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08
Sáb, Ago

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Día cualquiera, caminar despreocupado, un paso en falso, todos mis 85 kilos mal apoyados, esguince severa del tobillo izquierdo, casi desmayo, pido ayuda ¿por qué? y termino acostado durante 2 días con el tobillo levantado, bolsas de hielo y anti inflamatorios para reducir la elefantiasis de mi pie a un tamaño razonable. Antes de ese micro segundo todo iba bien hasta que simplemente dejó de estarlo. Sin aviso previo, sin ninguna señal premonitoria, sin causa aparente, ahora tengo mi tobillo izquierdo del tamaño de un melón. Afortunadamente tenía guardadas unas muletas de algún percance anterior. Para un tipo más bien híper activo como yo, Netflix a la vena, ron con gaseosa para entender la exagerada violencia fílmica y muletas para ir al baño a evacuar tanto ron y violencia, hacen mi reposo auto recetado, algo soportable.

 

Filosofía barata; la vida es así.

¿Cuántas veces, cuando creíamos estar en un estado de calmada plenitud, sin aviso, sin ninguna señal previa, sin causa aparente... todo cambia de manera radical?

Un juicio desafortunado en alguna reunión social, una opinión contradictoria, un desacuerdo involuntario.

El omitir un gesto de amor, olvidar un nombre importante, no decir la palabra de aliento en el momento indicado.

Ya sea por lo que hacemos o dejamos de hacer, por acción u omisión, nadie está exento de equivocarse. El error es parte de nuestras vidas.

Afortunadamente es así porque de lo contrario nada cambiaría.

Así como la historia universal está repleta de cambios positivos producto de errores involuntarios, si nos damos el trabajo de repasar nuestras historias personales, sin duda encontraríamos esos momentos en que pensamos, "tierra, trágame" o "¿por qué a mí?", pero de alguna manera, esa situación negativa, a la postre se transformó en algo positivo.

Al tener estos esguinces sociales, accidentes inesperados para los cuales no estamos preparados, necesitamos de unas muletas bajo forma de consuelo, consejo, sugerencia o aliento, tal vez un simple abrazo en silencio puede reconfortarnos aliviándonos de esa culpa de la cual somos inocentes por no haberla buscado intencionalmente. Sin embargo, demasiadas veces el orgullo puede más y nos bloquea como para recibir esa ayuda indispensable que nos permita sortear la situación.

Puede que el afecto bajo forma de palmoteo en la espalda, así como las muletas, no nos sea indispensable, pero es indudable que el complejo y hasta doloroso momento se puede sobrellevar más fácilmente con esa ayuda que tontamente nos negamos a recibir, incluso cuando nuestros afectos más cercanos nos la ofrecen sin que la pidamos.

También de manera egocéntricamente egoísta, creemos aprender infaliblemente de nuestros errores, pero creo no descubrir la rueda al decir que como seres humanos, somos capaces de tropezarnos una y otra vez con la misma piedra.

Esta vez no me tropecé exactamente con una piedra, pero como dije, tenía guardadas las muletas de algún tropiezo anterior, eso, más el afecto que me rodea, me permitirá estar de vuelta en las pistas en un par de días.

Gracias por la ayuda.