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Lun, Sep

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Aún guardo fresco el recuerdo de una charla que dio la escritora Laura Mintegi hace ya unos cuantos años. Estaba en el instituto y Laura nos mantuvo pegados a la silla a toda la clase hablando de literatura; a todos nosotros, mozos y mozas sin despuntar que, con los niveles hormonales en su cenit, en aquel momento teníamos intereses más atrayentes que los libros. Gran mérito el suyo. Laura nos habló del último libro que había escrito, "Nerea eta biok" [Nerea y yo], una historia de amor contada a través de cartas y que, como muchas de estas historias, finalmente acababa en desamor. Nos explicó cómo escribía, los resortes que utilizaba para urdir historias juntando palabras. Y entre todas las cosas que dijo cacé lo siguiente: "Escribiendo la historia en un momento me di cuenta de que, contra pronóstico, Nerea ya no quería escribir más cartas". Hablaba del personaje como alguien ajeno, real, vivo, que toma decisiones con independencia del escritor. Aquello me volteó el cerebro. Con ese raciocinio imberbe que no ve más allá de la propia nariz, me dije: "Vamos a ver, ¿cómo va a tomar un personaje una decisión por su cuenta, pillando por sorpresa a la escritora? Pero si es ella quien lo ha creado...".

Desde entonces he conocido casos similares donde el artista dice crear una obra que pasado un tiempo se vuelve autónoma y demanda por sí misma los derroteros que debe seguir. El último ejemplo fue hace pocos días, al coincidir con Gaspar Campuzano, el gran actor de La Zaranda. Hablábamos sobre los procesos de la puesta en escena, sobre sus misterios y secretos, y para explicar que en realidad el hechizo creativo no se puede explicar me dijo: "Llegado un momento la escena manda". Ahora puedo añadir coletillas a esa expresión que entonces me resultó definitiva: por muy buena que sea la idea que se tenga en la cabeza, una vez puesta sobre las tablas, no es uno quien decide, es la escena quien decide por uno. Si se presta el oído adecuado la escena habla, se queja, grita y, alguna veces, aunque pocas, aprueba e incluso, aplaude. Saber escuchar la escena es parte del oficio. Si aquello sobra, si se necesita eso otro que te prometiste no utilizar nunca, si lo que parecía tan verdadero ahora es sólo una burda mentira... Esta escucha es un acto de humildad. Hay que entregar las riendas de la creación y aprender a librarse de las ideas que le brotaron a uno, por muy maravillosas y originales que fueran en su momento. Es el momento en que se vive una experiencia conocida por muchos: lo sublime colocado en el suelo del escenario frecuentemente deja de serlo.

Hoy debo tener el muelle de la memoria suelto, porque al hablar de todo esto me viene otro recuerdo, el comentario de Peter Brook cuando decía que al comenzar un nuevo proyecto, en el primer día frente a los actores, nunca sabe lo que va a hacer. El director inglés desconfía de los grandes planes de ensayo y de creación, aduciendo que a los actores les coarta la creatividad y al director le induce a copiarse a sí mismo. Apartando ideas preconcebidas, Brook opta por un proceso que implica a todo el grupo artístico, pleno de confianza y riesgo, libre de prejuicios, donde la obra se hace progresivamente a sí misma sin imposiciones externas. Es decir, no sabiendo qué hacer, el director inglés sabe perfectamente lo que hace.

De lo dicho hasta ahora se desprende una forma de trabajar muy diferente a la habitual, según la cual el director tiene que decir lo hay que hacer y el actor quiere que le digan lo que tiene hacer. Aparece una alternativa a esa relación de conveniencia tan común entre director y actores, que no siempre es la más rica ni la más interesante. En esta nueva opción todos aportan ideas sin adueñarse de ellas, y aunque las parcelas de responsabilidad sean diferentes para cada uno y estén bien definidas, en última instancia es la propia escena, por todos construida, quien tiene la última palabra. Para ello hay que prepararse no para decir sino para escuchar, no para mandar sino para ser mandado, no para saber antes sino para saber después. Escuchar la escena es lo contrario a escucharse sólo a uno mismo.

Llegados hasta aquí la teoría parece clara: escuchar la escena, diluir los egos creativos, ambiente de colaboración colectiva... Pero, ¿cómo se hace todo esto en la práctica? Y la verdad, después de tantos consejos leídos y escuchados, después de haber vivido y espiado numerosos procesos, no sabría cómo explicarlo en palabras. De hacerlo, caería en descripciones parciales, en simplificaciones que falsean la realidad, en intuiciones que nunca son opciones diáfanas. Acabo pues con una sensación nebulosa, incierta, con mucho perdigón y poca bala, como si tratando de arrojar luz, hubiese creado más sombras. Maldita sea. Creo que por eso amo tanto este arte.