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Lun, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Ni optimista, ni pesimista; ni realista, ni utopista. Aquí estamos, nos hemos levantado con todas las incertidumbres intactas que se mezclan, funden y mutan en estrictas ganas de volver a la anormalidad más reconocible que consiste en insistir en lo que uno cree tener muy claro, dudar sobre lo que tiene claro, estudiar lo que no comprende, mirar hacia adelante intentando que el cuello pueda girar al menos noventa grados a ambos lados y recordar que nada fue fácil, ni excesivamente difícil y que muchas cosas que hoy consideramos que existieron siempre, en lo político, lo económico, social, personal o cultural fueron durante muchos años asuntos imposibles. Hasta que se hicieron. 

 

Cuando se hacen las cosas de la misma manera acostumbran a salir igual. Si se pone la supuesta negociación con el ministerio de Cultura en manos de los de siempre, acaba pasando lo que todos sabían que iba a suceder. Negociar entre funcionarios y empresarios la situación de precariedad de unos miles de artistas y técnicos, no parece ser una buena manera de encontrar unas soluciones que contengan otra cosa que lo que atañe directamente a los negociadores. Y debo insistir sin acritud en que los que han creado las condiciones nefastas en las que se mueve el sistema de producción, exhibición, distribución (entre otras muchas cosas) en España, difícilmente pueden ser los que hallen ahora soluciones a esos mismos problemas. 

No existen lapsus, ni olvidos, existen prioridades. Los que mantienen la hegemonía no la quieren perder. Los que se encuentran perfectamente adaptados y les produce pingües beneficios en este sistema de presupuestos magros, sueldos altos, libertad de contratación neoliberal, compromisos entre ellos sin contar con ningún factor más, lo que van a defender es que nada se mueva, que todo siga igual. Y es obvio y evidente que están sufriendo, especialmente aquellos que mantienen esa bandera ambigua del teatro privado, pero con presupuestos públicos, que tiene parte de su ganancia por la taquilla. Los que gestionan teatros públicos, su gestión sea buena, mala o regular, no afecta para nada en su vida cotidiana, en sus ingresos. Y, para que no haya dudas, yo estoy de acuerdo que así sea, pero con unos compromisos y unas revisiones por objetivos, para que no sea vitalicio, sino fruto de la dialéctica de los hechos y los resultados.

Sí, insisto, soy un pesado, todo es fruto de un sistema que parecía imposible en los años setenta, que fue posible en cuanto se hizo en los ochenta y de ahí en adelante, pero que hoy está ya obsoleto, sin renovarse, sin adecuarse a los tiempos actuales. Y se dice que es imposible desde aquellos que están beneficiándose ahora mismo de estas disfunciones evidentes para algunos, pero que dejarán de serlo en cuanto se hagan. Se propone que los teatros municipales de utilización mínima, convertidos en fuentes culturales de cogestión, un estatuto para las compañías residentes, los centros dramáticos o teatros nacionales, regidos por una Ley, las escuelas y enseñanzas superiores coordinadas, en cada unidad de producción compañías estables, con dramaturgas, directoras, escenógrafas, vestuaristas y plantilla de actores y actrices, porque la curiosidad es que en el INAEM en sus teatros lo único fijo, bien aposentados, con defensa sindical fuerte son los técnicos, lo que no deja de ser una paradoja.

Cambiar el paradigma, entrar en una fase de raciocinio, de regirse por medidas culturales de eficacia, que ayude a que los presupuestos destinados a la Cultura y a las Artes Escénicas, vayan en su mayoría a la creación y exhibición. Hoy, si alguien quiere hacer números, una actuación de una compañía de Murcia o Extremadura o Euskadi, da lo mismo, se lleva una parte sustancial de sus emolumentos en viajes, dietas, representantes y comisionistas. Cada actuación es un prototipo, se debe cargar una furgoneta en un almacén, desplazarse unos cientos de kilómetros, descargar, montar, llevar a los actores y técnicos, contratar para cada función personal (a veces hasta elementos de iluminación y sonido), hacerla, desmontar, cargar y volverse. Hacer esos kilómetros para volver a descargar y almacenar la escenografía. Multipliquen todo esto por el número de funciones que se podían realizar un fin de semana antes del coronavirus y verán cómo es posible hacer teatro de otra manera. Justo al revés. En cada ciudad un centro de producción, una compañía estable de repertorio y de nuevas dramaturgias, crear públicos, de verdad, a base de acciones estructurales y que se mantengan en el tiempo, y que sean los públicos quienes se muevan, no las escenografías. El Teatro es de Proximidad. Yo juraría que siempre ha sido, es y será así.

Hoy parece imposible y lo será mientras sigan influyendo las personas y los colectivos que nos han llevado hasta aquí y que no sienten necesidad de cambio. No es cuestión de ser más listo que nadie, es cuestión de viajar, de comparar, de ver cómo se funciona en otros lugares de la misma Europa, incluso de la misma península. Los Cómicos de la Legua es una buena idea de aula, un concepto romántico de la profesión, pero les recuerdo que los Corrales de Comedias tenían una legislación para estabilizar las labores. Lean a Jovellanos que fue un gran legislador preocupado por las compañías estables. 

Dos notas rápidas: las necesidades de gran parte de la profesión se hacen insufribles. No son buenas las prisas. Ni las demagogias. No confundamos los discursos de los depredadores de lo público para sus negocios y pensemos en la ciudadanía y en el post-coronavirus.

Ha fallecido Juanjo Arteche, una enciclopedia teatral, un hombre-teatro. Hay que repasar su obra. Tradujo, adaptó cientos de obras de teatro que hoy deberían ser conocidas o revisadas. Hay un artículo de Norka Chiapusso en este periódico que le rinde homenaje. 

Este es el estribillo de esta vieja canción: todo es imposible hasta que se hace. El compromiso es luchar por hacerlo.