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08
Dom, Dic

"El Salón debe ser un punto de encuentro profesional”

 

Carlos Gil Zamora

 

Del 15 al 28 de octubre la Asociación de Autores y Autoras celebrará su XX Salón Internacional del Libro Teatral con el madrileño Teatro Valle Inclán como sede y con amplio programa de actividades diversas. Ignacio del Moral es el actual presidente de esa asociación.

 

En tu segundo mandato al frente de la AAT, ¿cómo resumirías estos años con tantas vicisitudes?

Muchas vicisitudes, en efecto, pero creo que peor lo tuvo mi predecesor, que fue quien hizo de la AAT lo que es ahora. Estos años han servido para, partiendo de lo ya conseguido (a saber, una nueva consideración del autor que pasa de “inexistente” a “indiscutible”, y obtener voz y hasta voto en diferentes instancias decisorias estatales, autonómicas y municipales), ir llevando a cabo una cierta modernización (el cambio de nombre, de “Asociación de Autores de Teatro” a “Autoras y Autores de Teatro” fue, como no podía ser de otro modo, muy discutido, y provocó incluso alguna baja), mayor apertura a colaboración con otras asociaciones (Actores, Directores, la propia ACE, de la que somos sección autónoma), y, sobre todo, la incorporación de un elevado número de autores y autoras jóvenes, que nos han hecho ir actualizando y ampliando algunos criterios. Digamos que, una vez conquistado nuestro lugar en el mapa, hemos tratado de empezar una etapa más creativa y colaborativa.

En el aspecto negativo, la crisis supuso un fuerte varapalo económico y aún no hemos recuperado los niveles de ingresos y la holgura que llegamos a tener. Esto obliga a una permanente “economía de guerra” que resulta muy frustrante, porque no se pueden abordar todos los proyectos que continuamente ponemos sobre la mesa. 

 

A una dramaturga o dramaturgo que no esté en la AAT, ¿qué le dirías para que se animen a participar?

Cuando nació la AAT, hace ya casi 30 años, antes de la eclosión de las redes sociales y otros medios de comunicación interpersonal, el autor teatral tendía a un cierto aislamiento, que conducía en ocasiones al recelo recíproco. La AAT tuvo como primera virtud la creación de un espacio de encuentro e intercambio de ideas y estrategias. Hoy en día la situación es distinta: los dramaturgos se forman en escuelas, están acostumbrados a convivir y compartir, y se comunican ampliamente entre sí (no son inmunes a esa sobredosis de gregariedad virtual propia de nuestros tiempos). En ese sentido, la AAT no les sería estrictamente necesaria para conocerse e intercambiar experiencias o conocimientos. Pero, al margen de ciertos servicios que intentamos ofrecer (recibir información, ofrecer sus obras en “Buscautores”, talleres, posibilidad de participar en el Maratón, en el Certamen “Jesús Campos”, publicar en nuestras antologías de textos breves, Asesoría Jurídica…) creo que asociarse es siempre bueno, tanto por lo que puedes recibir como por lo que puedas sentir que das. Ser parte de un colectivo amplio, variado, al que pertenecen compañeros y compañeras de profesión que militan en otras estéticas, que pertenecen a otras generaciones, saliendo así de la tendencia a relacionarnos sólo con quienes son afines, siempre es positivo.

 

El acto anual más visible es la celebración del Salón Internacional del Libro Teatral, ¿en qué punto se encuentra la incidencia de este evento dentro de la AAT?

Las últimas ediciones fueron sin duda un gran éxito, que ha estado estado a punto de desbordarnos. Lamentablemente, esto no ha servido para que el Ayuntamiento de Madrid haya considerado a la única Feria de Libros dedicada al teatro como digna de ser apoyada, y nos retiró la ayuda bianual, causándonos un serio perjuicio (y después de habernos apoyado años anteriores). El Salón, que está en pleno éxito, va a celebrarse en unas condiciones bastante precarias, que nos van a impedir celebrar nuestra edición número 20 como nos habría gustado.

 

La estabilidad lograda haciéndose los últimos años en el Teatro Valle-Inclán, ¿cómo crees que ha repercutido en su consolidación?

El marco del Valle Inclán, que finalmente nos acogió gracias a los buenos oficios de Ernesto Caballero, director del CDN y autor asociado, ha propiciado un lugar acogedor, elegante, bien situado, perfectamente adecuado en el aspecto técnico. De alguna manera nos ha situado como parte de la programación del teatro, lo que repercute en mayor visibilidad mediática, y ha hecho que el INAEM -que hay que decir que siempre fue colaborador y cordial con nosotros- se vea también como anfitrión. Esto obliga a acuerdos y cesiones, claro, pero el resultado ha sido bastante espectacular. 

Era muy duro tener que buscar cada año una sede para el Salón. Los libreros y editores que nos habéis acompañado todos estos años, y a quienes no puedo por menos que dar las gracias, habéis sufrido en vuestras carnes ese calvario trashumante, con paradas en sedes a veces inadecuadas y hasta inhóspitas.

Afortunadamente, el nuevo director del CDN, Alfredo Sanzol, es favorable a que el Salón continúe celebrándose en el Teatro Valle Inclán. No tenía ninguna obligación, pero, como compañero dramaturgo, ha respondido tan bien como esperábamos. 

 

¿Cómo analizas la eclosión en los últimos años de varias editoriales con clara vocación de atender a la dramaturgia española actual?

Es un fenómeno que me tiene muy sorprendido, toda vez que parecía que la edición teatral estaba condenada a la desaparición. Sin duda los editores son (sois) nuestros grandes cómplices a la hora de hacer que nuestro trabajo llegue hasta donde tiene que llegar, es decir, a las manos de los profesionales para que ellos decidan o no montar nuestros textos.

No cabe duda de que en los últimos años ha habido una eclosión de escritura dramática, con autores y autoras que se implican en los procesos de producción, posibilitando así la visibilidad de sus textos. Esto ha traído consigo la aparición de un público inquieto, que rastrea la programación de las innumerables salas que aparecen en las ciudades y que se siente representada o interpelada por lo que ve en los escenarios. No obstante, que esto se haya traducido en un pequeño pero significativo fenómeno editorial, con la aparición de nuevos sellos editoriales dedicados a nuestra dramaturgia, ha sido para mí bastante inesperado. ¿Quién compra los libros de teatro? ¿Los profesionales? ¿Hay un público que quiere leer los textos que ha visto representados? ¿Vuelve a ser considerado el teatro un género literario más por los lectores? Supongo que un poco de cada cosa.

Y, sin duda, el teatro va recibiendo más atención en las universidades, y además se ofrecen estudios de dramaturgia en más centros, públicos y privados; esto puede provocar también una mayor demanda.

 

¿Vivimos en un espejismo o es cierto que autores y autoras vivos, jóvenes, están llegando a los escenarios en buenas condiciones?

En parte es real, y en parte es espejismo. Lo real, muy real, es que los autores y autoras jóvenes han traído una necesaria vitalidad a la vida escénica. Su carácter luchador, forjado también en el hecho de haber crecido en medio de una grave crisis económica, ha hecho que se las hayan ingeniado para ver sus textos en escena, con compañías afines, que han querido compartir el riesgo. Esto ha propiciado, en efecto, una notable presencia de la joven dramaturgia en los escenarios.

Pero las condiciones en general no están siendo buenas. Son montajes y espectáculos que se llevan a cabo en condiciones precarias, rozando el amateurismo, y que se exhiben de manera igualmente irregular y en condiciones draconianas para las compañías. No me canso de decir que este auge de la dramaturgia ha sido coadyuvado por el trabajo impagable de los actores y las actrices y las compañías, que son quienes de verdad se baten el cobre día a día frente al público, con muy escasa retribución la mayoría de las veces.

En otro lado, existen iniciativas encomiables, aunque siempre insuficientes, como los “Escritos en le Escena” del CDN, que ha permitido a autores y autoras muy jóvenes estrenar en salas del CDN, con plena libertad en todos los sentidos. Esto ha traído consigo espectáculos en ocasiones excelentes, y ha sido un espaldarazo para los autores, muchos de los cuales han iniciado posteriormente unas carreras muy sólidas. Y otros teatros, como el Español, también han sido hospitalarios con proyectos jóvenes y de riesgo.

No tengo suficiente información de lo que sucede en otros lugares -mea culpa- pero el hecho de que tantos autores y autoras acaben recalando en Madrid me hace suponer que la cosa no pinta muy bien.

 

¿La difusión de las obras, tanto estatal como internacionalmente, la consideras adecuada, o es, como tantos otros asuntos, algo muy mejorable?

Sin duda es una de las grandes batallas que tenemos aún que dar. Para ello, es esencial, claro está la traducción y la publicación y distribución de esas traducciones. En los países correspondiente. Desde la AAT estamos propiciando un trabajo de “intercambio” de traducciones con otros países, que incluye la publicación de esas traducciones. También tenemos unas ediciones bilingües de textos breves para jóvenes que sirvan de carta de presentación de nuestra dramaturgia en otros países. Nuestra presencia en otros países (con casos tan notables como Grecia, donde la dramaturgia española tiene fortísima presencia) se debe sobre todo a la labor de algunos traductores y traductoras que han sabido mover sus traducciones pro el medio profesional. Con demasiada frecuencia el mundo de la traducción está ligado casi exclusivamente al ámbito académico, y no trascienden al mundo profesional. No obstante, nuestro teatro tiene gran aceptación en países como Grecia, Rumanía, Checoslovaquia… siempre tengo la sensación de que la Europa del Este es un territorio muy acogedor para nuestras obras.

Nosotros acogemos cada año en el Salón un Encuentro con Traductores que va dando bastantes frutos, aunque los resultados se manifiestan siempre con algunos años de demora. Este año hemos iniciado también un encuentro con productores o responsables teatrales de otros países. Si viene esta edición va a ser casi simbólica, iremos consolidándola poco a poco.

El otro gran campo, claro está, es el de Latinoamérica, donde no es necesaria la traducción. Allí conocen bien nuestro teatro y lo frecuentan. Más que nosotros el suyo, debo decir. En este terreno, la batalla deben darla las editoriales, y deben recibir apoyos para ello. La labor de AECID, y AC/E es sin duda encomiable, pero el texto teatral español -es decir, el libro- debe llegar a las manos de los profesionales latinoamericanos.

 

¿Qué novedades cuenta la edición de este año 2019 en el Salón?

Novedades como tales quizá no muchas. La situación económica nos ha impedido tirar la casa por la ventana como nos habría gustado.

Iniciamos, como he contado más arriba, unos encuentros con productores extranjeros y trataremos de consolidar el Salón como el punto de encuentro de la profesión teatral en que se está convirtiendo, convocando mesas redondas que exceden los temas puramente centrado en la dramaturgia. Vamos a recibir también la visita de alumnos de instituto marroquíes que van a leer textos breves de autores y autoras españoles, actividad esta que nos emociona mucho.

 

¿Por dónde debe crecer este Salón?

El Salón debe crecer por el lado internacional, sin duda. Resulta bastante difícil contar con expositores extranjeros, ya que hay que incentivarlos y carecemos de medios para hacerlo. 

Como he dicho, me gustaría consolidarlo como lugar de encuentro profesional, con los autores y autoras ejerciendo como anfitriones del resto de la profesión. Unos sin otros no somos nada.