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Mié, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Dejá vu. Ya visto. La sensación de una vivencia vivida dos veces. Lo que los académicos, tan dados ellos a utilizar palabras para lenguas acróbatas, denominan paramnesia es uno de los misterios más perturbadores de la mente. Cuando en un incompresible viaje en el tiempo, uno percibe que ha pasado dos veces por el mismo instante, esa gran fuerza etérea que llamamos Destino, Dios o Azar se vuelve una experiencia concreta. Se vive un momento de vértigo existencial. ¿Se trata como dicen los científicos de un desajuste de la memoria, de un leve fallo en el engranaje neuronal? ¿O más bien, como apuntan esos modernos hechiceros llamados parapsicólogos, es el síntoma de que existe una memoria de los sueños, de que hay una parte del cerebro que es capaz de predecir el futuro, mientras el resto del cuerpo descansa?

Sin afán de resolver el enigma, todo esto me recuerda una anécdota ocurrida no hace mucho. Era día de estreno, es decir, ese fragmento de tiempo donde el destino se pasa por el forro las leyes que rigen la vida y a uno le puede pasar cualquier cosa inimaginable. Contra pronóstico, el día transcurrió con inusitada normalidad. Y entonces apareció el iluminador con un semblante a medio camino entre la sorpresa y el susto. Llevaba a su espalda su mochila habitual, pero de ella sobresalían una gran cantidad de filtros azules. "Hoy he soñado que en medio de la función se caía uno de los filtros azules", me dijo sin cambiar el gesto. Muy precavido él, había traído toda una nueva remesa de filtros para sustituir los antiguos y fijarlos con más seguridad. Dicho y hecho. Antes de la función todo estaba listo. Sobre el papel y sobre los sueños habíamos controlado todos los imprevistos posibles, al parecer. Comenzó la función. Todo transcurría por los cauces trabajados. La iluminación se mostraba según lo programado. Lo azul era azul, lo rojo era rojo, y el blanco era blanco. Sin problema. Y entonces en el ecuador del espectáculo se iluminó una escena con un filtro caído. El iluminador y yo nos miramos, abofeteándonos con los ojos, como intentando despertar de una pesadilla. ¡Cómo podía ser! Curiosamente no era un filtro azul el que se había desprendido del foco, sino uno ámbar. Por fortuna, el filtro caído, lejos de emborronar la escena, dejó una curiosa combinación pictórica de colores amarillos y ocres. Hubo incluso algún especialista que nos preguntó cómo habíamos logrado tal efecto...

Lo que se mueve en los sueños y, por extensión, en ese mundo tan complejo y poderoso que llamamos inconsciente, además de ser fuente inagotable de curiosas anécdotas es también tema en constante controversia. Con Freud el inconsciente era una especie de tórrido sótano donde se almacenaban los deseos insatisfechos para después salir a la luz en forma de enfermedades mentales. En la actualidad, sin embargo, se tiene una visión mucho más amable de lo que es el inconsciente. Según los investigadores de hoy, se trata de un conjunto de ideas y emociones al que no podemos acceder pensando activamente. Gracias al inconsciente, sin que nos demos cuenta, tomamos infinidad de decisiones que afectan a nuestra vida cotidiana. Lo que cenaremos esta noche, donde iremos el fin de semana, si la casa que acabamos de visitar para trasladarnos allí nos gusta o no...

Pero no sólo eso. Del inconsciente también surgen grandes ideas y soluciones a las que jamás llegaríamos de forma consciente. A este respecto, el caso del matemático Henri Poincaré es especialmente llamativo, a quien la solución de un complejo problema de funciones le vino no mientras trabajaba en su despacho, sino subiendo al autobús al tiempo que conversaba con un amigo sobre cosas banales. Poincaré lo explicó a su manera: "Yo no estaba pensando en las funciones, pero mi cerebro sí". La manida frase "que la inspiración te pille trabajando" habría pues que matizarla. Efectivamente, que la inspiración te pille trabajando, pero si por lo que sea has salido, asegúrate de que el inconsciente se queda trabajando por ti.

Hay abundantes teorías y consejos entorno a todo ello, pero intuitivamente cada cual, cuando se enfrenta a un problema creativo o de otra índole, busca sus mecanismos para reposar el consciente y dar espacio al inconsciente. En momentos de ofuscación, hay quien se da un ducha, sale de paseo, juega a la canasta en el patio de abajo o simplemente se va con los amigos a tomar un vino. Mientras nos damos un respiro, el inconsciente comienza a trabajar sigilosamente. Hay compañías de teatro que esto lo saben a la perfección y que en medio del proceso creativo siempre se obligan a parar, bien para coger unos días de fiesta o trabajar en otro proyecto. Programan conscientemente cuándo tiene que trabajar el inconsciente. Ello les da, según dicen, una distancia para percibir cosas, que antes, con la ceguera de la obsesión, no alcanzaban a ver.

Se asoman las vacaciones. Un buen momento para que, mientras el cuerpo descansa, el inconsciente trabaje en silencio, y elabore nuevos y apasionantes proyectos artísticos para cuando volvamos al tajo, ¿no creen?