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Jue, Abr

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Cerca de fechas importantes, sin mediar la voluntad, solemos filosofar, aunque solo sea para nuestros adentros.

Si tuviésemos que hacer las maletas para un último viaje; ¿qué llevaríamos en el equipaje? ¿qué no podría faltar? ¿que sería total y absolutamente indispensable?

Después de toda una vida de esfuerzo y trabajo seguramente estaríamos tentados de llevar con nosotros todos nuestros logros materiales o al menos algunos de ellos, los que considerásemos más importantes. La casa que tanto tiempo y sacrificios nos costó pagar, el auto con el que pretendimos darnos muchas veces un falso estatus, incluso el deportivo rojo con el que quisimos volver a ser jóvenes, nuestro trabajo ladrón de tantos momentos familiares, por supuesto que el teléfono inteligente no podría estar ausente para seguir conectados incluso desde el más allá, nuestro guarda ropa que más que abrigarnos nos sirve para disfrazarnos de lo que deseamos crean de nosotros, tantas cosas imposibles de llevar en una pequeña maleta o en 10 o en 100...

Por más que lo deseemos, lamentablemente nada de lo material acumulado durante una vida cabe en un ataúd ni menos en una urna. Aquellos parientes que nos sucedan, los herederos, se encargarán en la mayoría de los casos, de sacarse hasta los ojos con tal de quedarse con algo como si de un botín se tratase.

Nuestro equipaje debería ser inmaterial desbordante de experiencias y remembranzas, tanto de las pasadas como de las que debemos preocuparnos de lograr irrenunciablemente cada día, incluso en ese último día. Momentos de vida, desde los más importantes a los más insignificantes, esos que nos acercan a otras personas y por añadidura a nuestro ser interior.

Esta físicamente comprobado que la energía se transforma en materia y la materia en energía.

Cuando nos llegue el momento de abandonar nuestro cuerpo material para entrar en el terreno desconocido de la energía pura, nada, nada de lo material acumulado durante nuestras vidas podrá cruzar el umbral con nosotros pero la energía de un beso apasionado, de la sonrisa de un hijo a su padre, de la paz que le podemos entregar a un moribundo, de la ayuda alejada de la limosna que le regalemos al necesitado, del recibir consuelo de un desconocido solo porque si, esa energía inconmensurable transformada en recuerdo, nos acompañará.

Me declaro un ignorante de fenómenos como el aura, la energía del reiki u otras que sean manifestaciones incluso metafísicas de la energía, pero como decía mi abuela; "no creo en brujos, pero de que los hay, los hay".

Sería irresponsable de nuestra parte el hacer el equipaje en el último minuto, de echo sería demasiado tarde porque el tiempo no retrocede y no podríamos revivir momentos desperdiciados. No solo debemos atesorar los recuerdos, sino que favorecer su creación a cada instante.

Por otro lado, si nuestra mochila es liviana, la caminata será más sencilla y podremos recorrer las extensas distancias del mundo.

Por supuesto me gusta tener un techo y una cama, pero más me gusta y sobre todo fortalece en momentos de debilidad, recordar aquellos momentos de felicidad compartida.

 

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