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Dom, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Existe la creencia general de que cuando la ciencia está por medio, no hay posibilidad para interpretaciones tendenciosas ni turbios intereses. Suena paradójico, pero al escuchar el adjetivo científico hay fe en que todo lo que haya detrás será objetivo, rectilíneo, terreno estéril para las dudas. Sin embargo, quien ha vivido la ciencia desde dentro, sobre todo aquellas ramas científicas que están ligadas a deseos mercantiles, sabe que no es oro todo lo que reluce, que hay más capas bajo la seda, que unos datos aparentemente objetivos se pueden retorcer, como se retuerce a una persona, para que digan la verdad que uno quiere escuchar. Al fin y al cabo, por muy pulcra que sea la ciencia, ésta siempre puede ensuciarse si las manos que la manejan no son limpias.

En su fragilidad sumergida, la ciencia tiene un recurso para evitar que los datos obtenidos con rigor puedan corromperse con malinterpretaciones intencionadas. Esta estrategia se sintetiza en la expresión "estadísticamente significativo". La cual se refiere, trayendo a colación un ejemplo, a que si afirmamos que un remedio X es mejor que un remedio Z para curar el dolor de garganta, en la comparación habremos utilizado un método estadístico que corrobore que la diferencia encontrada entre uno y otro es realmente significativa, o sea, que no es mera casualidad. Recuerdo el impacto que me produjo cuando un maestro con gran experiencia en investigación, nos decía: "Si usted ha llegado a una conclusión gracias a unos resultados, y éstos no son estadísticamente significativos... ¡No me la cuente!". Es decir, si es usted investigador, no me cuente que el remedio X "parece" o "da la impresión de ser mejor", no me confunda con vagos pareceres, demuéstreme con la estadística que el remedio X es significativamente mejor, y punto. Con este consejo a cuestas es más fácil pillar a los tramposos, aquellos que tratan de vender nuevos remedios o inventos camuflando con el cartel de la ciencia intereses lucrativos.

En los años en los que me dedicaba a la investigación científica, aquel mantra -"Si no es estadísticamente significativo, ¡No me lo cuente!"- me acompañaba siempre. Así que cuando me encontraba investigando en teatro, la pregunta se colaba sola: "¿Qué es lo escénicamente significativo?". Sabía que el teatro, particularmente en el ruedo creativo, se rige por unas pulsiones e intuiciones que con frecuencia están en las antípodas de la sobriedad científica, y que por lo tanto llevar el concepto "estadísticamente significativo" directamente a escena no tenía sentido alguno. La pregunta me asaltaba sobre todo después de bucear en los textos de los grandes maestros de la escena del siglo XX. ¿Qué podía rescatar de todo aquel legado cuando me enfrentaba a la creación de una escena? ¿O cuando debía dirigir a un actor? Era evidente que no podía inundarme de múltiples historias teóricas en la cabeza, que debía seleccionar una o dos ideas vestidas de intuición. Pero, ¿cómo descubrir las ideas escénicamente significativas?

Con el tiempo he encontrado algo que me orienta en la búsqueda de una respuesta. Se trata de percibir aquello que es actuable, que tiene una traslación concreta y práctica en la escena. Repaso las palabras-idea, propias o heredadas, que forman parte de mi jerga de trabajo. Energía, respuesta cinética, fabricar momentos, pre-esencia, canal, etc. Si hoy aún están conmigo no es por ninguna teoría sesuda que la sustente (aunque quizás pueda haberla), sino porque en la práctica escénica son capaces de expresarse de forma actuable y pasar de ser palabras-ideas a palabras-acción.

Imagino entonces a un actor o actriz, voraz por emprender un ensayo que le acerque a su personaje, y a quien le introduzco una idea a través de una historia; lo imagino y pienso que pueda decirme: "Vale, Borja, muy bonita esta historia, pero si no es actuable, ¡No me la cuentes!"

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