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Sáb, Dic

Crónicas de un fracaso matrimonial

 

Escenas de la vida conyugal fue concebida por Ingmar Bergman en 1973 como una miniserie para la televisión sueca, en 6 capítulos, con Liv Ullman, su actriz fetiche y Earland Josephson como protagonistas. La serie tuvo un gran éxito en Suecia y después en todo el mundo, de modo que Bergman, solicitado por grandes productores de cine norteamericanos, la convirtió en una película que cosechó varios prestigiosos premios. Tras esta fabulosa acogida Bergman adaptó el guión cinematográfico al formato teatral estrenándolo el mismo en 1981 en el Teatro Marstall de Múnich. Desde entonces Escenas de la vida conyugal es constantemente representada en los escenarios de todo el mundo.

Enfrentarse a este mito cinematográfico y teatral, del cual hemos visto varias versiones inolvidables, es un desafío. El teatro Maipo de Buenos Aires y los dos excelentes actores Ricardo Darín y Andrea Pietra lo han hecho con brío bajo la dirección de la gran dama de la escena argentina Norma Aleandro, obra de la que ella misma fue protagonista en 1992 junto a Alfredo Alcon.

Cuando Bergman la escribió, hace 45 años, desvelando de forma directa, brutal, lo que desde fuera y desde por dentro, poco a poco, envenena y destruye la ilusión del amor y de la felicidad conyugal, Escenas de la vida conyugal fue un golpe para la ficción del amor eterno y las apariencias que ocultan el vacío sentimental, la soledad, el resentimiento en los matrimonios encadenados por la moralidad y las normas sociales.

A pesar del paso del tiempo y de los cambios radicales en las normas sociales, y en los comportamientos, más liberales, y de una mirada aparentemente más lucida sobre la perpetuidad de los sentimientos y afectos, siempre caemos en sus trampas, atrapados en la ilusión, más bien en la ficción de la felicidad de la vida conyugal.

Las preguntas que hace Ingmar Bergman en su obra, las contradicciones entre el anhelo de amar y de ser amado y la realidad de la banalidad de la vida cotidiana, entre la libertad y la intimidad que se desvanecen y las obligaciones sociales y familiares, siguen siendo actuales e irresolubles.

Bergman toca aquí lo trágico, más bien lo absurdo de la ilusión de la unión perfecta de la que el matrimonio es precisamente lo contrario. Quizá esta unión existe, desarrollándose con libertad, fuera de la institución del matrimonio.

Es cierto que muchos espectadores reconocen sus propias frustraciones y fracasos matrimoniales en la historia de Juan y Mariana, pero la obra de Bergman no se limita a mostrarnos un espejo sino que nos incita a cuestionarnos nuestras actitudes e incoherencias.

Bergman enfoca en su obra, a modo de flashes, algunos episodios de la vida conyugal de la pareja Juan y Mariana con dos hijas, y de la relación que mantienen después de su divorcio. Así se suceden la rutina cotidiana y el cansancio por los obligaciones familiares, el aburrimiento, la fatiga sexual, la infidelidad de Juan y su aventura amorosa con Paula, el embarazo inoportuno y el aborto de Mariana, la separación, el divorcio y el reencuentro de Juan y Mariana quienes, casados cada uno por su parte, redescubren el amor en su unión extraconyugal.

Norma Aleando aborda el texto bergmaniano con distancia, desde la perspectiva de hoy, evidenciando la atemporalidad de la relación de Juan y Mariana que proporciona una dimensión emblemática a través del distanciamiento.

Los dos actores, dirigiéndose al público, introducen y a veces concluyen con una breve frase las secuencias que interpretan, lo que crea a la vez una distancia entre el intérprete y su personaje y facilita saltos temporales de una escena a otra marcando de esta forma el paso del tiempo entre ellas, a veces algunos años o un día, y proporcionando una especie de vértigo a la historia.

Estas breves irrupciones del relato, a menudo en tono irónico, entre las escenas, contrastan con las situaciones interpretadas, unas casi cómicas, otras dramáticas o violentas.

En el escenario vacío como en una página en blanco van a escribirse diferentes momentos de la vida de la pareja, evocados solo por dos o tres elementos. Al empezar una cama y dos sillas, después en algunas escenas el espacio se vacía y en otras aparecen sillas, una mesa o un sofá. En la última secuencia no hay nada en escena, como una nueva página en blanco del futuro de la pareja.

Pocas proyecciones, formas cuadradas coloreadas, una ventana, el cielo con una luna llena como imagen de la nueva luna de miel de la pareja, sugieren las atmósferas emocionales de los personajes.

En la puesta en escena de Norma Aleandro hay una coherencia absoluta. Los dos actores Ricardo Darín (Juan) y Andrea Pietra (Mariana) logran una química perfecta, un espectacular virtuosismo en su actuación en la que, con una gran economía de movimientos y gestos, dándoles así más fuerza y más significado, expresan actitudes, reacciones y sentimientos de sus personajes.

Una puesta en escena ejemplar, moderna, actual, que despoja la obra bergmaniana de clichés y de pesada gravedad.

 

Irène Sadowska

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