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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Procurar la igualdad de oportunidades no debe ser una cuestión que anide en el apartado de la utopía. En estos momentos de descomposición del débil sistema democrático heredero de una transición nada modélica, se nos advierte de que todo lo que hagamos mal o no hagamos hoy, aparecerá como agua fecal dentro de veinte o treinta años. En el campo de la cultura, y muy específicamente, en el de las Artes Escénicas, la situación actual viene de la acumulación de errores y de las malas decisiones tomadas durante los últimos treinta años. Puntualizando, de la inercia como única inspiración, de la autocomplacencia, del abandono de lo fundamental para incidir en lo superficial, en los resultados y no en los procesos, en las cuotas de ocupación y no en la formación de públicos, en la degradación de la enseñanza, en la falta de rigor en las programaciones, del descuido de los críticos, más interesados en su aceptación que en dictar algún criterio de calidad.

Para recurrir a un principio básico, los problemas del teatro, no se soluciona solamente sobre el escenario. Para que exista una actividad artística potente deben existir unas condiciones sociales que la propicien. Un ambiente, una planificación que debe empezar, claro está, por la escuela, pero que debe formar parte de una regeneración política y social que cada vez se nos revela como más urgente. La actual situación de crisis económica está sacando a flote las miserias de un sistema de apoyo a la producción y la exhibición que nos dimos sin atender nada más que a lo inmediato, como si aquel futuro que es nuestro presente no pudiera llegar nunca, y que hoy comprobamos que está obsoleto, que es inservible.

Hoy hace aguas por todos los costados. Los escenarios siguen abiertos, ocupados por espectáculos que llegan ya sin ningún filtro previo. En las escuelas se repiten los esquemas, pero la recesión de producciones desaniman, marginan y alinean. La profesión está salpicada de achaques, de insuficiencias estructurales. Mantener la actividad en estas circunstancias entra entre el milagro o la obcecación. Donde se ha bajado más la exigencia es en la crítica (cuando existe), porque se trata a lo visto con una condescendencia o paternalismo que no augura nada bueno.

Si todo vale, nada va a servir en poco tiempo. Probablemente sea imposible encontrar la equidistancia que sirva para conjugar el derecho a todos para hacer teatro, con el deber de algunos para marcar unas reglas del juego para que no se rebaje demasiado la exigencia mínima para acceder al capítulo de acto cultural y artístico. La escuela es fundamental, la educación básica general, tan maltratada y desorientada es el principio, pero después las especializadas, las superiores, deben ser algo más que un mero tránsito a la titulación, deberían ser los lugares desde los que se esparciera la luz sobre las tinieblas existentes. La crítica tendría que exigir mucho más, avanzar en sus costumbres serviles y de amiguismo, entrar a saco en el fondo de la cuestión. Mojarse, mostrar algún camino, no acatar todo lo que se propone como un maleficio.

Hay muchas cosas que hacer. Empecemos ya, mientras nos lamentamos, para que no se pierdan generaciones de artistas y espectadores.

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