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21
Mar, May

Foro fugaz | Enrique Atonal

Max Aub,

Un domingo por la tarde, hora de abulia y pasos perdidos, por casualidad me interné en una plazoleta resguardada del bullicio de la ciudad, como muchas en París que son estuches de joyas arquitectónicas resguardadas. Era la Cité Trévise, en el 9ème arrondissement de la capital, en cuyo extremo y para mi sorpresa encontré la siguiente placa (en francés):

En este edificio nació el 2 de junio de 1903

MAX AUB

Escritor español, Novelista

Autor Dramático, Ensayista.

En 1942, después de varios meses en centros de detención

En los campos de Vernet, de Ariège y de Djelfa

Se exilia en México en donde murió

El 22 de julio de 1972

Me quedé pasmado, en una placa conmemorativa se describía como en un epitafio la vida de uno de los intelectuales europeos más representativos del siglo XX. Max Aub, pionero de vanguardias, hombre sin patria, que a los once años y por las azares de la primera guerra mundial, desembarca en Valencia, a la que convierte en pan para nutrir su conciencia, y escalar los infortunios del tiempo. Cosmopolita, políglota y hombre del renacimiento, francés por nacimiento, español por adopción, mexicano por necesidad…   

Hombre de muchas tierras y de ningún lugar, la patria verdadera de Max Aub es el español, un español en principio castizo y después latino-mexicano. Su amor no correspondido fue el teatro. Mucho escribió, poco fue representado como ocurre con muchos dramaturgos que terminan por buscar refugio en otros litorales, el cuento, la novela, el ensayo, la crónica. Pero el teatro fue su instinto y su meta con sus obras que fueron poco representadas, primero se les acusó de  audacia, después de irrepresentables, y al final por olvido. Pionero de las vanguardias de entreguerras nunca cedió a las sirenas del éxito, y anticipó el llamado Teatro del Absurdo.  

Mi teatro no ha tenido suerte. En España, al principio, era demasiado de «vanguardia». Luego, el de mayor envergadura no interesó en México porque, en general, necesitaba muchos actores; sin contar que yo no era ni nacional ni extranjero —lo que ¡ay! cuenta—.

Así escribe su relación con el teatro y con sus sucesivas tierras. No obstante, Aub insiste y publica, lo que para él es un fantasma de papel que de ningún modo puede substituir a la escena, según su propia idea.

“La publico como hice siempre con mi teatro, sin esperar a ver si la obra se puede estrenar; por falta de tiempo y gusto de hacer vida de autor dramático. Ni cuando estuve en edad me dio por acosar empresarios, hacerle la zalá a actores y actrices, procurar financiamientos, compartir dimes y diretes, soportar rupturas, arreglos, chismes, enojos, rabietas, decoradores, directores, músicos, tiempo, ensayos, desvelos, dudas. Si a alguien le gusta alguna de mis obras, que la monte. Si no, duerma la paz de su tinta. Me tiene sin cuidado.”

Prólogo a Los Muertos.

Algunos críticos han denominado a Max Aub el poeta maldito del teatro español, un apátrida que poco a poco perdió la esperanza de una tierra y que tal vez por esta razón recobró su identidad de judío, una religión en la que no fue educado, pero que fue un estigma de su trabajo: errante, peregrino, ni de aquí, ni de allá, ni nacional ni extranjero.

Pero el destino de Aub no sólo es obtuso en España, que ya sabemos que se empeña en el olvido, también lo es en México, en donde realizó un espléndido trabajo de divulgación y promoción y en donde escribió muchas de sus obras que jamás fueron representadas. En México dirigió la única radio cultural existente en la época, Radio Universidad, de 1961 a 1966 y cambió el concepto de la radio cultural para acercarla a lo que en Europa se conocía como Radio Pública. Realizó las colecciones de testimonio sonoro, Voz Viva de México y Voz Viva de América (que aún siguen vigentes) y participó en innumerables películas. No obstante su figura está rodeada de silencios en especial en los teatros.

Pero la obra sigue ahí… Acabé en tinta, prensado en estantes, con la cabeza llena de polvo; en un nicho, al fin y al cabo. Me perdí salir a saludar al final de la obra. Lo siento. Y ya.

Max Aub nuestro frágil puente entre dos mundos, conciencia de un mundo de desastres, en el que acechan los nuevos nacionalismos, el obscurantismo de redes sociales que sólo incrementan la desazón, la sinrazón, la estrecha visión de la selfie, ajeno en todo a la apertura de pensamiento del apátrida Aub.      

Hay algo que deducimos de la obstinación de Max Aub por la escritura dramática: el placer de escribir diálogos, de soñar situaciones, de dar vida a personajes. El gran goce del teatro antes de la escena, como el amor antes del parto. Un placer al que parecen renunciar los jóvenes creadores por amor de la novedad, por rencor a la memoria, y que recupera sin titubeos la televisión, el cine, y a veces hasta el teatro que usa sus recursos sin complejos de modernidad.