festival retomará el nombre y el calendario original de Otoño. En cuanto a su identidad, considero el Festival como un espacio que genera altos riesgos artísticos en el contexto con garantías para el público. Es decir el trabajo de un artista estética o subjetivamente puede gustar más o menos pero el Festival garantiza la calidad, la honestidad, la fiabilidad y la belleza intrínseca de su obra. Mis objetivos son, por un lado seguir con los maestros reconocidos, los artistas que gozan de una historia y de un prestigio y por otro lado proponer a los espectadores riesgos controlados, descubrir a los creadores que surgen y las obras poco conocidas que no caben en las tendencias habituales. El recuerdo de mi propia experiencia como espectador del Festival de Otoño me ha abierto los ojos a creadores que no conocía y me ha dado la oportunidad de ver en directo a creadores que conocía solo por los libros o por las críticas. Creo que esa es la misión y la esencia del Festival.

 

I. S. –Dentro de la programación de experiencias arriesgadas se inscribe la performance Natten del coreógrafo sueco Marten Spangberg, una creación inclasificable que será, sin ninguna duda, uno de los mayores eventos del Festival. En algunos aspectos este espectáculo evoca los de Jan Fabre. ¿En qué consiste la particularidad de su lenguaje artístico?

C. A. – La invitación a Marten Spangberg tiene que ver con la recuperación de la colaboración con la Casa Encendida. Su propuesta y su lenguaje escénico se adaptan  idealmente al espacio de la Casa Encendida que tenía también el interés, compartido con el Festival, de traer a este creador, ya consolidado, que lleva muchos años trabajando pero en las periferias de los discursos escénicos habituales. Hace una semana he visto otra obra de Spangberg que se llama Substancia. Es realmente muy radical con su manera de plantear la relación de voyerismo. Hace un juego político a través de una performance  fuera de otros intentos de sorprender y de fascinar al público, invitándole a participar o no de esta mirada. Va más allá de lo que Fabre suele plantear. Fabre trabaja en un concepto de excelencia artística con una gran solvencia estética y Marten Spangberg está en un lado completamente diferente. El público es una pieza más de esta ceremonia en la que no hay grandes dispositivos escénicos. Es un discurso bastante postmoderno, periférico, más políticamente incorrecto. Pienso que es muy interesante combinar en la programación este tipo de discurso teatral con grandes discursos estéticos.

 

I. S. – El frances Vincent Macaigne que viene son su espectáculo En manque también forma parte de estos creadores atípicos, " al margen" que buscan otras formas y lenguajes escénicos…

C. A. –Hace ya mucho tiempo vi uno de sus espectáculos. Fue un choque total. Su teatro es brutal, muy colérico, muy bello, melancólico, muy humano, también muy político. En manque es una puesta en escena muy radical, con la idea de democratizar el arte contemporáneo que no sea un objeto de lujo solo para una elite, sino que con su discurso apela y busca al ciudadano de a pie y le pone en contacto con el mundo de la ficción. En sus piezas está buscando otras relaciones con el arte contemporáneo y con el público. Macaigne ha hecho su camino totalmente al margen, fuera de las tendencias dominantes en un territorio de indagaciones específicas.Su trabajo es un constante cuestionamiento a la vez del teatro y del mundo: ¿en qué consiste esta ceremonia? ¿para qué estamos aquí?  ¿para qué sirve el arte contemporáneo?

 

I. S. – Has programado en esta edición del Festival algunos artistas, valores reconocidos, como la coreógrafa belga Anne Teresa de Keersmaeker. ¿Son referencias imprescindibles que hay que transmitir a los jóvenes creadores?

C. A. – Cuando tienes que pensar en todos los grandes creadores con los que te encuentras por el camino y tienes la oportunidad de colaborar con algunos de ellos, es un privilegio. En este caso me parecía ideal poder contar con Rain, una pieza paradigmática del repertorio de Anne Teresa de Keersmaeker. No es un repertorio fácil y tampoco el público español lo conoce. Estas obras paradigmáticas forman parte de una mirada más histórica o más transversal que quiero conectar con el discurso del Festival. Creo que el Festival tiene su propia transversalidad en el tiempo y cuando detecto que algo puede servir a esta transversalidad me parece importante incorporarlo. También surgen ahora muchas nuevas programaciones de danza contemporánea en la Comunidad de Madrid y nuestras propuestas pueden aportar otras experiencias vinculadas con la historia de la danza como es el caso de la obra de Keersmaeker. Me parece importante revisitar en el Festival una obra paradigmática que representa fundamentos de historia, de ética, de estética del creador. Es también el caso de la obra de Mauricio Kartun.

 

I. S. – Tu visión del Festival está comprometida con el presente y el futuro del teatro. Los clásicos son acogidos con agrado en la programación pero tratados con una mirada actual, como lo hacen la compañía mexicana Los Colochos y la compañía portuguesa do Chapitô. Además con la presentación de sus espectáculos el Festival da una mayor visibilidad a su excelente trabajo, poco conocido y no bastante reconocido en España…

C. A. – Cuando revisitamos a los clásicos lógicamente el dialogo se establece desde hoy. Así Mendoza es una mirada de los Colochos sobre Macbeth, Elvira de Toni Servillo es una mirada sobre una mirada a Don Juan de Molière, un efecto "juanescópico". Es una pieza de teatro contemporánea en la que Toni Servillo se enfrenta a este texto hablando el mismo de la obra del maestro Louis Jouvet en la que este a su vez habla de la obra de otro maestro anterior que es Molière. De esta forma se establece un viaje transversal a la historia del teatro. Mendoza de Los Colochos, como Edipo y Electra de do Chapitô, más que una revisita de los clásicos griegos, son actos de reivindicación y de reinvención. Este tipo de piezas están en un territorio en el que lo clásico deja de ser un patrimonio de las grandes mentes ilustradas para convertirse en un patrimonio de todos. Los clásicos en su época eran historias profundamente populares que hablaban a un público muy amplio. Las dos compañías aunque hasta ahora marginales, tienen una repercusión tremenda y creo que su trabajo inteligente, coherente con muchos niveles de lectura, merece un reconocimiento.

 

I. S. – El objetivo del Festival es ampliar y crear nuevo público. Tu programación me parece menos elitista y más descubridora, más abierta, pero con propuestas innovadoras muy exigentes, a veces radicales, sin concesiones…

C. A. – Tengo experiencia habiendo dirigido durante varios años el Teatro del Corral de Alcalá de Henares que tiene prácticamente el mismo público. Mi pregunta esencial fue ¿cómo sacarle de su zona de confort, abrirle a otros lenguajes, otras experiencias, formas de hacer teatro y que esa pasión que tiene por el teatro crezca y se transforme? Asumo la dirección del Festival de Otoño con la misma pregunta. Creo mucho en la inteligencia del público porque me parece que ir al teatro en el siglo XXI es un ejercicio de necesidad interior de las personas que tienen vidas corrientes y que eligen ocupar una parte de su tiempo, dedicando su dinero y su capacidad de atención para quedarse en las salas oscuras. Es un fenómeno milagroso y hay que cultivarlo, proponiendo al público miradas y experiencias diferentes cada vez. Es decir la sorpresa . Todas las sensaciones como el placer de descubrir, el susto etc… han de provenir siempre de fuente desconocida. Con las sorpresas se renueva la vocación de espectadores apasionados y eso reverberando acaba creando un nuevo público. Se produce algo así como la renovación de los votos. Creo que un Festival como el Festival de Otoño, con un público consolidado, tiene que renovar su discurso y sus votos con nuevas posibilidades, con ambición de democratizar el arte contemporáneo hacia los espectadores nuevos o diferentes. Eso ocurre también con la trayectoria de un artista.

 

Irène Sadowska

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